Viviana Hernández Alfoso

Nació en Rosario en 1966. Se graduó en Derecho en la UNR, estudió lengua inglesa, música, dibujo y mitología. Ha publicado “El creador de mitos y otros cuentos” (México) y en fase de edición “Cuentos desde el fin del mundo” (España).

Clitemnestra

No es un sacrificio se hace sin ira en comunión con el dios y la sangre que se derrama es pura y puro es el motivo que anida en el corazón del que blande la doble hacha que cercena el cuello del toro del hombre de ambos iguales bestias que se regodean en su bestialidad sedientos de fuerza de poder de vino como un odre lleno así es Agamenón rey de reyes como se hace llamar pero no por mí hija de Tindáreo rey de Esparta enlutada por la ambición de un futuro esposo y desposada la misma noche por quien no tuvo lágrimas para su hija sacrificio que convocó a los vientos y que cerró mi corazón a la piedad igual que la piedra que se corre sobre la entrada de la tumba estuve muerta hasta que anuncia su regreso vencedor en Ilión sobre el viejo Príamo sobre toda su ralea menos sobre el botín reclamado como suyo la de ojos turcos que yace en su lecho cada noche desde que las llamas devoraron las murallas las calles un caballo de madera de navíos que fueron más de mil pero regresaron pocos y algunos aún viajan extraviados pagando afrentas a los dioses al pisar el purpúreo manto Agamenón embrutecido por el vino y convencido de su divinidad se ríe una vez más y me insulta con la mirada con la palabras con el gesto última bravata de beodo en la que se juega la vida pero no lo sabe mientras se mete en la túnica bordada con hilos de oro de plata con negros cabellos de su primogénita y un momento de duda sólo uno justo cuando la doble hacha alcanza el punto más alto en el arco mortífero y mis brazos tiemblan por el esfuerzo recuerdo los momentos de escasa felicidad compartida ahora con la mujer traída desde el otro lado del mar que también ha de morir este día cuando baje el hacha de doble hoja con que las mujeres han yugulado toros sacrificiales y ya no haya más vanidad ni soberbia ni amor ni odio y sólo quede el vacío que algunos llamarán Clitemnestra.

Esas imágenes

Desde  que  bajé del colectivo, supe que no sería fácil. Triste sí, pero no fácil. Además de tener que lidiar con mi desesperación, tendría que afrontar las penas ajenas, tal vez un fárrago de recriminaciones y reproches que ya no podían hacérsele a ella.  De ella quedaba esa efigie suave de piel y huesos que alguna vez había sido la persona que más había amado y ahora era sólo una cáscara de cigarra.

Desanduve las calles que habíamos andado juntas hasta la puerta de madera, hasta el umbral de mármol blanco gastado en el medio, donde se acunaba un charco de la última lluvia y esperaba un timbre de bronce que no funcionaba bien y que nadie arregló en diez años porque no era importante. La recordaba diciéndome que había que apretarlo hasta el fondo, con ganas, destrozándote el pulgar para que emitiera un zumbido de moscardón, apenas, pero todos tenían el oído acostumbrado y no era necesario más. Con ella no era necesario más. Todo era simple. Todo fue simple. Qué terrible confusión de tiempos verbales.

Y es la madre la que abrió la puerta, la que me saludó como si casi no me conociera, o me reconociera, como si no supiera que yo había crecido ahí nomás, a dos cuadras, y había ido al mismo colegio que su hija, al mismo club, al mismo cine, a la misma cama. El padre y los hermanos se apartaron. Había cosas que ellos seguían sin aceptar. Pero era tarde para continuar la lucha. Ya no había lucha.

La madre entró conmigo a la pieza, irreconocible con la cama ortopédica, el respirador, los cables, las sondas. Sólo quedaba la cómoda con espejo y sobre la que habían acomodado una pila de toallas limpias, alcohol, cremas y demás cosas útiles que eran símbolos de un camino sin retorno. Y en la luna del espejo vi el reflejo de la madre que daba la espalda a su hija, a su única hija, y que se afanaba en arreglar lo que estaba ordenado. La vi anciana, vencida, herida. Olí el cloro que emanaban sus manos, el aroma del jabón de la ropa, el alcohol de curaciones. Eterno arquetipo de madre desgarrada por dentro, cuarteada la piel, desplazada y confinada a esas paredes por el bien de otros, alzando la bandera de una familia resquebrajada, desgastada como el azogue del espejo.

Me acerqué a la cama y quise cerrar mis oídos al devenir de las máquinas y concentrarme en el sospechado rumor de la sangre de mi amada, y la imaginé cayendo, gota a gota, como los granos de un reloj de arena. Tomé su mano exangüe y la coloque sobre la mía, sobre mi rostro, sobre mis labios y al cerrar los ojos, decidí llevarme sólo el recuerdo de una caricia pretérita, cuando ella me abría la piel en surcos para sembrar amor.

Al volver los ojos hacia la madre, nuestras miradas se encontraron en el espejo. Las imágenes se hicieron confusas, fundidas las tres en una, y ambas supimos que no habría mañana.

Narciso

−¿Qué tenés que decir en tu defensa?

−No hagás tanto escándalo, mamá. Psique está durmiendo y no quiero despertarla. Se pone como una furia si le interrumpo la siesta.

−¡No me la nombrés! –dijo la chipriota, - y no me cambiés de tema, amorcito −agregó.

−No hice nada que no estuviera acorde a mi naturaleza y la suya.

−No empecemos... Contámelo todo desde el principio. Y nada de adornar la historia. Quiero los hechos simples y llanos. Ya me encargaré después de pintar todo de rosa para que tu abuelo no te castigue. Le saltan rayos de los ojos cada vez que te metés en una.

−Yo estaba paseando, ocupándome en mis asuntos, afinando la puntería porque se acerca la primavera y si no apunto bien después me critican diciendo que mis flechas causan más daños que las de Apolo…−un bufido bajo por parte de la diosa de los mirtos le advirtió que se estaba yendo por las ramas-. Y oí a Eco y pensé en divertirme un rato con ella haciéndole repetir palabras procaces, pero no lo hice, mamá, te lo juro, porque vi a un muchacho mirándose en el agua. Y le estaba apuntando con mi flecha, justito entre los omóplatos para no errarle, cuando escuché lo que le decía al agua. ¡De no creer! “¡Qué lindo que sos! Me gustaría abrazarte, besarte, amarte…” y así hasta las náuseas. Y le daba besitos al agua. A esa altura, me estaba desternillando de risa convencido de que podía bajarle todo el carcaj en el lomo que ése ni se enteraría porque ya estaba perdidamente enamorado de sí mismo.

−¿Y? Seguí porque ahí no termina la historia.

−Entonces, este cabeza de chorlito estaba a punto de tirarse al agua para abrazar a su reflejo y yo tuve la seguridad de que se iba a ahogar. No sé, una corazonada.

−¿Y fue ahí que tuviste la gran idea de corporizar el reflejo? ¿Quién te sugirió semejante barbaridad?

−Psique.

−Te dije que no me la nombraras. Cuando ella se mete, las cosas se tuercen. Como ahora.

−Bueno, no es para tanto, un doppelgänger perfecto. Me salió exacto. Tendrías que estar orgullosa, mamá. No sabés la de literatura que se va a hacer con este concepto.

−Pero ese no es el punto. No consideraste las consecuencias.

−Nunca lo hago. Está en mi naturaleza, mamá- dijo Cupido mientras se alineaba las plumas del ala derecha-. Yo hice una copia perfecta, en todo, no sólo el exterior sino también el interior. Salió igual de vanidoso y se rechazó a sí mismo. Nadie hubiera podido preverlo, ¿o sí?

Pregonar en desierto

- El que busca encuentra. Yo busqué y lo encontré pero todos son demasiado cómodos para andar agachándose y mirando debajo de la cama o del sofá. Total, siempre está la gila está que se tira al piso aunque le duelan las rodillas y no pueda más con la espalda. Pero ni las gracias te dan. ¡Cómo si una tuviera la obligación de hacerlo todo por ellos!- dice mientras coloca más detergente sobre la esponja y la soba con el pulgar para que haga más espuma-. Y una cocina y lava todo el día, para que vuelvan a casa y encuentren todo listo, más que listo, perfecto. Porque así me gusta que se hagan las cosas. Yo nunca hice las cosas a medias ni permití que las hicieran. ¿Escucharon?

Alza el vaso hacia la luz y lo analiza. El vidrio no posee la menor mácula. Lo deja a un lado sobre el escurridor y toma otra vez la esponja. Repite la operación con el dedo hasta que la esponja vomita espuma blanca.

- Sé que me están escuchando pero ninguno se hace cargo. Están pensando que ya se va a callar la vieja loca que vive protestando por cualquier cosa. Pero no. No me callo nada. ¡Lo único que me falta! ¿Acaso no estoy en mi casa? Al que no le guste que se vaya. Ahí tiene la puerta y vamos a ver qué hacen después. La vida es dura. ¡Si lo sabré yo! Mi vida no fue fácil pero para ustedes es siempre la misma cantinela. Yo no tuve todo lo que tuvieron ustedes.  Pero no les importa- alza el tenedor y el cuchillo que ha estado restregando y los examina de ambos lados-.Y cuando me muera, ¿qué van a hacer? Van a venir a llorarme al lado del cajón. ¿Para qué? Para eso no vengan.

Deja los cubiertos y repite la operación con la esponja. Toma un plato blanco con grandes flores azules y comienza a restregarlo con fuerza. Los tendones de la mano se le marcan.

- Mala. Loca. Eso es lo que dicen de mí. Ya los escuché. Que nunca estoy conforme con nada. Pero ¿quién los sacó derechitos? A fuerza de chancletazos y bofetones. ¿Ustedes no entendían? ¡Mentira! No escuchaban. Nunca escuchan. No quieren escuchar la verdad de esta vieja. ¿Qué es lo que sabe la loca esa? Eso es lo que piensan. Pero sé muchas cosas. Cosas de la vida que ustedes ni siquiera se imaginan. Y una se las quiere explicar pero sólo molesta. Sí, vieja loca, así me dicen.

Deja la esponja, enjuaga el plato y lo deja sobre el escurridor. Se seca las manos en el repasador después de cerrar la canilla y asegurarse que no gotee.

- Nadie ayuda. No, nunca se arremangan y vienen a dar una mano pero todos exigen. Y yo acá, encerrada día y noche manteniendo el lugar que es un jaspe. Y andá a encontrar una mancha, andá a encontrar las cosas mal hechas. No, todo a la perfección y si yo puedo, los otros también pueden. Si yo me levanto a las cinco, los otros también pueden levantarse a las cinco. No pido más de lo que doy. Pero, no, acá nadie hace nada. Pero nada de nada. Quieren todo resuelto.

Apaga la luz  y un plato, un vaso, un tenedor y un cuchillo quedan escurriéndose en la oscuridad de una casa solitaria.

Trabapuertas

La vida te provee de lo que vas necesitando: apéndices prensiles, radar para detectar mentiras, dobles intenciones, malas voluntades, y una segunda piel impermeable al sarcasmo, a la ironía, a las burlas. Te vas quemando y te vas fortaleciendo. Te salen callos hasta detrás de los ojos. Y el día menos pensado descubrís un nuevo instrumento. Cuando alguien te está dando la puerta en las narices, cuando estás por perder todo, cuando sentís que aún tenés algo más que decir, para que no te tomen de boludo al menos, ya que la cosa se hunde como si la hubiera cercenado un iceberg desde abajo, desde lo más hondo. Entonces, metés la cuña, el trabapuertas que impide ese portazo y te incrustás en la vida ajena. Y antes de que el pie se te destroce en un centenar de huesitos rotos, soltás hasta la bilis  que viene con el odio acumulado, con la rabia de haberte comido tanta bosta durante tanto tiempo y después te vas, porque la cosa es irreparable, pero es irreparable porque vos soltaste todo y ya no te sentís tan pero tan boludo.  

Manifiesto

Después de largas deliberaciones, en las que no faltaron protestas, berridos y mugidos extemporáneos, el acto de lectura del manifiesto anticárnico se estableció para el veintidós de aquel mes frente al emblemático frigorífico de la ciudad. Para ganar adeptos, salieron las evangelizadoras, esas de linaje inglés, en oleadas, rumiando las frases más conmovedoras y sensibleras del repertorio.El veintidós amaneció frío, con lluvia intermitente. Sin embargo, las primeras disertantes llegaron a tiempo, reuniéndose en silencio, masticando alguna brizna de pasto para pasar el tiempo, inconmovibles y ajenas, como mirando pasar el tren. Cuando la madrina del movimiento se plantó en el centro de la encrucijada, justo a la entrada del matadero, la concurrencia era numerosa y variada. Todos los grupos estaban representados y alzaban pancartas repudiando la barbarie que se cometía contra ellos. Se escuchó un campanilleo pidiendo silencio. ― Antes de dar lectura al Manifiesto, diré unas pocas palabras- dijo la madrina, con voz pastosa―. Tomen sopa. La sopa es símbolo del cambio. Sopa sin tuétano, sopa vegana. Absorban la vida vegetal, filtren la clorofila. Nada de caldo de gallina. Muerte al chef que queme tuétano para su salsa, que utilice perfectos medallones de tierno lomo y que use tocino. Congéneres, ¡de carne somos! Y, de ahora en más, solidaridad de clase… ¡Qué coman pasto! En ensaladas, en tartas, en sopas.La barahúnda generalizada en apoyo a las palabras de la madrina impidió que vieran llegar a los matarifes empuñando afiladas hojas mortíferas. Algunos cerdos escaparon pero ninguna vaca sobrevivió y el Manifiesto anticárnico se perdió en el olvido.      

Autoridad paterna

No sé por qué el problema siempre es conmigo. Algo tendrá que ver que sea el menor o que no me perdone que mi vieja muuriera a poco de haberme parido. Se colgó de la lámpara del living y sólo dejó uuna críptica nota: “Siete es demasiado”.

Al viejo, esas cosas le recruuudecen cada tanto. A veces, hasta lo entiendo. No es fácil criar uuna manada de varones. Pero se le va la mano cuuuando me encadena al fondo, las noches de luuuuna llena.

El secreto de Madame Losange

Madame Losange dispone las cartas según el aspecto del consultante: en cruz, en círculo, en forma de Aleph o formando al irracional Pi. A veces, incluso en pentáculo, sólo para divertirse viendo la cara de susto de los que están del otro lado.

No importa cuál sea la tirada, la pregunta o el mazo que se elija: la última carta siempre es la Rueda de la Fortuna. “¡Quod per sortem sternit fortem, mecum omnes plangite!” (¡Porque la Suerte derriba al fuerte, llorad todos conmigo!), canta la romana Vortumna.

El futuro siempre es una incógnita, imprevisible, dice Madame Losange, deslindando responsabilidades con su risa desdentada, con su aroma a incienso y mirra, con sus ojos pintados con khol.

El futuro es lo que quieras que sea, dice cuando el dinero cambia de mano y se ve obligada a confesarnos ese secreto mientras nos acompaña a la salida entre lechuzas embalsamadas y bolas de cristal de roca. Y cuando la puerta comienza a cerrarse, cuando sólo queda una rendija por la cual escapar, estira la mano arrugada y artrítica, y nos entrega unos dados, riendo, siempre riéndose de nosotros, pobres crédulos.