Tina Colpevoli

Tras haber experimentado episodios de saqueos y levantamientos militares desde el vientre materno, nació en el invierno rosarino de 1989. La primera frase que escuchó al salir del útero fue: “¿Tanto esfuerzo para esto?”. A los 15 días de haber nacido marchó contra el indulto, adentro de una mochila y con algodones incrustados en sus oídos. Tempranamente se aferró a la escritura como estrategia para sobrevivir a la esclavitud del silencio. En el presente es trabajadora de la palabra, psicóloga y psicodramatista.

Pucará ancestral

Allí donde anida el cóndor
hice trinchera, nunca refugio.
Desde esa altura última
divisé tu aproximación.
Sabiéndote vencido
vestí mi voz de viento.
Te apunté un largo rato
recordándote verdugo.
Con llanto de géiser
lancé mi obsidiana y con ella
perforé tu impunidad.

Los domingos

 

Los domingos en la plaza no son para mí. Yo estoy mandado a hacer para asuntos importantes, no me vengan con tamañas mediocridades.

Soy empresario de la carne y me las arreglé a fuerza de trabajo duro para conseguir todo lo que tengo. Eso que ni siquiera sé leer ni escribir, no pude pasar del segundo grado de la primaria, porque me crié en la más extrema pobreza y desde muy temprana edad tuve que cosechar cada año los maizales. Me inicié en la mazorca allí y es un juego que todavía me divierte. Yo sé lo que es la miseria, por eso les he dado techo y comida a familias enteras, a cambio de pequeñas contribuciones. Mi esmero excepcional es con los gurises desamparados, esos que los padres no tienen tiempo de atender por andar haciendo changas sin descanso. Yo les doy lo mejor de mí. Erguí un feudo desde cero, solo para poder guarecer a tantas almas indefensas y meter esos pichoncitos bajo mi ala.

El secreto de mi éxito es práctico: mis raíces se nutren de mis ancestros. Lo heredé todo de ellos, todo menos la humanidad, que ya la habían extraviado en la Italia de la Inquisición siglos atrás. Mi padre viajó en barco desde Montecatini a principios de 1900, hablaba muy mal el español y para erradicarse en un campo de Argentina tuvo que acuchillar a algunos hombres. En ese campo nací yo, el 1 de Agosto de 1931. Tengo 10 hermanos tan tenaces como yo, aunque estamos peleados y cada vez que nos cruzamos hay algún motivo para desenfundar el puñal. Mi entrenamiento comenzó con los martirios que soporté en el campo, así aprendí lo necesario para hacerme lugar perfectamente en la sociedad urbana que me esperaba. Lo único que me enseñó mi madre fueron mis dotes para hacerme entender.

En la vida hay una cosa que me ha hecho brillar de triunfo absoluto: mi descendencia, soy amo y señor de mi descendencia. Mi prole es mi tierra fértil. Y como buen campesino que fui, a mi tierra fértil la  he arado, abonado, sembrado, fertilizado y cosechado a gusto y piacere. Conozco a mi prole de memoria: sus grietas, sus lagunas, sus laderas y sus pozos. También sé cómo arrancarle desde una carcajada hasta un grito de espanto de una sola vez. Puedo describir minuciosamente su piel bajo las uñas de los pies hasta los poros de su cuero cabelludo, pasando por cada uno de sus orificios y lunares. Yo no les hago faltar nada, y sin excepción ellos me rinden tributo todos los domingos al mediodía sentados en mi mesa. Los he criado como buenos hijos de Dios, obedientes, sacrificados y agradecidos hasta la eternidad. Saben que ni sobre mi cadáver pueden desafiarme y que merezco mis recompensas por todo lo que les he brindado.

Desde que me alcanzó la vejez, los domingos después del almuerzo me he inclinado religiosamente a un pasatiempo gratificante: detesto a las moscas y me divierto asechándolas. Desarrollé un método para cortarlas a la mitad con mi cuchilla de matarife. Puedo consagrar horas enteras a esta afición sentado en la galería de mi casa. Lo primero que hago es afilar mi cuchilla con una piedra, luego corroboro su filo afeitándome el antebrazo. Hecho esto, paso a tomar posición: coloco una gota de miel sobre la mesa de mármol y apoyo la punta de mi arma blanca bien empuñada con el filo apuntando al dulce. Me quedo tieso y espero con paciencia de árbol hasta que una de esas bichas se posa allí para alimentarse. Entonces comienzo a bajar mi cuchillo, este es el momento crucial del asunto: para que la mosca no se espante antes de tiempo, es fundamental que sus sensores no perciban ninguna corriente de aire proveniente de mi movimiento. El filo de mi cuchillo es tan fino que corta el aire a su paso, hasta llegar al lomo de esa bicha inmunda que inadvertidamente acaba multiplicándose por dos en medio de mi mesa. La mirada anonadada de mi público es lo que me hace lanzar una carcajada.

            Después de mis demostraciones de destreza las madres de mi feudo se duermen de cansancio y aburrimiento. En esas siestas silenciosas de los domingos invito a mis nietas a pasear, pero no a la plaza. Salimos a andar a caballo para enseñarles en privado lo fundamental de la vida y de la muerte. Esas siestas en el monte me remontan a mi infancia, son mi postre favorito.