Susana Martin

Nació en  febrero de  1957 en Rosario a la hora  de la cena.  Es agrónoma porque un día se enamoró del paisaje de la llanura. Siente a su escritura  con la urgencia  imparable del parto y la suave bendición de la lluvia.

Imágenes para un texto

Es necesario ir juntas
con el puño
del corazón
en cada mano,

es necesario ir juntas
entre vestidos blancos,
entre las tetas flacas
entre bombachas altas.

 

Es necesario,
mientras
por el hueco
de la vida
ella
nos aprueba
y fuma.

Berlín

Morir de espejos

de llamar inútilmente al padre

de revolver el tarot justiciero,

morir

de lo excepcional en la costumbre,

está perdida,

las calles tienen todas  doble mano

los coches no llevan sus asientos

los artistas hablan otro idioma,

está perdida en su camisa a cuadros

con un trozo de jabón en el bolsillo.

Diferencias

 

 

No todos los ruidos  son iguales, el caminar del  regreso de mi padre, las hembras pariendo en el fondo, el cuchillo que atraía al gato, los pasos desconocidos  en el techo, el temblor de la dictadura en los patios, mis zuecos resbalándose en la arena, los electrodomésticos anticuados y chillones,

 

no todos los olores son iguales, el mate cocido  apurado en la casa de los vecinos, la miel y la panceta  en el galpón de los abuelos, el kerosén de la tristeza de las mujeres de mi barrio,

 

no todos los sabores  son iguales, el dulce de ciruela, los  higos de Lucia, los primeros cigarrillos, el cambio del sabor de tu saliva,

 

no todas las fotos  son iguales, algunas se  perdieron, otras guardan aquella que no fui.

Magritte

 

 

Saca la basura.

Sube y desde  la ventana de su cocina  controla el movimiento de la calle.

Antes que se desate  la tormenta

los carritos se llevan la caja con las máscaras

compradas en el viaje de bodas .

Respira aliviada.

Observa cómo el  vacío que quedó se va llenando con la lluvia.

Un paraguas desesperado flota en el agua  junto al contenedor.

Baja con urgencia,

lo rescata.

Lo pone bajo la ducha, lo planta junto al bonsái.

Lo riega cada día, lo abona cada quince.

No da explicaciones.

Espuma

En abril del 76 comenzó a barrer  orejas. Nadie pudo convencerla de que eran hojas que la  parra iba cediendo con el otoño.

Los terapeutas se interesaron por su biografía. Sus abuelos habían llegado a la Argentina  huyendo de los progroms. Se podía  arriesgar que el golpe del 24 de marzo  había  activado  en ella una  ansiedad paranoide   propia de la historia familiar.

En pleno invierno  empezó  a  quemar  el relleno  de los almohadones. Contenido aparentemente  inocuo,  que  se limitaba a   copitos de aquel material poroso que en los  sesenta invadió nuestros  cotines y nuestras pantallas. Nada amenazante. Ni plumas ni parásitos horribles, como los  de los cuentos de  Quiroga,  que había leído en la secundaria.

En la primavera dejó de saludar a su familia antes de irse a la cama. Este   cambio de conducta  permitió  una nueva hipótesis.  Podía tratarse de una  regresión a un viejo terror o rechazo infantil.

Así, el criterio  de la junta médica se amplió. Para algunos psiquiatras  las orejas representaban la ambigua ternura del besito de las buenas noches, para otros al  dictador de turno.

Ridícula

En épocas de feminismo y de tetazo,
mi pasión pide permiso.
Sólo se cuela en mis sueños,
y ahí aparece bizarra, descarnada,
Vos y yo juntos de nuevo
esperando que las páginas se encuentren,
que los cometas estallen,
que ya nada esté en calma.

Pasión sobreviviente,
ridícula,
delirio inquieto como el movimiento de tus ojos,
tan necesario como pasar de grado,
tan absurdo como una estrella fugaz que llega tarde.

Data logger

Entre input y output se habían convertido poco a poco en un sistema, equilibrio de datos, había algunos.

Dato negro,  el aceptó que sus perros se comían  a los gatos.

Datos censurados, mi amor, y para siempre.

Datos permitidos, atún, cerveza y aceitunas.

Datos ocultos, algunos que despertarían la codicia ajena.

Dato difícil, ella lo descubrió acariciando el gato en la escalera.

Dato sensible,  habían  recuperado los reflejos.

Amuleto

Su madre murió en el parto y el deambuló con su saquito de lino por distintas escuelas y orfanatos pero  nada lo alojaba, tampoco él alojaba la comida ni el afecto de la gente que decía que traía mala suerte. Se acostumbró  a escribir su soledad en los tapiales, tiza y carbón en las paredes. Disfrutaba de herir lo burdo cotidiano con una poesía sutil, que contrastaba con el enojo gris que lo obligaba apretar el llavero de trébol y  apostar a alguna cábala. 
Cómo imaginar que su hambre era tan grande, tan grande como su mala leche, tan grande que al ganar el loto se empachó como un caballo y vomitó toda la noche. Vomitó pájaros, carbón, tizas y estrellas. Expiró en medio de esa mezcla infame que olía a caramelo en el velorio. Los niños se asomaron de puntillas, les dio pena esa boca y los bigotes manchados por todas esas delicias repugnantes. Por respeto y pudor cubrieron su boca y sus bigotes con ese  llavero metálico en forma de trébol, un trébol tan frío como el muerto en su ataúd de lino. Los vecinos y los del otro pueblo desfilaron varios días en medio de la lluvia y del barro sólo para rozar su rostro y la comisura de sus labios que ahora traía buena suerte.