Susana Palmeri

Nació en Rosario en 1936. Como maestra normal realizó estudios de literatura y lengua española , literatura francesa y latín. Se desempeñó como correctora de textos en la imprenta familiar. Realizó estudios de fonoaudiología, aplicados a afecciones evolutivas en la niñez en la Universidad del Salvador. Coordinó una exhibición de dibujos originales del personaje de Pinocho enviados desde Italia , organizado por el Consulado Italiano de Rosario, en el Teatro el Círculo. 

Ajuste de cuentas

Era la víspera de carnaval. Los compinches, sentados como siempre en el tapial de la esquina, aguardaban el paso de la Rosaura hacia el mercado. Hacía tiempo que peleaban por ella de palabra. Ella ni enterada estaba, sabía que al pasar por allí esos pesados derramaban cataratas de piropos subidos de tono.

­­­­­—¿No tienen nada que hacer? ¡Vagos!

—¡No, nos gusta verte pasar! gritaron a dúo, seguido de un rosario de guarangadas.

Y así varios días. Pero ninguno se atrevía a encararla. Como eran de guapos, eran de cobardes.

 Esa mañana, sólo Felipe acudió a la esquina. Le extrañó que el Pancho no apareciera. Bueno, pensó, voy a tener a la Rosaura para mí solo, a lo mejor me le atrevo.

Al rato se escucharon risitas ahogadas y muy orondos, ella y el Pancho pasaron tomados del brazo.

El Felipe se quedó de una pieza, boquiabierto, los miró pasar. No lo podía creer.

A la tardecita, en el boliche, los muchachos del barrio discutían sobre los disfraces que usarían en la comparsa. El Pancho sería el tamborillero, con un poncho y gorra que le prestaba el tío. En el ardor de la charla, un amigo le susurró al oído:

—Tené cuidado,  Pancho, el Felipe te la tiene jurada.

—Qué me importa, ese no mata ni una mosca.

A la noche siguiente, con la cara tiznada, salieron los negros escoberos en nutrida comparsa al son del tamboril.

Todo era algarabía. La gente se agolpaba en las veredas para ver el corso. Las mascaritas lucían sus trajes multicolores con  desenfado.

A la medianoche se armó una trifulca en la desconcentración. Empujones y palabrotas sobraban. Volaban los escobazos a diestra y siniestra. Hasta que apareció la policía, y en un desbande atropellado la calle quedó desierta.

En la madrugada, el ulular de las sirenas sobresaltó al barrio. En el zanjón apareció un cuerpo sin vida junto a un tamboril.