Santiago Alarcón

Rosarino desde 1994. Su niñez estuvo marcada por la búsqueda de historias fascinantes para contar. Estudió Ciencias de la Comunicación y se recibió de Licenciado en Publicidad.
Siente que la vida se juega al golpe por golpe y son pocos los momentos que baja la guardia.
Comunicador, diseñador por oficio y emprendedor, intenta hacer uso del texto para afinar su entusiasmo por la narrativa.
Modesto. Confiesa que escribir su propia biografía fue la tarea más difícil en mucho tiempo.

Creyente
Siento que la otra vez cuando te conté todo eso que te conté, me faltaron cosas por decir. Te hablé de aquel sueño en donde estaba ella, pero distinta, tenía tatuajes, las piernas pintadas de colores, y veía reflejadas mis angustias por todo su cuerpo. Te conté de las personas que me caen mal, de mis intervenciones en el quirófano y de esa chica, que ahora me aparece pintada. Miles de veces te la nombré. No la puedo sacar de mi cabeza y ni siquiera sé por qué. Será porque de los recuerdos se vive. Quisiera saber tu opinión, qué pensás sobre todo esto, tus consejos o por lo menos, escuchar tu silencio. Un poco perdido, estoy volviendo a la rutina de la adolescencia, todos los sábados y a veces los viernes, nos juntamos con mis amigos a bajar las botellas de vodka. Terminamos siempre en alguno de esos antros de mala fama como solés decirles. Por las noches tengo miedo de ir a dormir porque la vuelvo a cruzar, por eso, como salvoconducto, escapo ahogando neuronas. Espero el fin de semana, y cuando llega, pienso en volver a los lunes. En ningún lugar siento conformidad. No sé qué quiero para mañana. Te escribo mientras miro como el sol se escondió detrás de la casa de los vecinos, dándome la espalda sin despedirse. Se está haciendo un poco tarde y tengo que serte sincero. Cuando vine para acá te comenté que iba a comenzar una nueva vida, retomar mi profesión en alguna empresa, darle valor a los años de estudios que se bancaron. Todavía guardo en el cajoncito del mueble, todos los certificados de los cursos que hice los últimos meses. No creo que sirvan de algo, son sólo papeles impresos que nadie tiene en cuenta. Las empresas contratan gente linda viste, personas calificadas estéticamente, con sus sacos, sus corbatines, sus tacos aguja. Y yo no tengo todas esas cosas, lo mío pasa por otro lado. De eso te quería hablar. Antes de venirme a la ciudad, Oscar me pidió que lo acompañe a esa casa de tatuajes que maneja la sobrina del Emilio, porque se quería hacer no sé qué cosa en el brazo. Cuando pasó con la chata, hizo un comentario que lo tengo muy fresco. Dijo, cómodo posando su mirada en la mía: ¿Por qué no te tatuas conmigo? No le contesté nada, quedé pensando. Nunca llamó mi atención dibujarse el cuerpo, pero sentí algo de perturbación, pasar los límites que uno mismo se pone como si fuesen dogmas. Que lo planteara no hacía otra cosa que querer cruzar esa barrera y cometer el asalto propio. Durante todo el viaje retumbó esa sensación en mi cabeza, hasta llegar al lugar, incluso atravesando la entrada, sentado mientras esperaba que lo atiendan al Oscar. Mientras hundían la aguja sobre mi piel, pensaba en el qué dirán, en el qué diré, sintiendo hasta dónde eran capaz de llevarme los impulsos. Ahora cargo con la tinta impregnada sobre mi cuerpo como si fuese un lienzo vivo. Las cosas empiezan a cobrar sentido, los sueños se manifiestan de formas curiosas y será por eso, que en mi inconsciencia, ella estaba pintada a mi manera.
Un día después

Touluse me mira mientras lo miro. Siento cómo la bravura ya no me ajusta, quedó distante.
Lo noto perdido al verlo irse por la ventana en busca de Dios sabe que.
Me cuesta creer lo vivido, mirando algún punto fijo en el recuerdo. Si lo que vi fue realidad o una ficción orquestada por mi inconsciente.
Ahora necesito aire, salir a la calle, sentirme normal como lo normal que fui toda mi vida.
Estoy dispuesta a pasar por la puerta y conectarme con el mundo.
Mientras bajo por el ascensor pienso en escribir. Escribir un libro, por qué no?
Me sorprende la soledad de la calle, me había olvidado lo que era la rutina. De todas las casas que veo, me detengo en una que llama mi atención. La fachada del lugar ostenta sus años, junto al muestrario de cosas que se dejan ver desde la entrada, arañas de cristal, vasijas viejas, una botella de colección de algún vino de antaño y el cartel de abierto que me invita a pasar.
Sin nada que perder me adentro por el angosto pasillo para ver con qué otras antigüedades me puedo llegar a encontrar. Siempre tuve curiosidad por las cosas que el tiempo dejó morir.
La casa está desolada y yo con todo el tiempo del mundo, me siento una nena en una
juguetería. Nunca pensé haberme vuelto tan vieja. A cada paso invento historias de los
objetos que veo, seguro que más de uno está acá porque tienen una maldición que acabó con la vida de sus antiguos dueños.
Casi por coincidencia, al final de mi recorrido, veo un sucio pero cuidado tomo con una
pluma que se apoya sobre él con delicadeza. No sé por qué pero ese vetusto libro me llama.
Al acercarme voy sintiendo como mis pensamientos se liberan y mi mente se aliviana, algo me conecta con él. Lo vivo mientras mis manos aprecian su textura. La tapa está llena de grabados en una lengua extraña.
Un portazo me vuelve a conectar con la realidad. Ya no estoy sola acá dentro. Con el libro en mis manos, apresuro el paso para salir por el pasillo. La habitación se distorsiona, entro en pánico. Escucho pasos que vienen hacia mi. Los pálpitos de mi corazón retumban sobre todo mi cuerpo. Sé que tengo que calmarme pero la situación me sobrepasa. Siento que corro peligro, esto ya lo viví. Es culpa de este libro, algo hizo en mí, estoy segura.
Parada en medio de la sala el tiempo se detuvo. La existencia se congeló.
Dentro del libro se encontraba una foto mía de pequeña en perfecto estado, detrás a
manuscrita se leía “Clara”.