Roxana Tulino

Nació en Rosario en 1966, hija única, encontró amigos, aventuras y compañía en los libros.

Estudió Medicina en la UNR y Psicología Social en Bs. As.  Trabaja, pero sobretodo goza disfrutando de la maternidad y los diferentes vínculos que la rodean. Se acercó a la escritura creativa para plasmar en palabras los mundos que la integran  y crear puentes  con otros.

A Raimundo le gustaba la vida que llevaba. Hacía años que su rutina era la misma y eso lo hacía sentir seguro porque había aprendido bien su trabajo, los hombres importantes del lugar lo reconocían y siempre lo tenían en cuenta.

De joven todo fue más difícil debido a la rebeldía propia de su edad y su sentimiento de desamparo, pero con el tiempo fue sentando cabeza y adaptándose a las normas. Tal vez por su comportamiento ejemplar, pensaba, sus patrones habían decidido construir un barrio de casitas de madera a las que no les faltaba nada y que pronto fueron habitadas por otros como él.

Allí conoció a Rosalía, al principio sólo se cruzaban miradas ligeras,  inquisidoras, desconfiadas, pero después trabajaron juntos, comieron juntos, y alguna vez también fueron castigados juntos. Casi sin darse cuenta  se percibieron cercanos y sus ojos comenzaron a encontrarse profundamente, con complicidad, con ganas y sabiendo que si se esforzaban más  podrían llegar a formar una familia y sus hijos tendrían un futuro asegurado. Esa idea se convirtió en una fuerza irrefrenable,  fueron armando su rutina, todas las mañanas con la salida del sol se acicalaban y daban ánimo para comenzar. A veces jalaban de un arado, otras tenían que reunir a las ovejas que se desparramaban por todo el campo. Siempre pero siempre que había un trabajo que requería de fuerza y destreza contaban con ellos. Algunos días eran muy duros, pero al volver, aún cansados y aturdidos por los ladridos de los perros se sentían satisfechos.

Se revolcaban en la tierra, cerca del chiquero y se sentían orgullosos, claramente ellos eran distintos a los cerdos que ahí vivían sin hacer nada, comiendo basura, revolcándose en el barro, mugrientos, sin gracia. Más atrás se veía un corral con ovejas chillonas, despeinadas, que lo único que deseaban era salir a correr por ahí, a comer en vez de sembrar.

Hacia el otro lado, y más lejos estaban las vacas aburridas, gordas, apáticas. Rosalinda siempre se enojaba con ellas porque grandes y fuertes como eran podían trabajar como ellos, pero no, no les importaba nada, y la diferencia se notaba, porque mientras ellos dormían bajo techo ellas se quedaban a la intemperie, pero ni eso las hacía recapacitar!!! Y seguramente sus hijos iban a ser iguales, porque tampoco recibían educación, en cambio Pedro, el hijo de ellos todos los días practicaba sus lecciones y se comentaba que iba a ser un excelente trabajador. Eso los llenaba de gozo y ponían aún más esmero en su trabajo. Además tenían el ejemplo de Atila, que no necesitaba ganarse la vida con esfuerzo y sudor porque pertenecía a una familia rica. Sus padres le habían dejado una buena herencia, así que su vida consistía en paseos y entretenimientos varios, y daba gusto verlo!! Siempre tan elegante, con movimientos refinados, y su cabello tan brillante que parecía un espejo. Enamoraba a todos a su paso, tanto que la niña que vivía en la casa principal, quien también parecía una princesa salida de un cuento, pasaba horas hablándole, atendiéndolo, cualquiera podía ver que entre ellos había una conexión especial. Y ese era el futuro que soñaban para Pedro, ese era el futuro que estaban construyendo.

Definitivamente había una gran diferencia entre esos animales inútiles y ellos, un abismo que los separaba, y por suerte esto era notorio, mientras ellos eran bien cuidados a los otros los ignoraban, en realidad sólo se acercaban cuando por algún motivo que desconocían pero que seguramente era justificado, subían a algunos a un camión que los llevaba lejos o simplemente con una navaja cortaban sus cuellos.

Por supuesto no era una imagen linda de ver, y suponían que no debía ser fácil para los patrones tomar esa decisión pero lamentablemente era lo que había que hacer, era justicia. Rosalinda decía que les tendría que haber servido de ejemplo, pero era en vano, no les interesaba aprender, nunca iban a dejar de ser sucios, vagos y molestos.

Mientras tanto ellos seguían año tras año empeñándose en sus tareas. Y el tiempo pasó, vieron crecer a Pedro y se emocionaron al descubrir los talentos que tenía, su fuerza, su inquebrantable voluntad, su belleza. Rosalinda lo veía aún más hermoso que a Atila, sentía que al fin estaba acariciando su sueño, mientras Raimundo se alegraba al considerar que ya tenía quien lo reemplazara y él podría dedicarse a recorrer por placer esos campos en los que tanto había trabajado, como Don Juan, el hombre que vivía en la casa principal que cuando envejeció se dedicó a contemplar el producto de sus años mozos.

Dicen que la vejez es el momento de disfrutar de la sabiduría que proviene de la experiencia, pensaba, y se imaginaba transmitiendo sus conocimientos a los más jóvenes.

De eso iba hablando con Rosalía una mañana cuando se dirigían al campo. Ella, en cambio, soñaba con que su familia se agrandara, con ser abuela y jugar, sin exigencias, sin tiempos, sin obligaciones, sólo jugar y amar.

Así entre sueños y proyectos llegaron a un camino pantanoso, anegado por lluvias, donde la camioneta de Don Raúl, el vecino, había quedado atascada. Ellos ya sabían lo que había que hacer, lo habían hecho tantas veces!!! Unas sogas atadas al vehículo que les permitiera arrastrarlo solucionaría el problema en minutos.

Así hicieron, pero al momento de tirar con fuerza hacia adelante, las patas de Raimundo se doblaron, él intentaba sostenerse y empujar pero todo era inútil, sus caderas dolían, su corazón latía hasta aturdirlo, se sentía cansado y abatido. Entonces se acercó el capataz, lo miró escudriñándolo y finalmente dijo, está viejo, va al frigorífico, súbanlo al camión de las vacas y si no hay más lugar, que vaya con los cerdos.