Romina Costilla

Claudia Romina Costilla nació el 25 de marzo de 1983, en Santa Rosa, La Pampa. Cursó sus estudios primarios, secundarios, y comenzó la carrera de Letras en la Universidad Nacional de La Pampa. En el año 2001 se asocia a la Asociación Pampeana de escritores , y en esa misma fecha es publicada en la revista “Esta es la palabra”, perteneciente a dicha asociación. En el año 2004 fueron publicados varios de sus poemas en el suplemento cultural Caldenia, perteneciente al diario de la provincia llamado La Arena. En el mismo año publicó el libro de editorial independiente titulado “La dinastía de la rosa sólo es un rastrojo de la muerte”. En el año 2004 se publicaron también poemas de su autoría en la revista literaria “Museo Salvaje”, dirigida por Sergio de Matteo. En el año 2006 es publicada en una antología española llamada “Los Poetas Interiores”( Ediciones Amargord), que recopila a varios autores del interior del país , entre ellos Beatriz Vignoli, María Paula Alzugaray, entre otros.

Actualmente se encuentre estudiando la carrera de Letras en la Facultad de Humanidades y Artes de Rosario.

La dinastía de la rosa
 
I
 

Todo ha de ser levantado por la maravilla,

todo debe impregnarse con su bilis

ha de ser rasguñado el olvido por las garras del encanto.

Todo debe palmarse entre el silencio y la penumbra,

el mundo es un rincón donde vive la grandeza.

Y entonces, quién mira a la noche tributar sobre el otoño?

Sabe la nada que está entre el cadáver de los milagros

y su propia osamenta,

sabe, no sabré nombrarla cuando me calle,

no sabré erigirle bastiones de acero ni comarcas de piedra

o laberintos con restos de mi propio engaño,

pero he de repetirle: me haré cenizas.

El mundo es una calle de desfiles simplemente,

y he de prenderla fuego con palabras

o bombardear su nido con la garganta de las letras,

con la parición eterna de los versos.

 

II

 

Las caras pegadas al olvido como un retrato del tiempo,

la luna arábiga topándose con las plegarias y los cantos,

el despertar rojo de las mariposas pardas,

la sencillez con que la angustia nos deja apolillados.

Todo un marco para la putrefacción de la flor americana,

toda la sal para el agua de la redención que nos espera,

todo lo justo desde el lado de la mano con pliegues de presagios.

Acaso no seré redimida con el brillo de los poros que se le escapan a la luna?

Acaso no tendré un silenciador que me quite este olor a pino en la palabra,

esta belleza incalculable despedazándose en la filtración de los corazones del miedo?

Es que la cresta del sol se ha vuelto turbia,

y las aletas de la arena dibujante se han ido al infinito,

a su viejo lugar de piedras y silencio,

con las víboras en la noche y las tormentas opacando pergaminos.

Es que la nada vale nada dentro de un corazón vacío

y el edén es pura nostalgia de sabor agridulce.

 

 

III

 

Había cerca del fuego algas

escaparon de un naufragio en el viento,

había cerca del agua polvo,

se imantaban a los pies de una semilla.

Había en la semilla un hijo rayo,

una polvareda aún muy poco descubierta.

Había una cruz bajo el silencio,

había juegos de hamacas y sonrisas.

Queda tal vez un incendio de ideas,

la perturbación de todos los instantes.

Una vieja galera de piedades

una diestra perdida eficazmente.

(Había algas debajo de la mano,

hay infancia sobre la piel oscura).

IV

 

499 hojas en blanco

el arte puede girarlo todo

499 hojas en blanco

retirándose de las gargantas del olvido,

499 hojas en blanco,

el todo se manifiesta como una arcada,

499 hojas en blanco

emanan la clave del milagro,

499 hojas en blanco

lo fútil se vuelve la lanza en el costado del misterio,

499 hojas en blanco

el arte se deslumbra a sí mismo

499 hojas en blanco (como humanos)

el arte converge en la concatenación de las ideas,

499 hojas en blanco,

romper el credo de las rectas es dejar de contar los blancos,

primera línea suelta,

el arte se detiene tras la sombra

del alma humana

Para espiar la delicadeza.

 

 

 V

Me he apiadado de mi misma

y fue el crisol de los sueños

un sortilegio en mi ventana

cuando apenas tenía rayos.

 

He perdido la esotérica mirada,

el negro torso de lo factible,

he bebido el numen como a una letra

embotellada en el licor de los pesares.

 

He desarmado una lágrima

y ochocientos brillos de carbón le he sacado,

he recorrido una vena

que a mi sangre no le fue develada.

 

No he hecho más que fijarme

en el trenzado de mis dedos

cuando crujen solitarios

sobre la máquinas de escribir.

 

VI

  

Somos haces de plumas envejecidas, silencio,

templos donde la paciencia nos arrulla,

somos la piel del oasis que está a cierta distancia del olvido,

los derrames de un sol que se zambulle en nuestras frentes.

Venimos pegados, nuestras lenguas rastrean las estatuas en ruinas del sonido.

Venimos de a dos, avasallando el grito de la desolación y los planetas,

vigilándonos, como en un réquiem la tiniebla.

Vamos hacia los tormentos de dios en época de ruinas.

 

VII

 

Pierdes el tiempo, rocío,

no oyes mi lágrima cayendo en el

cuenco de lo sutil?

Pierdes el tiempo, salamandra,

no ves las máscaras, las rocas,

los candados en mi rostro?

Pierdes el tiempo, hiedra loca,

no ves acaso al resplandor,

al ocaso y al abismo

en la bifurcación de mi torso,

en el agujero milenario de mi pecho

Cuando él no viene?

 

 

VIII

 

Oh, rastor de papel que dejo tu dedo

Tan blanco como los cráteres de lo absurdo,

Distintos entre sí como los pétalos de mí,

Sobre tu sutil andanza de dromedario.

 

Oh, calla este arpa dentro de mi boca

Con un dedo blanco que proviene del abismo,

Calla el papel doblegado en la caricia

Con una letra de sal en cada ojo.

 

Pues es que tengo una plegaria metida adentro,

Mariposeando en el tronco de lo efusivo

Dando tumbos por las cuadradas calles

De una ciudad sin xilófonos ni barriles.

 

Abre un subterfugio en este enigma de ella,

En este lazo mío de ceniza y polvo que enrojece,

Ábrelo o únelo en el instante mismo

En que Dios eleve su ancla y no sea hombre.

 

Sírvete a la vez de nuestras riñas internas

Para concebir de las ideas la belleza de lo efímero,

Sírvete de mí, en cuento calles

O abras tu boca en la hora del diluvio.

 

IX

Se oculta la luna en los rostros de la nube,

la luna de raso en la piel del otoño.

Se oculta cambiante, en titileo virgen

y baja de un soplo la tarde callada.

 

La desciende, tironea sus pantalones de fruta fresca,

le estira los dedos en abanicos de pinos,

le saca la lumbre de la rosa crisálida,

e interna en su pecho la blanca paciencia.

 

Deja la luna caer su raso de novia,

su pulcra viudez de luz y de sombra,

deja en su paso vestigios de llanto,

llena las vasijas de callados poetas.

 

Oculta su cara con máscaras de estrellas,

tiembla en el tumulto de un muestrario de sueños,

roza sus bellos en el pubis del mundo,

se deja caer en los marcos del insomnio.

 

Baja la luna a desembarcar polizones,

los ladrones del olvido que amputaron el futuro.

Gime la luna en el corsé de la galaxia

mientras cuelgan plegarias de su encaje de astros.

 

X

Génesis

 

Alguien vino a posar su mano

sobre un punto solo del infierno

y construyó estrépitos de gloria

para la sanidad de la tierra.

Luego anudó su espera

y la tiró sobre un germen invisible.

Cantando al alba nació de noche

aquella hoja de oxígeno apretado.

Por la arena recorrió sus pasos,

bajamente hirieron a la luna

y un sin fin de gases desprendieron

su armonía

elevándose juntos en la simbiosis estelar.

Por la capa se irrigaron rayos,

de solapas abismales se vistió

el tiempo.

Y por un momento naufragó la llave

sin haber abierto aún

el lecho de mi vida.

 

 

XI

Como un reloj

estás allí,

con tu tic tac

no puedes ver

no puedes ser.

Como un reloj

en la pared,

negro y azul

tu corazón,

tu corazón,

de fieles puntas

de péndulo,

tu corazón

como engranaje de reloj.

como un reloj

en la pared

con tu tic tac

no puedes ver

mi corazón

por tu tic tac

tu corazón

no puede oír

a mi tic tac

de cielo azul

de miedo fiel

por tu tic tac

baja la noche

y deja ver

de tus silencios el cristal.

como un reloj

tu corazón

de fieles puntas,

de garfio rojo,

de péndulo,

tu corazón

como engranaje de reloj.

XII

 

Habría que rociarte despacio

Para abrirte, desandarte,

Conocer tu virtud de terciopelo,

Por qué no una flor japonesa?

Por qué no un lugar

Donde abusar de los milenios?

Por qué no eres el aura violeta

Que yo veo?

Por qué no una flor japonesa

Para desearte en el cabello el color

De las tardes,

El abanico de azules trabándose apenas?

Por qué no eres una flor japonesa?

 

 

XIII

 

Oh, no rellenes mi corazón con cristales de azúcar,

no le inventes una puerta exacta,

no le friegues su hálito de pájaro,

pues harás de él meras telarañas.

 

Más bien, introdúcete en su laberinto,

en su melodía de curvo sanguinario,

en su chisporroteo de salivas,

pero hazlo cuando las vísceras de la luna caigan.

 

 

XIV

La muerte es una rosa precavida,

un reventar de todo lo que asombra,

la muerte rige su poder

sobre el rocío que emanan

las lágrimas del hombre.

 

La muerte es una rosa negra,

una puerta de túneles dudosos,

una rosa jugada al milagro,

un número que cabe en cualquier parte.

 

Entonces, la muerte de la muerte

debe ser la rosa transparente que el otoñal olvida,

debe ser un yugo que se tuerce eficazmente,

un planeta donde los astros

aún buscan la arista del crecimiento.

 

Oh, la muerte de la muerte

es la carta que Dios llevaba en la manga.

Es la carta que Dios ha olvidado jugar.

 

XV

Rezo

 

Te he repetido hombre, que tiene el lomo gastado,

y un espiral de astros navegando entre las sienes.

Te he repetido, hombre, que la piel es una marca absurda,

una confabulación de azares con babilonias.

Entonces, deja ya las dudas detenerse en el tramo exacto de los miedos,

deja que erijan sus vocales los demonios del misterio.

Atrapa al serafín que corta la vena de la fantasía; mátalo.

Conviértete en el peor verdugo para la tristeza,

e insaciablemente por la belleza deja nombrarte,

llégale a los talones, a las pantorrillas, al corazón.

Fíate de los incendios de la carne,

en ellos puede amanecer eternamente hasta un guijarro.

Nómbrate como almirante de los milagros,

como caballero presto a estallar por la decencia.

Sufre, como ser humano, el saberte una de la muerte,

desvístete ante ella sólo cuando te rocíe la cara con arena.

Levanta, alza los brazos, hombre, te he repetido que tienes un canto,

tres mil lunas, novecientos rayos, ocho mil jardines,

todas las bocas posibles, todo el azar reducido al mismo acertijo.

Levántate hombre, pues te he repetido que eres el mundo.

 

XVI

 

Babilonias llenan los huecos del abismo,

inquietudes, los huecos del silencio,

instintos las frases de los ciegos,

guijarros las manos de los pobres,

penumbras las bocas de los mudos,

restos de sal las jaulas de los presos,

hiel los huesos de la hambruna,

neón los cielos enloquecidos,

parques la soledad de los locos,

locura indescifrable perduración por los siglos de los siglos de la angustia,

una llave rota la ambición de encontrar puertas abiertas,

un nombre, una fecha, un manicomio de oraciones, cada

          latido de un corazón,

un puñado de milenios, la tristeza de la muerte prevenida.

 

 

XVII

 

Cuál es el país donde la maravilla clava sus pezuñas?

Cuál es la aventura de los dioses cuando miran?

Yo no he visto a nadie reventarse con palabras,

ni replegar a la idea por un bermellón influjo.

En realidad, no he visto a nadie.

 

 

XVIII

El lirio y el día

Levanta al día de su placidez.

Arráncalo de los colchones de los lirios,

desándalo en el ocaso dejado por su peroración

bajo la piel de la flor que la belleza veda.

 

Oh, juega a deambular terrible por sus pétalos

arrancando la hora de la pequeñez al día,

habla su nobleza por el temor hurtada

con el rojo crispar de la boca que el cenit enciende.

 

Corrígelo, corrige al día su crepusculario andante,

deja una huella en su mediodía de arena,

hazle trizas su maldoror de rayos,

petrifícale una rosa de parqué en la mirada.

 

Amplíalo, que se vaya más allá del lirio

y acapare de la nostalgia a la magnolia,

a la espina dorsal, a la anchura del presente.

 

Pero despiértalo,

levántalo de su dormitorio de hilos,

sácale la niebla de su ritmo inevitable,

elévalo de su lirio de estación.

 

XIX

Tu nombre, Juan, tu nombre

 

Y si tu nombre se plagara de llamas?

De insectos luminosos, de cerrojos?

Si tu nombre, cayendo como una pluma

dejara en el mío el roce de su prisma?

Si tu nombre, (el alias con el que reflejas el mundo),

apenas se tildara un segundo sobre mi pecho,

dejaría el ritual primitivo de su tibieza,

el oleaje invisible y perfecto de la noche rumiada por tus ojos,

la esponjosidad d el pan desvanecido en el paladar tuyo.

Ay, si supieras, tu nombre adentro mío

imita la elevación cósmica de las montañas,

la magia verde blanquecina de las selvas;

mientras mis manos tocan el trazo tuyo, el trashumante trazo

rompiéndose en la rosa elevada por tu nombre a la eternidad,

por tu nombre eterno,

por el manso espacio, la inaudita ciudad en que me creces,

la plausible comarca donde la tierra, los cráteres y cántaros

se llaman y llenan con tu nombre,

donde los pájaros, los dromedarios y fantasmas

corean el himno de tu nombre interminable e interminablemente,

donde las piedras se apilan solas buscando armar vocabularios antiguos,

lenguas de pueblos extintos, balbuceos primitivos;

las piedras buscan hablar con su silicio, con su porfiadse a la hora de las sombras,

rastrean, como víboras paridas por el hambre,

la forma universal de proclamar tu nombre para que inunde el mundo.

 

XX

Harán de mí

Las cenizas que caerán sobre mis espaldas

un hueco de cenizas me harán,

entonces, oh, lirios, viajad con ellas

en su terciopelo de canas y rimel negro.

 

Las piedras volcanizadas que caerán antes mis ojos

piedras hurañas de mí harán,

entonces, oh, cielo, bajad hacia ellas

sobre su torso de blancura opaca.

 

Los vientos tejidos que las hojas tejerán

harán una trama de mí en sus pestañas,

entonces, oh, polvo, remontad hacia mis dedos

con sus nudillos de carbón y huesos.

 

Los glaciares que emanaran en su torpe respirar

harán de mí el mismo respiro de su sangre,

entonces, oh, sangre, recorredlos con voces

por sus lazos regándoles la vida.

 

Pues a medida que se rompa la esencia de los astros en los cuerpos,

a medida que las medidas dejen un pulso siniestro,

oh, corazones de pluma y de tinta,

arrancad al alma su prolongación para el instante de la palabra.

 

 

XXI

Apoteosis

 

Qué dirías si pienso el polvo,

si pienso la constelación de sal

que revienta en la ola de un naufragio,

si como solamente un bocado de la fragilidad?

 

Qué adularías si dejo la extrañeza del otoño

y me vuelvo reloj de sordo minutero,

o si parto al límite los roces

que nacen de la niebla que he pegado en ti?

 

Pues no es otra cosa que nieblas este poema

es la bruma de la exaltación y de los sueños,

la respiración de algo que trepa suavemente

y junta nuestras manos en los silencios y los calendarios.

 

Qué repentina oscuridad

cubriría los ojos de esta noche?

qué paso marcaría otra cosa que no fuera

tu palabra de cometa, de gigante eclipse nuevo?

 

Ahora sé, me dirías que el mundo

es sólo la gesticulación de la belleza,

que las tormentas son la sal en que confluye todo tiempo;

 

que los placeres son sólo la apoteosis de un discurso

que Dios repitió interminablemente en el sétimo día.

 

XXII

Salir a buscarte

 

Hoy quisiera

en bicicleta

salir a buscarte

por esa calles

donde nacen cachorros

todos los días,

donde los cafés se colman

de desairados,

donde las plazas son manos de artesanos.

Pero no.

He sido tomada por los pies.

Algún día,

te voy a buscar,

en ese espacio

de dulzura infusilable

y caminos ahorcados.

Te voy a encontrar

con tinta, alambres,

y piedras

y plumas

yo sólo puedo ofrecerte

estos papeles tiesos

y palabras mustias,

la mirada cromática,

mi luciérnaga anda-luz.

 

 

XXIII

Puede ser que el retrato se desarme

y la piel se le vuelva policroma.

Puede ser que algo lo titile

en los ojos bañados de azul.

 

Puede tener la flor un sol marchito

y el sol marchito un fuego avejentado,

o tal vez, el viento no tener más garras

o sus garras estar dispersas como arena.

 

Imitación de la caducidad frecuente,

gorgoteo silencioso de algo que carcome,

garganta que respira todo el universo

devolviéndolo con una emanación gastada.

 

Puede ser entonces que el péndulo se mueva

y en su trayecto altere del misterio el cosmos,

o sea simplemente la desnudez perpetua y certera

del cósmico pulso que el tiempo emana.

 

 

XXIV

Detonación

La rosa se ha suicidado sobre la aurora

y ha sido su mejor acto,

he dejado su huella en la espalda del mundo,

ha roto el silencio de su pérfida nostalgia.

 

La rosa, oh, piedra hueca en la nigromancia,

rastro de un faro sobre la gloria,

pudorosa exclamación de la belleza

que el mundo ha reventado en la cara de los hombres.

 

La rosa se ha suicidado sobre la semilla,

sobre el vientre donde la perduración se añeja,

era apenas una caja llena de cenizas,

su dinastía, sólo el rastrojo de la muerte.

 

Oh, la rosa ha explotado tibiamente sobre la noche,

ha abolido su corazón plagándole a los hombres

el pliegue de su terrible especie,

su sangre, su infinito calendario de quietud.