Roda Azzani

Es profesor de Matemática y maestro de Ajedrez.

Fue orador en TEDx Rosario y recibió el premio TOYP a joven sobresaliente de la provincia.

Es columnista en Comunidad Fan y M90 radio, brinda capacitaciones disruptivas para el crecimiento personal y es docente en diferentes niveles y modalidades.

Persecución

Hacía cuatro meses estaba separada de mi primera y única relación. Todos dicen que la relaciones a distancia no funcionan pero yo igual había querido seguir con él un tiempo más. Los 800 km se vuelven abismos cuando hace frío y la cama es de dos plazas.

 

A Lucas -guardo su nombre real por pedido de mi abogado a los efectos de la causa-, lo conozco desde siempre. En un pueblo de 7000 habitantes es muy difícil no saber quién es quién.

 

Lucas era el encargado de la música en los fogones de los campamentos de la escuela (el cantante del fogón siempre resulta atractivo y seductor en esos pequeños espacios de poder).

 

Cuando comienza el ciclo lectivo universitario las personas migran del pueblo hacia las grandes capitales y quedan huérfanos de jóvenes los clubes y los bares.

 

Quienes quedábamos en el pueblo nos encontrábamos en espacios comunes, predeterminados y destinados a sobrellevar juntos la melancolía de la soledad y el fin del verano.

 

Con Lucas había algo más que esa melancolía. No solo pasábamos tiempo juntos, también reíamos, hacíamos planes y nos acompañábamos.

 

Durante ese año nos vimos cada vez que yo volvía. El plan era siempre similar: asistir con nuestros grupos al mismo lugar, casi no saludarnos e irnos juntos a su quinta en las afueras del pueblo.

 

Llegó diciembre y el pueblo subía las pulsaciones, las familias recibían a los exiliados del saber, se preparaban las fiestas y los adultos prematuros que surfearon 9 meses de periplos en las urbes volvían a ser los inocentes niños que recordaban haber sido.

 

Lucas estaba raro, distante. Había algo en el plano de lo inexplicable que mostraba un olor pasivo (quizás el del fogón a la mañana siguiente). El viernes tocaba junto a  su amigo en un dueto que solían hacer en un bar. Hablé con las chicas y fuimos.

 

El modus operandi era el siguiente: llegar, hacer de cuenta que no nos importamos. Tomar algunas cervezas con las chicas y cuando la noche está llegando a su fin hacernos una seña, enviarnos un mensaje, mirarnos fijamente para saber que era el momento de pasar a la siguiente instancia: la fuga. Yo solía salir primera y él a los cinco minutos. Lo esperaba en mi auto en la esquina, él me pasaba y yo lo seguía. Luego, tecnicismos del amor.

 

Ese día no llegó la señal. Pregunté qué se hacía después para descifrar si tenía un plan por el cual no podíamos irnos juntos. Nada. Todo era muy raro, o muy claro.

Me resigné y les dije a las chicas que las llevaba hasta su casa. Primero Cami, después Sofi y última la Negra. La Negra vive a 10 cuadras de casa pero prácticamente en la salida del pueblo. Mi familia había cambiado el auto ese mismo día así que su caja de cambios y yo nos estábamos conociendo.

 

Había dejado a mis amigas y mientras daba la vuelta para el lado del centro pensaba si le mandaba otro mensaje para cortar la relación, o para que nos veamos, o para preguntarle qué le pasa, o para decirle que lo quería.

 

Cuando estaba por doblar en Avellaneda pasó él, apurado, dobló en Irigoyen y tomó el camino hacia el pueblo siguiente.

 

No me vio, o mejor dicho, no me reconoció por el auto. Saqué el guiño y en vez de doblar en Avellaneda continué por Irigoyen siguiéndolo a media cuadra de distancia. Ahora pienso cómo no me di cuenta lo evidente que era la situación: ¿qué probabilidad había de que dos autos estén saliendo de la ciudad a la 1:47 am por una calle que es de tierra a esa altura como Irigoyen?

 

Seis cuadras y dobla a la derecha, iba para la quinta, y de seguro estaba con su nueva amiguita. ¿Qué tanto le costaba decirme que no quería verme? Al menos podría haberme blanqueado que esto no tenía cláusula de exclusividad.

 

Dos cuadras y media, subió por la rampa de ingreso a su quinta que queda sobre mano derecha.  Aceleré y clavé los frenos atrás de él para que no quiera salir en marcha atrás.

 

Acá, ya no recuerdo exactamente la cronología de los hechos. Sé que agarré el matafuegos sin vencer que estaba debajo del asiento del acompañante y bajé. En el otro auto pensaban que estaban viviendo la antesala de un robo violento.

 

En ese momento bajó del auto y me di cuenta de que estaba solo, que no había nueva amiguita con él. Ni siquiera estaba Lucas, era su padre, Ricardo, que según dijo su esposa después había ido a buscar el juego de vajillas extra que tenían para un evento del mediodía siguiente.

 

Me miró asustado, no entendía. Pero ya estaba ahí, no había retorno. No había forma de explicar sin arruinar mi imagen qué hacía a esa hora y en ese lugar, trabando el auto con el de mi familia y con un matafuegos sostenido del pico con la mano derecha.

 

En esa milésima de segundo lo decidí, y ejecuté. Ya saben, no quiero hablar de los acontecimientos que ya son de público conocimiento. Quería que conozcan el trasfondo de la historia y cómo las emociones te dominan y no te dejan ser vos.

 

Finalmente, shockeada, llena de sangre y sin el matafuegos, volví al auto. Agarré el celular para, creo,  ver la hora. Tenía un mensaje de Lucas: “me quedé con ganas de verte”.