Roberto Bolaño

Escritor, novelista y poeta chileno nacido en Santiago, en 1953.
Residenciado en México desde los quince años, suspendió pronto los estudios académicos para dedicarse de lleno a la actividad intelectual. Fue un infatigable lector y trabajó como articulista en varios medios periodísticos  mexicanos. Regresó a Chile donde militó en la izquierda, razón por la cual debió exiliarse en El Salvador. 
Viajó luego por diferentes países europeos fijando su residencia definitiva en España, donde contrajo matrimonio.
Es autor de los poemarios  "Los perros románticos" 2000 y "Tres" 2000, y de las  novelas La pista de hielo 1993, Monsieur Pain 1999,  La literatura nazi en América 1996, Estrella distante  1996, Los detectives salvajes 1998, con la  
que obtuvo el Premio Herralde 1999, el Premio Rómulo Gallegos 1999 y el Premio del Consejo del Libro de Chile en el mismo año.  Con el libro de relatos Llamadas telefónicas, fue galardonado con el Premio Municipal de Santiago de Chile en 1998. Además publicó otros libros de poesía en editoriales marginales.
Falleció en julio de 2003.

El fantasma de Edna Lieberman 


Te visitan en la hora más oscura 
todos tus amores perdidos. 
El camino de tierra que conducía al manicomio 
se despliega otra vez como los ojos 
de Edna Lieberman, 
como sólo podían sus ojos 
elevarse por encima de las ciudades 
y brillar. 
Y brillan nuevamente para ti 
los ojos de Edna 
detrás del aro de fuego 
que antes era el camino de tierra, 
la senda que recorriste de noche, 
ida y vuelta, 
una y otra vez, 
buscándola o acaso 
buscando tu sombra. 
Y despiertas silenciosamente 
y los ojos de Edna 
están allí. 
Entre la luna y el aro de fuego, 
leyendo a sus poetas mexicanos 
favoritos. 
¿Y a Gilberto Owen, 
lo has leído?,
dicen tus labios sin sonido, 
dice tu respiración 
y tu sangre que circula 
como la luz de un faro. 
Pero son sus ojos el faro 
que atraviesa tu silencio. 
Sus ojos que son como el libro 
de geografía ideal: 
los mapas de la pesadilla pura. 
Y tu sangre ilumina 
los estantes con libros, las sillas 
con libros, el suelo 
lleno de libros apilados. 
Pero los ojos de Edna 
sólo te buscan a ti. 
Sus ojos son el libro 
más buscado. 
Demasiado tarde 
lo has entendido, pero 
no importa. 
En el sueño vuelves 
a estrechar sus manos, 
y ya no pides nada.

 

 

 

El mono exterior

                                                      

¿Te acuerdas del Triunfo de Alejandro Magno, de Gustave Moreau? 
La belleza y el terror, el instante de cristal en que se corta 
la respiración. Pero tú no te detuviste bajo esa cúpula 
en penumbras, bajo esa cúpula iluminada por los feroces 
rayos de armonía. Ni se te cortó la respiración. 
Caminaste como un mono infatigable entre los dioses 
pues sabías -o tal vez no- que el Triunfo desplegaba 
sus armas bajo la caverna de Platón: imágenes, 
sombras sin sustancia, soberanía del vacío. Tú querías 
alcanzar el árbol y el pájaro, los restos 
de una pobre fiesta al aire libre, la tierra yerma 
regada con sangre, el escenario del crimen donde pacen 
las estatuas de los fotógrafos y de los policías, y la pugnaz  vida 
a la intemperie. ¡Ah, la pugnaz vida a la intemperie!


El señor Wiltshire 


Todo ha terminado, dice la voz del sueño, y ahora eres el reflejo 
de aquel señor Wiltshire, comerciante de copra en los mares del sur, 
el blanco que desposó a Urna, que tuvo muchos hijos, 
el que mató a Case y el que jamás volvió a Inglaterra, 
eres como el cojo a quien el amor convirtió en héroe: 
nunca regresarás a tu tierra (¿pero cuál es tu tierra?), 
nunca serás un hombre sabio, vaya, ni siquiera un hombre 
razonablemente inteligente, pero el amor y tu sangre 
te hicieron dar un paso, incierto pero necesario, en medio 
de la noche, y el amor que guió ese paso te salva.

 

 

Godzilla en México 

Atiende esto, hijo mío: las bombas caían 
sobre la Ciudad de México 
pero nadie se daba cuenta. 
El aire llevó el veneno a través 
de las calles y las ventanas abiertas. 
Tú acababas de comer y veías en la tele 
los dibujos animados. 
Yo leía en la habitación de al lado 
cuando supe que íbamos a morir. 
Pese al mareo y las náuseas me arrastré 
hasta el comedor y te encontré en el suelo. 
Nos abrazamos. Me preguntaste qué pasaba 
y yo no dije que estábamos en el programa de la muerte 
sino que íbamos a iniciar un viaje, 
uno más, juntos, y que no tuvieras miedo. 
Al marcharse, la muerte ni siquiera 
nos cerró los ojos. 
¿Qué somos?, me preguntaste una semana o un año después, 
¿hormigas, abejas, cifras equivocadas 
en la gran sopa podrida del azar? 
Somos seres humanos, hijo mío, casi pájaros, 
héroes públicos y secretos.

Intentaré olvidar...  

                        

                                                       Jus lo front port vostra bella semblança 
                                                                                                  Jordi de Sant Jordi

Intentaré olvidar                  Un cuerpo que apareció durante la nevada 
Cuando todos estábamos solos               En el parque, en el montículo detrás 
de las canchas de básket                  Dije detente y se volvió: 
un rostro blanco encendido por un noble corazón           Nunca 
había visto tanta belleza             La luna se distanciaba de la tierra 
De lejos llegaba el ruido de los coches en la autovía: gente 
que regresaba a casa              Todos vivíamos en un anuncio 
de televisión hasta que ella apartó las sucesivas 
cortinas de nieve y me dejó ver su rostro: el dolor 
y la belleza del mundo en su mirada              Vi huellas 
diminutas sobre la nieve                Sentí el viento helado en la cara 
En el otro extremo del parque alguien hacía señales 
con una linterna               Cada copo de nieve estaba vivo 
Cada huevo de insecto estaba vivo y soñaba              Pensé: ahora 
me voy a quedar solo para siempre              Pero la nieve caía 
y caía y ella no se alejaba

La griega

Vimos a una mujer morena construir el acantilado. 
No más de un segundo, como alanceada por el sol. Como 
Los párpados heridos del dios, el niño premeditado 
De nuestra playa infinita. La griega, la griega, 
Repetían las putas del Mediterráneo, la brisa 
Magistral: la que se autodirige, como una falange 
De estatuas de mármol, veteadas de sangre y voluntad, 
Como un plan diabólico y risueño sostenido por el cielo 
Y por tus ojos. Renegada de las ciudades y de la República, 
Cuando crea que todo está perdido a tus ojos me fiaré. 
Cuando la derrota compasiva nos convenza de lo inútil 
Que es seguir luchando, a tus ojos me fiaré.

La suerte


Él venía de una semana de trabajo en el campo 
en casa de un hijo de puta y era diciembre o enero, 
no lo recuerdo, pero hacía frío y al llegar a Barcelona la nieve 
comenzó a caer y él tomó el metro y llegó hasta la esquina 
de la casa de su amiga y la llamó por teléfono para que 
bajara y viera la nieve. Una noche hermosa, sin duda, 
y su amiga lo invitó a tomar café y luego hicieron el amor 
y conversaron y mucho después él se quedó dormido y soñó 
que llegaba a una casa en el campo y caía la nieve 
detrás de la casa, detrás de las montañas, caía la nieve 
y él se encontraba atrapado en el valle y llamaba por teléfono 
a su amiga y la voz fría (¡fría pero amable!) le decía 
que de ese hoyo inmaculado no salía ni el más valiente 
a menos que tuviera mucha suerte.

Lluvia

Llueve y tú dices es como si las nubes 
lloraran. Luego te cubres la boca y apresuras 
el paso. ¿Como si esas nubes escuálidas lloraran? 
Imposible. Pero entonces, ¿de dónde esa rabia, 
esa desesperación que nos ha de llevar a todos al diablo? 
La Naturaleza oculta algunos de sus procedimientos 
en el Misterio, su hermanastro. Así esta tarde 
que consideras similar a una tarde del fin del mundo 
más pronto de lo que crees te parecerá tan sólo 
una tarde melancólica, una tarde de soledad perdida 
en la memoria: el espejo de la Naturaleza. O bien 
la olvidarás. Ni la lluvia, ni el llanto, ni tus pasos 
que resuenan en el camino del acantilado importan; 
Ahora puedes llorar y dejar que tu imagen se diluya 
en los parabrisas de los coches estacionados a lo largo 
del Paseo Marítimo. Pero no puedes perderte.

Los detectives

Soñé con detectives perdidos en la ciudad oscura. 
Oí sus gemidos, sus náuseas, la delicadeza 
De sus fugas. 
Soñé con dos pintores que aún no tenían 
40 años cuando Colón 
Descubrió América. 
(Uno clásico, intemporal, el otro 
Moderno siempre, 
Como la mierda.) 
Soñé con una huella luminosa, 
La senda de las serpientes 
Recorrida una y otra vez 
Por detectives 
Absolutamente desesperados. 
Soñé con un caso difícil, 
Vi los pasillos llenos de policías, 
Vi los cuestionarios que nadie resuelve, 
Los archivos ignominiosos, 
Y luego vi al detective 
Volver al lugar del crimen 
Solo y tranquilo 
Como en las peores pesadillas, 
Lo vi sentarse en el suelo y fumar 
En un dormitorio con sangre seca 
Mientras las agujas del reloj 
Viajaban encogidas por la noche 
Interminable.


Los detectives perdidos

 

Los detectives perdidos en la ciudad oscura. 
Oí sus gemidos. 
Oí sus pasos en el Teatro de la Juventud. 
Una voz que avanza como una flecha. 
Sombra de cafés y parques 
Frecuentados en la adolescencia. 
Los detectives que observan 
Sus manos abiertas, 
El destino manchado con la propia sangre. 
Y tú no puedes ni siquiera recordar 
En dónde estuvo la herida, 
Los rostros que una vez amaste, 
La mujer que te salvó la vida.


Musa


Era más hermosa que el sol 
y yo aún no tenía 16 años. 
24 han pasado 
y sigue a mi lado. 

A veces la veo caminar 
sobre las montañas: es el ángel guardián 
de nuestras plegarias. 
Es el sueño que regresa 

con la promesa y el silbido. 
El silbido que nos llama 
y que nos pierde. 
En sus ojos veo los rostros 

de todos mis amores perdidos. 
Ah, Musa, protégeme, 
le digo, en los días terribles 
de la aventura incesante. 

Nunca te separes de mí. 
Cuida mis pasos y los pasos 
de mi hijo Lautaro. 
Déjame sentir la punta de tus dedos

otra vez sobre mi espalda, 
empujándome, cuando todo esté oscuro, 
cuando todo esté perdido. 
Déjame oír nuevamente el silbido.

Soy tu fiel amante 
aunque a veces el sueño 
me separe de ti.
También tú eres la reina de los sueños.

Mi amistad la tienes cada día 
y algún día 
tu amistad me recogerá 
del erial del olvido.

Pues aunque tú vengas 
cuando yo vaya 
en el fondo somos amigos 
inseparables.

Musa, a donde quiera 
que yo vaya 
tú vas. 
Te vi en los hospitales

y en la fila 
de los presos políticos. 
Te vi en los ojos terribles 
de Edna Lieberman 

y en los callejones
de los pistoleros. 
¡Y siempre me protegiste! 
En la derrota y en la rayadura. 

En las relaciones enfermizas 
y en la crueldad, 
siempre estuviste conmigo. 
Y aunque pasen los años

y el Roberto Bolaño de la Alameda 
y la Librería de Cristal 
se transforme, 
se paralice, 

se haga más tonto y más viejo 
tú permanecerás igual de hermosa. 
Más que el sol 
y que las estrellas.

Musa, a donde quiera 
que tú vayas
yo voy. 
Sigo tu estela radiante 

a través de la larga noche. 
Sin importarme los años 
o la enfermedad. 
Sin importarme el dolor  
    
o el esfuerzo que he de hacer 
para seguirte.
Porque contigo puedo atravesar
los grandes espacios desolados

y siempre encontraré la puerta
que me devuelva
a la Quimera
porque tú estás conmigo,

Musa,
más hermosa que el sol
y más hermosa
que las estrellas.

Sucio, mal vestido 

 

En el camino de los perros mi alma encontró 
a mi corazón. Destrozado, pero vivo, 
sucio, mal vestido y lleno de amor. 
En el camino de los perros, allí donde no quiere ir nadie. 
Un camino que sólo recorren los poetas 
cuando ya no les queda nada por hacer. 
¡Pero yo tenía tantas cosas que hacer todavía! 
Y sin embargo allí estaba: haciéndome matar 
por las hormigas rojas y también 
por las hormigas negras, recorriendo las aldeas 
vacías: el espanto que se elevaba 
hasta tocar las estrellas. 
Un chileno educado en México lo puede soportar todo, 
pensaba, pero no era verdad. 
Por las noches mi corazón lloraba. El río del ser, decían 
unos labios afiebrados que luego descubrí eran los míos, 
el río del ser, el río del ser, el éxtasis 
que se pliega en la ribera de estas aldeas abandonadas. 
Sumulistas y teólogos, adivinadores 
y salteadores de caminos emergieron 
como realidades acuáticas en medio de una realidad metálica. 
Sólo la fiebre y la poesía provocan visiones. 
Sólo el amor y la memoria. 
No estos caminos ni estas llanuras.
No estos laberintos.
Hasta que por fin mi alma encontró a mi corazón.
Estaba enfermo, es cierto, pero estaba vivo.