Relatos

Esas cosas que no se hacen

Era una noche en la que el vino se había acabado, no había más cigarrillos y los libros que habían llevado a la estancia ya los habían leído más de dos veces. El pueblo quedaba lejos, muy lejos, sólo las habitaba la soledad de la casa y el crepitar del fuego que las mantenía tibias y juntas sentadas cada una en los sillones de paño verde que enfrentaban el hogar.

Amelia pensó que la madera estaba muy verde o húmeda por eso sonaba tanto. Alicia, en cambio, sospechaba que los espíritus de la casa estaban descontentos por las copas vacías y se hacían sentir a través de las llamas. Los sin cuerpo no podían beber ni emborracharse a gusto, tampoco podían oír las historias de los libros que cada noche las hermanas se contaban abrazadas por el calor de la leña. No quedaba nada, ni vino, ni historias, ni cigarrillos. La ausencia era terrible pero para Alicia la del vino era la peor. Defendía sus predicciones y buscaba compartirlas con su hermana, sin embargo, era costumbre de Amelia descreer de todo lo que Alicia pensaba.

-Parece como si no hubieras ido a la Universidad, Alicia. Sos física al pedo -decía Amelia parándose para buscar algún cigarrillo que se hubiera deslizado debajo del sillón o estuviera perdido en la alfombra -¿sabés cuántas estarían deseando la oportunidad que nuestro padre nos dio siendo mujeres? ¿A cuántas conocés que hayan tenido la posibilidad de estudiar en vez de casarse por arreglo, bordar, cocinar, atender a la cría que seguirá con el apellido? ¡Cómo zafamos de todo eso! -.

-¿Por qué estás dando tantas vueltas como una loca por la habitación? -protestó Alicia.

-Estoy buscando los cigarrillos-.

-Ya te los fumaste a todos, además dijimos que veníamos a Villa Marianita a dejar de fumar, que cuando se acababan, se acababan -volvió a protestar Alicia que también estaba desesperada por la falta total de provisiones.

-¿Te dijo Oscar cuando volvía? -preguntó Amelia muy nerviosa junto a la mesada de roble. -Me voy a fumar el potus si no encuentro un cigarrillo, te juro que lo pico y me lo fumo.

-Dijimos que íbamos a dejar de fumar, y además el potus está verde, más vale fumate las hojas de la Santa Rita que están secas, lo verde no prende, parece como si no hubieras ido a la Universidad, Amelia -devolvió burlonamente Alicia que, un poco más tranquila que su hermana, se dirigió a la cocina a buscar algo de pan para comerlo con el queso que un vendedor a la tarde les había dejado a mitad de precio. Amelia le había regateado y a pesar de la suntuosa mansión que se mostraba a sus espaldas y los vestidos caros que ambas llevaban el vendedor sucumbió al regateo experto que Amelia había aprendido en las costas árabes cuando en viaje con su hermano Oscar paraban a comprar alfombras y maravillas.

El viento golpeaba los ventanales de hierro de la casa de verano que llamaban Villa Marianita por la abuela de las hermanas. Un reloj de péndulo marcaba la hora exacta de su muerte, cinco veces lo habían arreglado y cinco veces, pasadas las veinticuatro horas correspondientes se había parado en su lugar: las nueve de la mañana. Su abuelo, Don Caraxiolo, solía quedarse parado frente al reloj como si estuviese hablando con su esposa telepáticamente.

Villa Marianita era una casa lujosa cuyas paredes se imponían sobre las afueras de un pueblito de Córdoba llamado Altagracia. Tenía escaleras de mármol, pinturas y esculturas de bronce. El abuelo de las chicas era escultor y un hombre importante dentro de los ferrocarriles ingleses que funcionaban en la ciudad de Rosario, él había convencido junto a su esposa Mariana al padre de ambas para que las dejara estudiar junto a sus hermanos en la universidad. Alicia y Amelia, las más jóvenes de la familia eran las únicas universitarias en ese pueblo. Los hombres las miraban distinto como si el haber estado cerca de los libros siendo mujeres fuese algo tan extraño como un caballo de cinco patas y tres colas.

-Yo lo monto, te imaginás un caballo de cinco patas, ganaría todas las carreras que Oscar pierde cuando se emborracha en el hipódromo-.

-Aunque no esté borracho las pierde igual-.

-Siempre está borracho, Amelia.  ¿Te dijo cuando viene?-.

-No, cortala, ya me lo preguntaste veinte veces, no me dijo nada, ¿tanto querés que venga?-.

-Ni loca, pero él seguro trae cigarrillos-.

-¡Tenés razón! ¡Que venga, por favor!-.

-Ni lo digas, prefiero quedarme sin vino-.

-Dejá de decir pavadas, Alicia, sin vino nunca, por favor te lo pido. Dejame calcular, si el barco zarpó el 19 de enero estamos a 28 de julio, hay que sumarle dos días en Buenos Aires, hasta que llega acá...

-Calculá más días en Buenos Aires por si se entretiene-.

-¿Con qué?-.

-Con quién es la pregunta-.

-¿Con quién? Dejá de hacerte la misteriosa, Alicia, que necesito fumarme algo, te voy a fumar el pelo si seguís jodiendo, ¡mierda, donde puta habrá un cigarrillo, carajo!-.

-Ahí está la que parece que fue a la universidad. Dos carreras, Letras e Historia, mirala que bien que habla, tanto libro de Quevedo, Siglo de Oro y la mierda de Cervantes para limpiarse esa boquita roja de rouge francés como si fuera la cloaca de todo el pueblo-.

-Con vos hablo así, no me jodás. ¿Con quién decís que se demora en Buenos Aires?

-¿Con quién va a ser? Con esa-.

-¿Cuál?-.

-La de siempre, Amelia, a ver si dejás un poquito de Garcizalo de la Vega y Baldomero Fernández y mirás a tu hermanito un poco más, las cartas que manda, las postales, las flores que le pide al jardinero-.

-Pero esas no son para ella y no es Garcizalo, es Garcilazo-.

-Sí, son para ella, y ya sé que es Garcilazo, ¿te crees que no fui a la universidad?-.

-Si vive en Buenos Aires, no la ve nunca-.

-Pero viaja, Amelia-.

-Por mí, que haga lo que quiera-.

-Que haga lo que quiera no, que se quede con ella en Buenos Aires y nos deje a nosotras en paz en Rosario o acá en Altagracia, me da igual, pero que nos deje solas-.

-A mí no me molesta tanto-.

-Porque a vos no te puso ningún pero para que estudies Letras e Historia, en cambio a mí con física me hizo la vida imposible, decí que soy la preferida del abuelo-.

- Del abuelo solo, porque del resto de la familia soy yo-.

- Puede ser pero con el abuelo me basta-.

 

Un golpe seco sonó en la ventana. La tormenta se estaba poniendo densa. El arroyo que rodeaba la parte sur de la quinta se había comenzado a desbordar. El calor del fuego que crepitaba acompañando la lluvia estrepitosamente hacía temblar el aire y las imágenes se sucedían como espejos movedizos. Alicia y Amelia escucharon un ruido extraño y se quedaron quietas, inmutables gárgolas mirándose fijo.

-¿Alguna vez te pusiste a pensar que nuestros nombres son con A y los de los chicos son con O? Oscar, Octavio, Oliverio, Otto. ¿Por qué mamá nos los habrá elegido así? ¿Femenino y masculino quizá? -preguntó Alicia moviéndose de su lugar de perplejidad. ¿Qué habrá sido ese ruido?-.

-No sé si mamá pensaba tanto, no le daba la cabeza o papá no la dejaba. Igual están los dos muertos, ¿qué le vamos a preguntar? Lo que sí me contó el abuelo es que a Otto quería ponerle Otoño. ¿Te imaginás? Para mí que deberíamos decirle así: “el otoño de mamá”-.

-Tratás mal a mamá, como si fuera una bruta-.

-Como si hubiese sido una bruta, Alicia, -¡usá bien los tiempos verbales que ya se murió mamá!-.

-En mi universidad no me enseñaron los tiempos verbales, estudié física, lo que importa es que me entendiste y que tratás mal a mamá, siempre la ponés como ignorante, ni te solidarizás con ella por ser mujer. Ella no pudo elegir, y siempre fue una buena madre con nosotras-.

-¿Habrá llegado a Buenos Aires Oscar?-.

-No me cambies de tema. No sé ni me importa, no quiero que venga. Estamos bien así-.

-¿Sin vino, sin cigarrillos, sin libros para leer? ¿Con esta tormenta espantosa que acaba de tumbar el álamo? ¿Con tu caballo que se soltó y anda como diablo por el campo? Tu concepción de bien dista mucho de la mía-.

-¡¿Cómo que Sombra se soltó?! ¡Por qué no me lo dijiste antes!-.

-Porque pensé que lo habías escuchado, ¿dónde estás? ¿Acá o del otro lado con mamá y papá averiguando los nombres?-.

-A mi me interesa saber de dónde vengo, por qué me pusieron Alicia-.

-¿En qué posición te engendraron también? Me decís a mí que no me solidarizo con las mujeres de esta casa pero vos no te solidarizás con el momento de mierda que estamos viviendo las dos juntas encerradas acá sin nadie que nos ayude, sin vino, sin cigarrillos… lo único que hacés es pensar pavadas en vez de una solución para…

-¿Para qué? ¿Para que venga Oscar con la otra? Para que nos diga qué hacer, cómo y dónde? Amelia, dicen que Oscar, bueno, dicen, pero viste, a mí me parece bastante cierto todo-.

-¿Qué dicen?-.

-Y, dicen que hizo cosas-.

-Todos y todas hacemos cosas, Alicia. Viste, dije todas, me solidaricé-.

-No es chiste, Amelia, ni lo de Oscar ni tu displicencia con mamá-.

-Me encanta la palabra displicencia, ves que cuando querés hablás como corresponde-.

-No te vayas de tema, Oscar no debería volver a esta casa ni a esta familia-.

-Es nuestro hermano, nada puede ser tan terrible, todos hacemos cosas. Lo único terrible acá es esta tormenta y los ruidos horribles que estamos escuchando. Para mí son tiros. Capaz lo están cazando a Sombra o nos están robando las vacas-.

-Hay cosas que no se hacen. Y dejá de decir pavadas que acá no tenemos vacas, esas están en el campo de Buenos Aires, donde seguramente Oscar esté haciendo esas cosas o andá a saber qué cosas peores-.

-¿Peores que qué? No sé bien de lo que estás hablando pero Dios seguro le perdona todo, ahora tenemos otro problema-.

-Vos no creés en Dios, solo creés en la Universidad sino te darías cuenta de que el reloj se paró en las nueve cinco veces porque el espíritu de la abuela está acá con todos los otros que también están y de muy mal humor porque no les damos vino-.

-Estás delirando, Alicia, es el miedo, no te preocupes, Sombra va a volver, nadie lo cazó, Oscar va a llegar y lo va a buscar, a los animales les gusta dar un paseo bajo la lluvia-.

-¡No quiero que venga Oscar! No tiene que venir, se tiene que ir lejos. Es marino, se puede quedar en uno de esos países árabes que visita, se puede quedar con ella ahí o en el campo-.

-Ahora de repente apoya los amoríos de su hermano y les regala a ambos el campo que es nuestro. ¡Con esa herencia no se mete nadie, van a tener que pasar por sobre mi cadáver! ¿Con qué pensas que vamos a comprar libros?-.

-Podríamos trabajar, dar clase. Igual Oscar es libre de tener los amoríos que quiera pero no de hacer lo que hizo. Y no te ilusiones con el campo, como si todo no lo manejase él.

-¿Qué hizo?-.

-Dicen-.

-¿Qué dicen? ¡Lo encontré!-.

-¿Qué cosa?-.

-¡Un cigarrillo! Ahora tengo que ver dónde dejé la boquilla, yo sabía que no me los había fumado a todos, no me daba la cuenta, quince ayer, veintiocho hoy, el martes sólo seis. Hablando de cuenta, volvamos a contar los días, ¿vos decís que se queda más de dos en Buenos Aires?-.

-Compartime, yo también quiero-.

-Es uno solo, no nos alcanza. Ves cuando te digo que en vez de pensar en espíritus te tenías que poner a buscar conmigo, algo iba a aparecer-.

-Capaz que si busco encuentro un vaso de vino-.

-Copa, Alicia, no vas a tomar el vino en vaso, no seas ordinaria-.

 

Alicia miró por la ventana y dio un mordisco al pan que tenía en las manos, sin querer también lo hizo con parte de su dedo que empezó a sangrar a borbotones dejando la miga enteramente roja.

 

-Es una mala señal, Amelia, sangre derramada en tormenta, el crepitar verde de la madera, ¡no me gusta nada que nos hayamos quedado sin vino! ¡Están enojados!

-Dejá de decir pavadas y presionate la herida que vas a manchar la alfombra árabe-.

 

Un relámpago iluminó la estancia, sombras se mezclaban entre las luces repentinas. Tres sonidos sordos apaciguaron la tormenta, diez más se sucedieron uno tras otro.

 

-Esos fueron disparos, que no me jodan -balbuceó Amelia-.

- A lo mejor se cayó otro Álamo -dijo Alicia.

- Dejate de pavadas. Ahora sí que estamos jodidas, ¡fueron disparos!-.

 

Las hermanas permanecieron inmutables y silenciosas esperando que algún acontecimiento las sacudiera. Nada más que la lluvia y el silbido violento del viento se escuchaba cuando la puerta de la casa se abrió bruscamente. Unas botas embarradas mancharon la alfombra con barro y con sangre. Amelia esbozó una sonrisa. Oscar traía vino.

Conexión Malbec

Luces tenues, amarillentas, un televisor en mute pasando los pitufos, Gargamel en primera plana, al costado un tocadiscos viejo con una pila de discos de pasta, en la pared pintada de rosa viejo un cuadro con marco verde loro, dentro una foto de los halcones galácticos. Olivia sentada en un sillón también verde vestida con un camisón de seda amarillo patito fumando un cigarrillo largo. En sus pies pantuflas de conejo fucsia y una toalla violeta envolviendo su pelo. En frente del sillón una mesa ratona con un vino Malbec, una cigarrera de metal y un cenicero antiguo. Cuatro cadáveres de botella al costado del sillón. Olivia fuma sin parar, solo se detiene para servirse en una taza de porcelana china más tinto. Suave suena bossa nova. Se acomoda en el sillón mejor, al principio no sabe muy bien qué va a hacer, su cuerpo la lleva sin que ella lo piense demasiado a una inclinación horizontal, empieza a moverse lentamente, sus pensamientos se remontan a meses atrás, noches interminables de amor con Osvaldo. Cierra los ojos, siente cómo su cuerpo le va pidiendo un leve roce, acaricia sus piernas, sigue pensando, mira el cuadro de los Halcones Galácticos como si en el niño de cobre se encontrara el motivo que la hará explotar de placer, sigue pensando, toma la botella de vino, la mira, la acaricia, suavemente la pone entre sus piernas el pico apuntando a su pecho queda unos minutos suspendida en esa posición hasta que se incorpora abruptamente. Toma el vino y lo mira, se sirve una copa más, lo deja en la mesita y comienza a hablar sola.

Cuando estoy sola hay dos cosas de las que no puedo escapar, mirá que lo intento porque me pongo melancólica y no me gusta, es patética la melancolía, hasta me dan ganas de matarme cuando se me va la mano, pero el miedo al dolor me tira para atrás, decía que no puedo escapar de dos cosas: del invierno y de Osvaldo. Mejor dicho de tres cosas, del invierno, de Osvaldo y del vino.

Se levanta del sillón y se pone de costado mirando el cuadro de los Halcones Galácticos. Acaricia al niño de cobre, le regala una risa pícara, la lengua apenas se escapa y acaricia sus labios, siempre y todo para el niño de cobre. Da una media vuelta, baila llevada por el ritmo de  la bossa y con los ojos cerrados se ríe, se abraza, se acaricia los brazos, el pelo, baila consigo misma pero como si atrás estuviera Osvaldo apoyandose en ella. Vuelve en sí, mira para atrás, no hay nada, toma un trago y sigue hablando sola.

Yo lo conocí a Osvaldo el 8 de agosto, el 8 del 8 del 98, ese 9 me cagó la magia, ¿imaginate si eran todos 8? Aunque mejor, sino hubiera sido infinitamente Osvaldo como infinito el dolor que me quedó cuando me dejó sola en esta habitación vacía con la copa llena de Malbec lista para compartirla con él en una noche de lujuria eterna. Eterno es el amor que yo le tenía, porque era y es amor puro, amor que Osvaldo no va a encontrar con ninguna ni con ninguno porque nadie lo va a querer como yo. Era tan lindo como el niño de cobre, chiquitito y chino con ese aire infantil que de ternura me calentaba y de calentarme pasaba a la ternura como un tren. Además, también era de cobre, rojizo como el río. 

Se levanta del sillón y se vuelve al cuadro, acaricia la boca del niño de cobre, canta una partecita de la bossa, besa el cuadro. Vuelve a cantar pero esta vez la canción de los halcones galácticos: “son de plata y de acero…”. Se ríe pícaramente antes de continuar.

Tomábamos vino Malbec porque era el que más le gustaba, yo prefería Cabernet pero lo complacía en eso. Después de la tercer copa se le ponían los ojos así como a él -señala al niño de cobre-, horizontales como una hamaca de madera, y yo me sentía volando cada vez que la sonrisa le delineaba esa mirada oriental, cobriza, llena de luciérnagas tintineantes enchufadas a la corriente eléctrica de mi corazón que amaba, amaba, amaba ese par de líneas incandescentes. Ahora me hamaco sola y cuando estiro los pies toco el cielo estrellado donde. ¡Te das cuenta! No ves que la onda melanco me lleva a lo patético, y no hay cosa peor que una mujer, una mujer como yo, como vos Olivia, que se vea patética. Yo no me licencié en Literatura, Bellas Artes, Ciencia de la Educación, no estudié siete años de piano ni escribí ocho novelas policiales, ni hice todo este camino lleno de triunfos para el costado que lo mires, derecha, izquierda, arriba y abajo, gloria y fama por donde la mires, Olivia, no viví todo lo que viví para terminar como una patética melanco borracha y sin Osvaldo.

Toma un sorbo de la copa. Va hacia el tocadiscos pone Aterciopelados. De la cómoda que sostiene el tocadiscos saca un álbum de fotos con fotos del río Paraná, en ellas está Osvaldo pescando, corre los folios, Olivia está posando en el barco Rosario Victoria. Mientras pasa las fotos del álbum le va mostrando a la botella cada una.

Mirá que linda que soy. ¿Cómo te perdiste esto, Osvaldo, me explicás? Mirá, una Diosa, ahí con la boga de 12 kilos recién sacadita del agua, los coletazos que pegaba, a mí me daba impresión tanto despliegue de escamas. ¡Qué rico que la cocinaste con ese chimichurri casero!

En la foto ella está con las manos en la boca mirando la boga que había pescado Osvaldo. Detrás se asoma el niño de cobre. Vuelve al sillón muy sensual, juega con el pico de la botella.

Le escribí poemas, que digo poemas, poemarios enteros, Alba Oriental, El chino se ríe, Ojos hamaca, y Conexión Malbec, éste último publicado por el Concurso Poemas del Litoral, y es significativo porque el chino era del litoral. Por eso teníamos la manía de ir al río, a veces en invierno terminábamos cagados de frío e íbamos corriendo a casa a meternos en la cama con el Malbec. Yo le decía mi chino galáctico -en susurro dice: “por los Halcones” y señala el cuadro- bueno también era porque tenía todo un mambo con la luna, el espacio, me decía lunita, lu, y me leía ese poema que tanto me gustaba de Girondo -grita una parte del poema: mi lu, mi lubidulia, mi lu tan luz tan tu que me enlucielabisma y me desentretelura y me venusafrodea- ay nos venusafrodeamos tanto y tan mucho...

Olivia parte en llanto y acaricia el álbum de fotos.

Estábamos en el río, y el chino me decía vamos y yo ya sabía lo que seguía, “vamos a tomar el vino a casa con besos y aceitunas y quesito de campo” y yo sí, sí vamos” y el río Paraná, marrón horizonte quedaba atrás de nuestras espaldas que teledirigidas por el deseo empujaban nuestros cuerpos hacia el calor del hogar, este hogar. Llegábamos a casa, él ponía bossa y me sacaba a bailar, -baila con el vino-, a veces empezaba acariciándome el cuello, se me ponía toda la piel de gallina, bajaba con sus dedos por la espalda, luego al costado de la cola suavecito, yo sentía cómo el río entero me corría por las piernas y él suave, sin apuro, demorando cada roce, y yo enloquecía, me quería colgar de su cintura como coala australiano en guerra sin paz, y el chino riendo, tranquila, quien te corre, si es más lindo en el amor así, disfrutando cada parte, despacio, y beso, beso mientras hablaba con su voz de río calmo y yo un río entera, enterita. Claro, era más lindo así para él que es un histérico. Qué digo un histérico, el más histérico de todos los histéricos y todas las histéricas del mundo. No sé qué mierda dijo Freud de las histéricas pero se equivocó, -toma de un trago la copa y la deja sobre la mesita-. Se equivocó totalmente señor Malbec (le habla al vino) a él lo tendría que haber estudiado, si cuando nació agarró el cordón umbilical se lo guardó para atarle un caramelo a la punta y ofrecerlo a toda mujer que se le cruzó por el camino empezando por su madre, claramente, y siguiendo por todas y todos con los que me ha engañado y me va a seguir engañando porque el Chino no se hace cargo de que me ama y que no me va a poder dejar nunca, jamás. Me engaña, pero va a volver, porque el hilo que nos une es indestructible.

Va hacia la cocina y trae un poco de queso. Corta unos cubitos y los pincha con escarbadientes. Los deja en un platito sobre la mesita frente al sillón. Luego, toma con las dos manos la botella y la sube cual niño pródigo siendo bautizado por el cielo y canta la canción del rey león: “aaaaaaaaaaah cigüeña babatitibabá” y solemne declara:

Desde este calor morado alma me encarno en el Malbec desierto bajo- cero, sin Osvaldo pero con esta certeza de estar guardándome para adentro, porque mis primaveras van a llegar y voy a beber de su afloramiento en cascadas de amor y ternura, sí, ternura porque ternura no va a faltar cuando de mis ramas vuelvan a extenderse al cielo y griten por un cuerpo que quiera estremecerse con mi cuerpo en goce inagotable. Y cuando vuelvas, Osvaldo, te vas a arrepentir. Que así sea.

 

Baja la botella, come un par de quesos y sigue solemne.

Voy a pasar este invierno viendo cómo las nutrias caen como copos de nieve y vos Osvaldo, te vas a perder mi poesía de vidrios escarchados y esta copa que no se termina porque sé beber de la abundancia. 

 

Olivia tira su cabeza para atrás y la deja colgando en el sillón. Ve cómo los Halcones se mueven en el cuadro, el cuatro también se mueve. Un sonido de divinidad la pone alerta, reincorpora su cabeza y ve cómo en la mesita ratona la botella se ilumina. Le habla al Malbec.

¿Osvaldo sos vos? Pensé que no estabas que te habías ido como el otoño, que te habías rajado con la vecina, esa asquerosa que no sabe de elegancia ni tiene todas las carreras que yo tengo, esa que no vale ni dos pesos, pensé que te habías escapado de mis brazos dorados para escabullirte con esa a Calamuchita. ¡Sí, Osvaldo, te revisé los mails, todos! Pensé que me habías dejado emborrachándome sola, pero si estás ahí, todo rojo, se te hincha la sangre como a mí, te sube, te para en esta intemperie. Decí lo que sentís, si siempre nos deseamos, ¿te acordás cuando pasaba el camalote por el río? Se desprendía de no sé dónde y se iba a no sé sabe y lo veíamos los dos apretaditos abrazados, campera con campera, bufanda con bufanda, y agarrados de las manos acariciándonos con los dedos, sentados en el banquito marrón del parque y vos te reías, Osvaldo, te reías porque te dabas cuenta de que yo no aguantaba la pasión que subía en tan fría tarde y el humo que mi cuerpo soltaba lo fumabas con tu boca. Osvaldo, me ahogaba en tu O laguna, me subía y me bajaban esas hormigas que se sienten cuando el hormiguero se inunda y salen en ramillete de sentidos. Te das cuenta que nuestro amor es verdadero, que esta conexión galáctica es maravillosa. Sí, sos vos, te veo, eras tan hermoso con tu barbita sin afeitar para parecerte al Che, siempre quisiste dar esa pinta de anarco intelectual que me volvía loca, ahora te afeitaste, estás lisito, pero también sos hermoso, a ver si te paso la lengua, frío y vidrioso, es el clima que nos refleja y amontona, hace frío, es invierno, vamos a la cama, a la camita a hacer cuchara.

La sequía ha evaporado todo. Un sol intenso brilla en la pantalla. Papá pitufo está preocupado, no queda absolutamente nada que comer en el bosque.