Ramiro Porchietti

Nació en Rosario un 26 de noviembre de 1991. Periodista deportivo, se dedicó ni bien terminó la secundaria a la producción de contenidos radiales como principal actividad. La escritura lo llevó también a formar parte de medios digitales, mientras viraba del deporte a la política. La comunicación lo llevó al terreno de lo institucional, donde se desempeña como asesor de prensa de funcionarios públicos y en la actividad privada.

El Guacho Cabañas

Mira al cielo, levanta las manos y se acuerda de él. El Guacho Cabañas murió hace ya mucho tiempo, casi 20 años ya, pero sigue estando, imborrable.

Fueron muchos aquellos días y aquellas noches, sobre todo noches, en las que en el potrero de esa villa en Ciudadela, pleno conurbano bonaerense, se armaban torneos. Ahí jugaban juntos. Siempre juntos. Torneos a muerte, por guita, en los que más que esquivar a un rival, había que esquivar una bala, o más que correr pegado a la raya había que alejarse de muchos para no tomarla.

Mientras uno se probaba en Boca, el otro se iba a Vélez. Mientras uno entrenaba, el otro salía a robar. Pero a la hora de volver al barrio iban pegados, espalda con espalda. Y eso que, según dicen los que se acuerdan de esa época, se llevaban mal en la cancha. “Lo envidiaba porque era mejor”, se comenta aún entre los pasillos de la barriada. Afuera del césped, ¡bah!, afuera de la tierra, los vidrios y la mugre, eran hermanos.

Hermanos que, sin un mango, se colaban en el colectivo para ir a practicar. Que a pesar de putearse durante noventa minutos, sonaba un silbato y se abrazaban como la última vez. “Vos no, vos quedate acá”, le decía antes de ir a robar. Él se quedaba, pero el Guacho iba. Tenía 10, 11 años.  Apenas unos más tarde se la dio a un cana. Se la tenían jurada.

Entre construcciones enormes, mal hechas, entre humedad, balas, droga y muerte. Ahí nació, vivió y murió el Guacho Cabañas. Pillo en la cancha pero aún más afuera, el prontuario crecía mientras los goles no llegaban. El barrio le ganaba el partido a los sueños.

Tenía 17 cuando, acorralado y escapando, antes de que lo mate la policía, se pegó un tiro. “Antes de que me liquide un rati, me mato yo”, repetía como un mantra. Y cumplió.

En aquel lejano 2001, con un país prendido fuego, un pibe de la misma edad se subía a un avión por primera vez. Iba a jugar con la celeste y blanca, no la trucha, la de verdad, el Mundial Sub 17 en Trinidad y Tobago.

Allá, lejos, miró por primera vez el cielo, levantó las manos y se acordó de él. En Boca, después, miró el cielo, levantó sus manos y se acordó de él. Y en Brasil, y en Manchester, y en cualquier cancha que sea, Carlitos piensa “acá sí hay pasto, Guacho” y se acuerda de él.