Paula Giallorenzi

Nació en 1989 en San Luis, pero se crió en San Pedro, provincia de Buenos Aires. Siguiendo el río Paraná, se vino a estudiar a Rosario donde se recibió de arquitecta. Amante del dibujo y el diseño, hoy decide crear también con palabras.

No maten al mensajero

Grito 1

Me había mudado hacia un par de semanas. El edificio, a estrenar, todavía estaba desierto. El eco al entrar y al salir del mismo lo confirmaba. Iigual que la ciudad en ese verano insoportablemente caluroso, la gente parecía haberse derretido o se habían ido de vacaciones, que es lo mismo.

 

12:00 pm: Salí de bañarme, me puse el piyama. Creí haber puesto un huevo a hervir para agregar a la ensalada, ¿lo había hecho?

 

12:10 pm: chequeé el celular, mensaje de él, me pasaba a buscar a las 14 pm, me decía que no me enoje, que lo charlábamos, pero que había que ir. Alerta de poca batería, enchufé el cargador.

Crucé el living, al mismo tiempo que me quitaba el turbante de la cabeza, abrí el ventanal y el calor me golpeó en un instante. En esos días había invasión de mosquitos, así que rápidamente y como era de esperarse de una persona alérgica, le di un tirón a la ventana corrediza al momento en que la cruzaba. No escuche el clic. No me percaté hasta que después de colgar las toallas quise volver a entrar. Cerrado. En la facultad siempre decían que ese modelo era imposible de abrir del lado de afuera y lo comprobé.

Fui confiada al ventanal del dormitorio. Cerrado. Empecé a desesperarme después de media hora de intentar abrirla, de un lado, del otro, levantando los paneles, nada.

 

12:33 pm. A cachetada limpia, peleando con los mosquitos. Pensé en romper el vidrio, pero lo único que había era una banqueta de plástico, el tender plegable amurado a la pared y las toallas. Nada lo suficientemente duro como para cumplir el objetivo.

 

12:45 pm Las picaduras comenzaban a hincharse, me acordé del huevo. ¿Había o no? Si había se iba a consumir el agua, y vaya una a saber qué pasaría.

 

13 pm Pensé en otro plan. Empecé tímidamente a decir "hola" al centro de manzana. Todavía recuerdo el eco y mi balbuceo. Pruebo de nuevo "hola, vecinos" nada. "¿hay alguien?" Nada. En ese momento sentía todas las necesidades juntas, ganas de ir al baño, sed, picazón, hambre y mucho calor. Me arrinconé en el único pedacito que estaba a la sombra y volví a gritar, ya la voz entrecortada. No tenía teléfono, no tenía agua, no tenía off, no tenía nada.

13:15 pm sentada en la mini sombra, empecé a observar a mi alrededor. Ni pasarme al balcón del vecino era una alternativa, no vivía nadie aún. De nada servía toda una infancia de trepar la barranca y subir árboles en esta caja asquerosa de hormigón y rejas. Me dieron ganas de estar en mi ciudad y no acá. Odio vivir en un edificio. Pensé en mi carrera, cuestioné mi futuro como estudiante de arquitectura. ¿Para qué hacer grandes mierdas de hormigón todas iguales que albergan mucha gente, si después es la soledad misma? La pequeña sombra se volvía cada vez más pequeña y ahora solo me cubría ¼ del cuerpo.

13:30 pm Hay que seguir gritando. Esta vez más fuerte, ¡¡¡¡hola!!!! ¡¡¡¡Ayuda!!!! Pensé que de haber gente en sus casas eran los peores vecinos del mundo. Me los imaginé con aire, almorzando, mirando la tele, que asco de personas. Empecé a putear, fuerte. Quizás alguien me la devolvía, nada.

13:45 pm Escuche el celular sonar y sonar. Llamada, mensaje. Recordé el huevo, intenté pegarme al vidrio y ver si estaba prendida la hornalla, no me daba el ángulo. Empecé a sentir olor a quemado, ¿era real o ya estaba divagando?, el calor no me dejaba pensar.

14:00 pm Suena el timbre, suena el celular. Por 15 minutos sonaron las dos cosas. Pensé, cuando salga de acá, si salgo, le voy a tener que contar todo esto, que por eso no había ido, que por eso no había contestado, que no estaba enojada, que lo iba a acompañar, aunque no tuviese ganas. Pero no me iba a creer.

14:30 pm una paloma sobrevuela y se apoya en la baranda. En mi cabeza pensé: ¿sabés mandar un mensaje? La paloma caminaba de una punta a la otra recorriendo la baranda, le empecé hablar. Hasta le puse nombre: Carmen.

 

14:45 pm mareada por el calor, agotada de tanto gritar, con la boca pastosa de tanta sed, todo el cuerpo lleno de ronchas, descolgué las toallas y me envolví. Me senté en el piso, Carmen frente a mí, observaba mis movimientos, quizás con miedo, quizás era solo desconcierto.

 

15:00 pm me estaba quedando dormida, o estaba por desmayarme, no lo sé, cuando escuche un: “¡Vamos Newell´s!”. Me paré de un tirón, más mareo. ¡Empecé a gritar! Carmen se asustó y salió volando, vi a mi izquierda a alguien que se asomaba por la terraza del edificio lindero.

Soy de boca, pero las pasiones en Rosario abren puertas, mi viejo me lo había dicho al llegar a la ciudad. Y suave, al verlo, como un grito de alegría, de gracias, de salvación dije: ¡Vamos Newell´s!

Grito 2

Era la segunda semana dentro de su departamento y prácticamente dentro de su cama. Las ventanas cerradas, las persianas completamente bajas. El tufo era insoportable, nauseabundo: una mezcla de cigarrillo, vodka, comida en mal estado, transpiración, vómito y unas cuantas cosas más. Pedro no podía aceptar lo que había pasado. Con Clara se habían ido muchas cosas… bueno, con Clara y el profesor de literatura.

Todavía se retorcía en la cama, se tiraba de los pelos y no paraba de pensar, por qué le había sugerido que tomase ese taller, todavía creía que había sido su culpa. “¿Por qué había agarrado ese panfleto en la peatonal y lo había llevado a su casa?”, se decía así mismo mientras se rascaba la espalda. Ya ni se acordaba cuándo había sido la última vez que se había bañado. “Que boludo Pedro, que boludo”.

Ese mediodía, creyó haber escuchado a alguien pedir ayuda. Hacía días que no comía, hacia días que pasaba de estar fumado a estar ebrio, así que pensó que era su cabeza, “ya estoy escuchando voces”, se dijo. Estiró la mano, y agarró de la mesita de luz el celular. Ni un mensaje de Clara. Tenía la esperanza de que se cansase del profesor y volviera con él. Probó todo tipo de mensajes: súplica, mensajes de amor, puteadas, mensajes con recuerdos, ninguno había tenido contestación. Quizás hasta había cambiado la línea. En eso, llega un mensaje del administrador del edificio. Le dice que tiene dos semanas para pagar lo que debe, que sino patitas a la calle, que tiene muchas quejas de los vecinos, sobre todo de la señora de abajo que encuentra sus calzones sucios en el balcón. No supo cuándo lo había hecho, pero sabía que era cierto porque hacía días que se había quedado sin ropa interior.

Se sienta en la cama, y se da cuenta que pronto le van a cortar los servicios, hace mucho que no paga, y no tiene un peso más.  Desde que dejó la empresa, es decir, desde que lo hicieron dejarla en Diciembre, antes de las fiestas, que no tiene ingresos. Se acuerda del desastre que hizo ese día en el trabajo, se agarra la cara y piensa… “¿quién me va a contratar a mí después de eso? Estoy perdido. Todo por culpa de Clara”.

Agarra la botella de vodka, primero un sorbo y después un trago largo y otro y otro. Le empieza a faltar el aire, claro hace semanas que no ventila. Se levanta de la cama, botella en mano, bóxer y musculosa, descalzo camina hacia la puerta de entrada. Abre, toma el ascensor y sube hasta la terraza. Recorre a los tumbos el lugar, el sol le pega en la cara. El calor y el alcohol hacen una mezcla espantosa. Pisa una baldosa rota y cae.

Ahí se vio, tirado en el piso, con la botella rota a su costado, en calzones en una terraza con 34 grados de calor, a sus 42 años, se vio y se dio pena. Decidió que hasta ahí había llegado, que este señor no era Pedro y que Pedro se había ido esfumando día a día hasta desaparecer, como lo había hecho Clara. Se levantó del suelo, y se arrimó a la baranda. Nunca le gustó ninguna religión, solo tuvo dos pasiones en la vida, Clara y la lepra. Una, ya lo había abandonado, la otra dicen que es hasta la muerte. Se aferró bien fuerte a la baranda y lanzó al cielo su último grito esperanzador:

 ¡Vamos Newells! Nunca pensó que alguien le iba a contestar y menos que lo iban a necesitar.

Se asomó y ahí la vio, una vecina con una toalla sobre los hombros y otra sobre la cabeza, con la cara roja como un tomate de tanto sol. Le explicó, a gritos, que se había quedado encerrada, que, si por favor llamaba al número que le decía. Parecía nerviosa, parecía estar peor que él.  Mientras marcaba el número que le había dicho la chica, Pedro trataba de recomponerse para poder hablar bien, aún estaba ebrio. Entonces, todavía medio mareado, pensó que quizás ése no es el día.