Paula Favareto

Nació el 8 de febrero de 1968, estudió  Comunicación Social en la UNR. Trabajó como periodista en distintos medios, llevó adelante producciones independientes vinculadas a las expresiones culturales de la ciudad  y hoy se dedica más a la comunicación institucional que al periodismo.

Empujó la puerta, le costó moverla, el óxido había carcomido sus pernos, y la madera humedecida, la hacia más pesada. La habitación era pequeña y estaba oscura, no había muebles, ni ventanas solo paredes cubiertas de moho. Un vaho denso le impedía respirar, contuvo el aliento, apenas pudo advertir una cabeza de carnero tallada casi en el zócalo de uno de los muros y encima de ella el cuerpo invertido de un hombre tan alto como él. No pudo distinguir su rostro, la idea de encontrarse reflejado en esa imagen se le metió dentro del cuerpo y del alma como un puñal. La falta de aire le impedía moverse, giró, quería salir pero cayó de rodillas y en el piso, distinguió una serpiente que se enroscaba en una rueda dibujada en la madera. La suerte no estaba de su lado, derrumbado sobre el suelo, recordó sus crímenes involuntarios.  Apoyó la cabeza sobre el piso, dirigió su mirada hacia la otra punta de la habitación. A pesar de la corta distancia, la luz que guiaba la salida parecía muy lejana. Todo esfuerzo fue inútil, inmóvil quedó contemplado la puerta abierta pero inalcanzable.

Xinus era más acelerado que Sinus, la velocidad era su don y la torpeza su talón de Aquiles. Nadie quería pelearse con Xinus, era resolutivo pero a veces su impaciencia lo llevaba a cometer errores . 

Sinus era lento, su calma no era sinónimo de pereza o descuido. Era un ser que medía sus pasos y los de los otros. Xinus se sentía vigilado por Sinus y así era, pero no por los motivos que él creía 

Arnus a diferencia de Sinus y Xinus tenía como virtud una sensibilidad intensa, tanto era su poder que presentía lo que pasaría en el futuro inmediato, percibía cualidades de la gente y sabía cuándo alguien tarde o temprano iba a defraudarle.

Xinus, Sinus y Arnus tenían algo en común eran Linus, habitaban en un lugar que permanecía escondido. Bajo los lagos, la tierra sembrada, el mar y las ciudades, estaba su mundo.

Pocos tenían el valor de llegar a la tierra de los Linus.

Emprender la odisea, obligaba a desafiar fantasmas.  El dolor atravesaba a quienes se proponían llegar al planeta de la luz, como ellos llamaban a su reino.

Era el mito de Hades, Dios los muertos, el que atemorizaba más a quienes deseaban emprender el viaje más allá del inframundo y el que era, a su vez, una muralla eficaz ante el deseo irrefrenable de los hombres de conquistarlo todo.