Patrizia Cavalli

Patrizia Cavalli nació en Todi, Italia, en 1947. Algunos de sus libros son Mis poemas no cambiarán el mundo (1974), El cielo (1981) o Mi yo singular (1992). Su último libro es Datura (2013), en referencia al género de plantas al que pertenece el estramonio. Los poemas que traduzco están espigados de diferentes libros suyos, todos publicados por la editorial Einaudi.

 De Mis poesías no cambiarán el mundo (1975)​
Alguien me ha dicho

que en verdad mis poesías
no cambiarán el mundo.

Yo les respondo que en verdad sí
que mis poesías
no cambiarán el mundo.

 

En un punto de su aguda apertura

se colmaban de verde los ojos del gato
–espejo brevísimo y atento
de los árboles y la hierba. Y repetía el gesto
sin conocer su esplendor.

 

Las notas que dibujaste en mi cuaderno

y las claves de violín y la doble clave
y la triple clave. Para ti siempre
habrá un nuevo cuaderno. ¿Cuántas
hojas necesitas? Adornaste mi escritorio,
esculpiste mi estante; pero no hay ahora
arqueros vestidos de guerra, sino tan sólo
signos distraídos. Y deberás juntar
con paciencia pequeños minutos para poder
producir una hora.

  

¿Y quién se atreverá a decirme ahora

que no tengo coraje, que no me mezclo
con los demás o que no me apasiono?
Hoy he hecho una fila
de casi media hora en el correo;
soporté toda la fila paso
a paso; percibí el olor
atroz de los varones
y los viejos; también el de las mujeres.
Sentí unas manos que me tocaban el culo,
que me apretujaban. Reconocí
la náusea, y la dejé en el mismo lugar
en donde estaba; mi cuerpo
se llenó de sudor; me expuse
a la pulmonía. No es en el amor
hacia mí sino en el horror hacia los demás
donde yo me reconozco.

 

No tengo semen que esparcir por el mundo

no puedo inundar los mingitorios ni
los colchones. Mi avaro semen de mujer
es poca cosa como para herir. ¿Qué puedo
dejar en las calles, en las casas
en los vientres no fecundados? Las palabras,
muchísimas de ellas
aunque ya no se me parezcan más;
han olvidado la furia
y la maldición, se han transformado en señoritas
con un poco de mala fama quizá,
pero señoritas al fin.

 

Cuántas tentaciones atravieso

en el trayecto desde el cuarto
hasta la cocina, desde la cocina
al baño. Una mancha
en el muro, un vaso de agua, un pedazo
de papel en el suelo,
mirar desde la ventana,
chau a la vecina,
acariciar a la gatita.
Así me olvido siempre
de la idea principal, me pierdo
en las calles, me descompongo
día tras día y es en vano
intentar cualquier regreso.

 
Es tan dulce permanecer

y mirar en la inmovilidad
soberana la belleza de una pared
donde el hilo de la luz y la lámpara
existen desde siempre
garantizando su permanencia.
Montaña de luz, abanico,
¡paisajes, paisajes! ¿Cómo podré
desatar mis pies,
descender -reina de los peñascos
y de los abismos-
hasta el paso involuntario,
hasta la mano que abre una puerta, la voz
que pregunta adónde iré a comer?

  

De mí poco recuerdo

yo que siempre he pensado en mí.
Me disuelvo como el objeto
demasiado tiempo contemplado.
Y volveré para decir
mi luminosa desaparición.

 

De El cielo (1981)

 

Ah sí, para tu desgracia,

en vez de partir
permanecí en la cama.
Toda la casa para mí sola:
cerré la puerta,
desplegué las cortinas,
a afuera los cuatro canarios
enjaulados parecían cuatro bosques
y las cuatro mil voces al despertarse
se confundían con el regreso de la luz.
Pero cruzando la puerta,
en los pasillos oscuros, en las habitaciones
casi vacías que capturan
los sonidos más lejanos
los pasos miserables de lánguidos regresos
a casa, se encendían nacimientos
y peligros, se consumaban
muertes sombrías e indiferentes.
¿Pero crees realmente que no te vi
morir en un rincón
con el vaso cayendo de tus manos
y el cuello rojo e hinchado,
avergonzándote un poco
por haber sido sorprendida
una vez más,
después de tanto tiempo
en la misma posición, en la misma condición
pálida, temblorosa, llena de excusas?
Pero si entonces pienso realmente en tu muerte
en qué cama de hospital, casa o albergue,
en qué calle, acaso en el aire
o en un túnel; si pienso en tus ojos que ceden
a la invasión, en la extrema, terrible mentira
con la que intentarás rechazar el ataque,
o la infiltración, en tu sangre pulsando indecisa
y desatada, en la última, inmensa visión
de un insecto que pasa, un pliegue de la sábana,
una piedra o una rueda
que te sobrevivirán,
entonces ¿cómo puedo dejar que tú te vayas?

 

Es cierto, todo habría andado bien,

un paseo juntas, un café,
una salida al cine, cenas
en casa o en el restaurante; en fin,
habría seguido todo como siempre,
si de pronto, al quitarse los anteojos,
no se hubiera sentado sonriendo
con un aire apenas temeroso,
y el cabello un poco despeinado
que la hacían parecer recién surgida
de un sueño o una carrera.

Las noches me caen en el rostro,

también los días me caen en el rostro.
Yo miro cómo ellos se acumulan
formando geografías desordenadas:
Su peso no es siempre el mismo;
a veces caen desde lo alto y abren fosos,
otras simplemente se posan,
dejando un recuerdo casi en penumbras.
Geómetra experta, los mido,
los cuento y los divido
en anos y estaciones, en meses y semanas.
Sin embargo lo único que espero
es distraerme en el misterio,
perder en la confusión los cálculos,
salir de mi encierro;
recibir la gracia de una nueva cara.

 

Me corté el pelo, me ensombrecí las cejas,

arreglé la comisura derecha de mi boca, adelgacé
mi cuerpo; alcé mi estatura. También le di
a mis hombros cierta definición triunfal. Soy otra vez una chica,
un chico por las calles, con paso de trabajador,
sin ningún adorno superfluo. Sin embargo no olvidé
sentarme lánguidamente: tampoco el velo en la mirada.
Y sin darme cuenta derroché caricias.
Mi cuerpo, un secreto intocable. En los riñones
se condensaba la espera sin satisfacción; en los jardines,
los paseos, las recomendaciones de siempre,
el cielo a veces azul
y a veces no.

 

Afuera en realidad no ha habido ningún cambio:

es el morbo estancado lo que me sustrae de las calles;
creció dentro de mí, me corrompió los ojos
y los demás sentidos; y el mundo llega
como una especie de cita.
Ya todo ha sucedido, ¿pero yo dónde estaba?
¿Cuándo tuvo lugar esa gran distracción?
¿Dónde se cortó el hilo, dónde se abrió
la grieta? ¿Cuál es el lago
que ha perdido sus aguas
y, al cambiar el paisaje,
me confunde el camino?

 

La lluvia me trae de nuevo

los fragmentos perdidos
de los amigos, empuja hacia abajo
los vuelos demasiado altos, refrena las fugas
y obtura finalmente ante las ventanas
el tiempo.

 

Ahora que el tiempo parece todo mío

y ya nadie me llama para el almuerzo o la cena,
ahora que puedo quedarme mirando
cómo se deshace una nube o cómo se destiñe,
cómo camina un gato por el techo
en la enorme lujaría de su exploración, ahora
que todos los días me espera
la inmensa extensión de una noche
donde no hay reclamo y no hay ninguna razón
para desnudarse a prisa, ni para descansar
en la deslumbrante dulzura de un cuerpo que me espera;
ahora que la mañana ya no tiene un comienzo
y silenciosa me libra a mis proyectos,
a todas las cadencias de la voz, ahora
quisiera inesperadamente las prisiones.

 

¿Dónde me puedo esconder,

qué refugios puedo encontrar
para defenderme de tu fulgor?
Ah, mira, yo me quemo de prisa
como un petardo, como un trocito
de mecha recortada.
Pero no habrá explosiones ni grandes llamas,
tan sólo un bastoncito de cera descolorida.
¿No sería mejor acaso
que me mojaras un poco, y aunque no usaras agua
perfumada, lo hicieras con agua común
o tal vez con agua de lluvia?

 

Y en aquel punto donde la memoria

por la luz excesiva se destiñe un poco,
yo recogía en plegaria tus formas.
La noche cubría con sudor
el peso inmenso de tu cuerpo ausente
y prolongaba tranquila mi despertar
para abrigarme dentro de tu manto.
Luego me cubría toda con esa tela
que se mezclaba intensa con mi hálito,
y atravesaba las conversaciones
cuidando que mi ropa no se ajara.
Con todo alguna vez, por distracción,
cediendo a las preguntas de mis huéspedes
se me enredaba algún borde en el tedio,
y se me caía con algún desgarro.
Para reconstruir la perfecta trama,
sin estar segura de mis manos,
recurría a la ayuda del teléfono.

 

Tú te vas y mientras que te vas

me dices: “Lo lamento”.
Piensas que así me darás algo de paz,
me prometes un recuerdo tortuoso, constante;
cuando estás sola o tal vez con otra gente,
me dices: “Amor mío, te extrañaré;
¿qué harás en estos días?”
Yo te respondo: “Estarás siempre presente.
Tendré mi mente llena de tu nada”.

 

Basta, se acabaron los estuches

con los cubiertos de oro. Esa comida
exquisita y lejana,
ese gusto de paladares
instruidos. Belleza mía,
sí, te llamaré belleza mía,
haré que desciendas y tropieces.
Ah, me rociaste largo tiempo,
mi bombera: llamaradas y humo
y fuego que no arde y yo
que me quemaba con la fiebre,
quería toda la hostia
y tú deshacías en mi boca
partículas santas.

En medio de tu mar mi barco navegaba.
En ese mar me interné y nací.
Me asombra la novedad de la estación
y el cuerpo que descubre tanto frío.
Amor saltaba de figura en figura;
ahora reposa y revela su forma.
La reconozco en ese ligero bucle
sobre la frente, pequeñas olas iguales
y contrarias -corría en la superficie
un estupor, una fisura
en la solidez, y se aplastaba
mutándose en ternura.

 

De Teatro siempre abierto (1999)

 

Esto querías, este leve amor

que en verdad nunca se enciende y en consecuencia
no se apaga, sino que, cauto en el sufrir,
te deja en plena libertad de elección.
¡Duérmete entonces! ¿O es que no quieres ni dormir acaso?

 

Cuando me hablas te internas

en tus ruidos, me miras y no percibes
que estoy por ahogarme. Me dejas sola
en mi mar espumoso.

 

La escena es mía, este teatro es mío,

yo soy la platea, soy el foyer,
tengo este don de dios, es todo mío,
así lo quiero, vacío,
que esté vacío. Lleno de mi tardanza.