Sobre Oscar Cayuñir

Es chileno de nacimiento, argentino por adopción y humano por naturaleza.

Nació en 1968 en Santiago de Chile y vive en Argentina desde 1974.

Graduado de UNR, dedica su tiempo libre al consumo de cafés y vinos en compañía de amigos en diversos bares de Rosario.

Cuando puede viaja, aunque sea en sueños.

El río corre en su cauce ligero, en tramos tropieza con las piedras y salta, salpica salvaje. 
En los vértices del silencio canta. Canta y bailan los sauces a su alrededor, bailan hipnotizados por el viento y el sol.

Por favor que alguien mate de una vez y para siempre la fealdad del hombre.

EL líquido se esparcía lentamente desde la base del árbol, la tierra polvorienta se trasformaba en barro que el sol pronto secaría.

A lo lejos aún bramaban estruendosas, las bombas, los cañonazos y las ráfagas de metralla.

Con los ojos cerrados experimentó un agradable trepidar en su cuerpo. Acomodó sus ropas, subió la cremallera y regresó a jugar con sus amigos.

En la acumulación de mi aura

tiemblan el clímax y el equívoco,

no por nada la máxima parodia

urge en sarcasmo y en ruego.

Imposible la ironía y la maldición

similicadencia y sinonimia.

Sus labios fueron enigma y elipsis

nuestros cuerpos en yuxtaposición,

metáfora

nuestros silencios,

elusión.

Como casi todas las mañanas caminaba tipo ocho y diez hacia la parada de colectivos, voy a un ritmo constante, no estoy apurado, y este ritmo me permite llegar con relativa holgura a la esquina de Bulevard Seguí y Vera Mujica donde para el 128. Hace frío pero voy bien abrigado, guantes, bufanda y un gorro de lana. Para distenderme, o no, durante la caminata voy con los auriculares puestos escuchando radio, más bien un programa de radio que no especificare de momento. Es un programa porteño que versa sobre la actualidad nacional con noticias siempre tan alentadoras... Hoy están entrevistando a un reconocido y exitoso economista (si no recuerdo mal fue ministro de alguno de los gobiernos exitosos que termino con muertos en plaza de mayo, tengo el problema de la memoria corta) quien con un altisonante patriotismo extranjerizante trata de ilustrar a la audiencia de las grandes ventajas de los nuevos cambios económicos en el país; sin dudas todas las medidas son absolutamente innovadoras, que jamás se le ocurrieron a nadie y que darán muy buenos resultados como siempre que han sido aplicados.

Pago el boleto y suavemente, como flotando me deslizo hasta el fondo cuando el chofer acelera con absoluta previsibilidad. Estuve tentado de sentarme en el mismo asiento que la semana pasada. No lo hice. Me di cuenta que era el mismo por la misma mancha aceitosa que la semana pasada mancho para siempre mis pantalones de corderoy musgo.

El colectivo se encaramo por Av. Segui y doblo por San Nicolás, que es el tramo más largo y recto del recorrido. El chofer baja la velocidad, pero aún así es lo bastante eficiente para que en tus asentaderas queden impresos cada uno de los baches tan apreciados por la municipalidad.

En todas las esquinas van subiendo las personas y personajes habituales: algunos vendedores ambulantes con sus canastas que van a la terminal, algunas viejecitas que van al hospital Centenario, alguna que otra madre con su niño a cuestas para visitar abuelos, otros laburantes y otros estudiantes. Todos marcan la tarjeta, nadie saluda y posan entregando sus sonrisas de lunes.

Hace mucho que tomo ese colectivo a esa hora y me he dado cuenta que los lunes la gente no habla, son como espectros o mejor dicho autómatas que de a poco van encendiendo cada una de sus funciones, y los lunes a esa hora aún no tienen en funcionamiento las lenguas.

El colectivo dobla en Córdoba, en la esquina de Caferatta baja la gran mayoría del pasaje. Continuamos viaje solo dos o tres trabajadores, dos chicas que estudian medicina y las dos viejecitas que van al Centenario. Bajo en Urquiza, tomado aún del pasamanos miro hacia adelante y choco con la cara del chofer que me despide con su habitual tosquedad. En la radio el bienaventurado hijo de Hermes ya ha dejado de hablar y hablar dando paso a las empresas a las que le interesa el país para emitir sus mensajes tan beneficiosos para el pueblo. El sol de a poco va remontando, pero para el viernes faltan siglos.

La hoja de latón pulido reflejaba cálidamente la luz de la luna; eran ese brillo y el de los ojos de Anselmo lo único que se podía percibir en la negra noche, todo lo demás solo se dejaba intuir.

Su pulgar acariciaba con triste y nerviosa ansiedad el mango corto hecho de marfil y  bronce. Era un recuerdo, el único recuerdo que le quedaba del viejo  Juan Cruz, su abuelo paterno. El Gringo como solía llamarlo él había muerto hacia solo unos meses y de entre todas sus pertenencias apareció este objeto tan personal. Él ya lo había visto muchos años atrás, cuando aún era un niño, siempre ansió poder tenerlo en sus manos, pero era tan  pequeño que  nunca dejó que lo tocara. Vaya a saber cuándo  dejó de usarlo y por qué, eso se lo había llevado el tiempo. Anselmo no dudo un instante de que era a él a quien le correspondía heredarlo y lo adoptó como amuleto. Una vez pulido para descartar ciertas herrumbres e inserto en su vaina de cuero blanco era una pieza simplemente admirable. En la hoja hizo imprimir sus iniciales; ya en la culata, en su parte de bronce, venían grabadas las del viejo Juan Cruz. Era el mejor recuerdo de largos años de compañía mutua en aquellos lugares tan alejados de las miserias mundanas.

 

Se oyeron pisadas, las pisadas que sabía que en algún momento lo acecharían, era lo natural a esas horas, en esos lugares, en esas épocas del año cuando la comida se hace tan escasa. El miedo activó su adrenalina, tensando sus nervios, sus músculos, sus huesos. Enfocó  toda su atención y logró divisar tras unos arbustos poco densos unos ojos de rojo centelleante que se bamboleaban a diestra y siniestra mientras avanzaban despaciosamente hacia él.

Sabía que correr era una alternativa inútil. Si bien conocía el lugar como nadie, aún en esa obscuridad cerrada, no tenía oportunidad. Era como estar acorralado entre árboles y precipicios. Además, la velocidad y flexibilidad del animal no le daban ningún tipo de ventaja. Decidió quedarse parado allí mismo donde se encontraba y esperar, esperar, esperar el momento justo para aprovechar la única posibilidad que podía vislumbrar.

Mientras tanto volvió a su memoria aquella vez que junto al Gringo acamparon por esos mismos parajes. El zonda había azotado toda la tarde impidiéndoles hacer las leguas necesarias para llegar al refugio desde donde se podía divisar el Sosneado. En verano la comida abunda para todos en estos lugares; el viejo Juan Cruz cazó una liebre, la destazó con el cuchillo y la asó al palo sobre una fogata. La comimos acompañada de unos tragos de chicha dulce. Más tarde me arropó lo necesario para soportar la fría noche que se aproximaba y dejó prendida la fogata acordonada de piedras para que no se expanda y para que los bichos nocturnos no se nos acerquen.

 

Pero hoy no había liebre y tampoco fogata. Con su mano veló el brillo punzante y aunque sabía que por su olor ya había sido detectado entrecerró los ojos abrigando la pequeña esperanza de que el animal se fuera. Fue totalmente en vano y cuando el puma se le abalanzo atino a protegerse colocándole  un ante brazo en la garganta  y con la otra mano lo apuñaló directo en el corazón. El  Gringo hubiera hecho lo mismo.

Hacia ya 4 días que no hablaba con Amelia. La última pelea había sido muy fuerte y tenía el presentimiento de que seguramente sería la última, la última de tantas, la definitiva. De todas formas le preocupaba no saber nada de ella, no solo por contacto directo sino que tampoco sabía nada por amigos comunes y familiares. Muchos trataron de contactarla por teléfono estos días, pero desde hacía dos que el teléfono sonaba y sonaba y nadie atendía. Otros fueron a su casa pero nadie respondió a los llamados. Supo que consultando con vecinos, algunos refirieron que tal vez la vieron salir con un bolso o valija, pero nadie estaba seguro de eso. No había otra posibilidad, era hora de ir hasta su casa para ver qué había sucedido con ella, y no quería hacerlo, juraba que no quería hacerlo, no quería volver a verla.

Al bajar en  Alberdi y French no se pudo resistir a tragarse la bocanada de humo que le dejo de regalo el 103 al partir, tosió bastante, era algo que siempre le había provocado asco, pero no el humo en sí, sino y más que nada era el  olor aceitoso del  gasoil quemado lo que le hacía toser y le revolvía el estómago, o al menos eso creía en ese momento. Eran la diez de la mañana de un día martes, la lógica de la costumbre indicaba que Amelia debería estar levantada y regando las plantas del patio interno y media hora más tarde saldría en pantuflas hasta el almacén de la esquina a comprar algunas cosas para hacer un guiso suculento que amaine el fresquete de los últimos días de Junio. Una vez encendido el fuego y con la olla sobre la hornalla, a las corridas ira a bañarse para luego almorzar también a las corridas y partir rápido al primer día de clases de esta semana porque ayer fue feriado.

Recuperada de la tos y el asco encendió un cigarrillo y lo aspiro con fuerza mientras se apoyaba en la pared esperando que se con esto se le fuera ese sabor amargo que le había quedado en la garganta y en la lengua. También aprovechaba esos minutos para pensar que hacer; tal vez no sería necesario llegar hasta la casa, tal vez solo bastaría con verla salir hasta el almacén para comprobar que todo andaba bien y si eso pasaba se iría para avisarle al resto de los preocupados para que dejaran de estarlo, porque, como todos sabían, Amelia era una mina de carácter fuerte que siempre encontraba la forma de sobreponerse de las adversidades, “cada cicatriz es una herida curada” solía decir. Sí, eso era lo que haría, era lo más fácil, lo más simple, porque volver mirarla a los ojos, volver a escucharla, volver a sentirla podía ser algo totalmente innecesario y destructivo, muy destructivo.

La mano temblorosa llevó el cigarrillo casi totalmente consumido hacia los labios secos para la última calada onda, esa calada que parece que te dejara los nervios estiraditos como seda y que exhalada la ultima gota de humo te das cuenta de que no es así. Miro por su acera la fila de árboles semi desnudos. Los conocía bien porque junto a Amelia los había mirado cientos de veces en tantas mañanas y tardes de pasaron por allí. Una maniática de las plantas adora a todas las plantas a cada paso que da. Ahora todos ellos parecían una flecha ocre que le indicaban el camino a esa casa de pasillo largo, y lo peor era que faltaban veinte minutos para las para las diez y media. Veinte minutos de mierda, veinte minutos casi eternos, veinte minutos que le sacarían ronchas de ansiedad.

 

Tiró la colilla y marcho a paso lento y dubitativo, con la única seguridad de que podía cambiar de opinión y pegar la vuelta en cualquier momento si sentía que no le daba el cuero para volver a estar frente a ella.

Se paró frente a la puerta de hierros forjados y vidrios traslucidos con todas las dudas evaporándose de su piel. Golpeó fuerte porque era la única forma de que ella pudiera escuchar desde el fondo, además el timbre hacía años que no funcionaba, y eso era una de las tantas deudas pendientes. Nadie respondió, tomo la copia de la llave que aún no había devuelto y abrió bruscamente, dejando que los goznes se quejaran a toda gana y cerró con un golpe seco preanunciándose. Caminó por los dieciocho metros del pasillo oscuro (el sol no era generoso con el pasillo ni con la casa en Junio), llegó al patio interno y estaba todo como siempre, tal vez las macetas con la tierra un poco más seca que lo usual, pero el resto era tal cual recordaba, las planta tan verdes como pueden estarlo en invierno. Las ventanas lucían bajas sus coloridas cortinas de tela, algo que solo ocurría cuando ambas se iban de viaje, esos viajes de varios días. Seguramente eso es lo que ha ocurrido, pensó, se fue de viaje a visitar alguna amiga a Córdoba o a Buenos Aires. Lo único que no le cerraba es que no hubiera vuelto ya, hoy tenía que dar clases, ella no era de hacer esas cosas, jamas faltaría a dar sus clases a menos que le ocurriera algo importante, importante como una enfermedad invalidante, que no la dejase moverse a voluntad. No puede ser -reaccionó- debe haber otra razón.

 

Abrió la puerta con cuidado y la oscuridad comenzó a desaparecer de las habitaciones lentamente, corrió una de las cortinas y encendió la luz central del comedor. Sobre la mesa, el cenicero de vidrio esmerilado rebozaba de colillas a medio consumir, todas manchadas de labial carmesí. Un limón  ferozmente estrujado y una botella de havana club vacía completaba el cuadro de una soledad agobiante. Esa imagen la estremeció.

Con mucho miedo, casi con terror se dirigió hacia la habitación. El eco de sus pisadas sobre el piso entablonado inundaba todos los espacios, pero a medida que avanzaba se iba acentuando un murmullo, unas vibraciones, como una canción a bajo volumen. La puerta del dormitorio estaba decididamente abierta y la computadora encendida, de allí salía la voz de Chavela Vargas que cantaba en loop con el corazón agonizante sus mejores tristezas. Amelia dormía en la profundidad absoluta del clonazepam, de las diez o doce pastilla que  había engullido con el último sorbo de havana con limón. Ludmila la miró con toda ternura y la sintió tan inocente, tan indefensa que solo atinó a arroparla bien con las mantas. La beso en la frente, esa frente helada capaz de congelar los labios más tibios y todos los rencores. Se acostó a su lado a esperar que Chavela termine de cantar y de sufrir por los amores perdidos.

 

Tómate esta botella conmigo

En el último trago me dejas

Esperamos que no haya testigos

Por si acaso te diera vergüenza

Si algún día sin querer tropezamos