Matias Noccelli

Nacido en el año 1992 en Monte Buey (Córdoba), actualmente reside en Rosario donde se recibió de psicólogo, aunque se considera un psicoanalista (que no es lo mismo). La literatura siempre estuvo presente en su vida, de alguna u otra forma, pero hace dos años retomó la lectura y la escritura con mayor constancia y seriedad. “Continuidad de los parques” (Córtazar) fue el primer cuento que le voló la cabeza y el que lo inspiró a escribir en ese género. 

Globito

A Martín lo habíamos conocido en la concesionaria de autos. Era lunes y llovía a cantaros. Ya nos habían avisado que ese día debutaba el nuevo vendedor, pero nunca nos imaginamos que iba a ser alguien así.

De entrada nomás, nos dimos cuenta de la clase de tipo que era. Entró a las oficinas a las 7:59 y se sentó en su escritorio a las 8:00 en punto; no miento. A tal punto fue así que vimos asombrados cómo aceleraba el paso cuando el segundero indicaba que faltaban treinta segundos para la hora indicada.

La puntualidad era solo la superficie del iceberg. Usaba siempre el mismo traje negro y reluciente y la misma camisa blanca abotonada hasta el cuello. Una corbata oscura impecable, zapatos en punta negros, y un brillante reloj de plata completaban a ese muñeco de torta. Otro detalle era su barba; brillaba por su ausencia. Se levantaba dos horas antes para afeitarse, acomodar su cabello con gel, bañarse y desayunar (cereales y frutas para cuidar su forma).

Con mis colegas intercambiamos risas y miradas cómplices: íbamos a hacerle la vida imposible a ese tipo. Pero nuestras maliciosas intenciones se vinieron a pique cuando un día lo vimos conversar alegremente con el Sr. Aguilar. Nuestro jefe se meaba de la risa con Martín. Vaya a saber uno de qué hablaban o cuál era el graciosísimo chiste que le había contado; la cuestión es que Aguilar estaba encantado.

Cinco minutos después, Martín empezó a hablar seriamente, como si le estuviera planteando un problema, y el jefe puso cara de poker; el Sr. Aguilar asentía con su cabeza o fruncía el ceño mientras lo escuchaba atentamente. Al final, se estrecharon las manos y cada uno volvió a su trabajo.

A partir de ese momento, nadie se atrevió a tocarle un pelo a Martín; y menos cuando el Sr. Aguilar mandó a cambiar el logo y toda la estética de la empresa a pedido de su nuevo empleado. Resultó que el obsesivo compulsivo era un crack en lo que hacía, un vendedor nato, de esos que tienen la capacidad de venderle una lamparita a un mendigo.

Habiendo comenzado en la segunda semana, a fin de mes superó ampliamente nuestras ventas; tal fue la paliza que Cacho, el mejor vendedor de la empresa, rompió su monitor en un ataque de ira. Encima, Martín era hincha de Newell´s. No exagero si digo que Cacho quería aniquilarlo. Doy fe de que incluso lo planeó, pero esa es otra historia.

Así las cosas, en su primer mes se llevó casi dos sueldos gracias a la cantidad de ventas extras que consiguió. Al tiempo, nos enteramos que la mitad de lo cobrado lo había destinado a comprar ropa, comida y frazadas para la gente que vivía en la calle. A Cacho casi le agarra un bobazo cuando escuchó que la plata que pagaría sus vacaciones en Bariloche había sido despilfarrada en "esos vagos".

De a poco nos fuimos conociendo; era un tipo macanudo, un tipo con el que se podía charlar de cualquier cosa: fútbol, cine, arte, política, lo que sea, Martín estaba informado. Los hombres así suelen ser unos pedantes, éste no. Martín escuchaba, respetaba las diferentes opiniones, lanzaba comentarios graciosos, en fin, parecía normal.  

Hasta que un día, queriendo hacerle una broma, encontramos algo que nos puso alerta. Aprovechamos que Martín estaba en el descanso y entramos a su computadora para dibujarle una obscenidad en el Paint. No importa cuál, ya se la deben imaginar.

Había confianza; Martín se enojaría, putearía un rato y después nos reiríamos. Pero algo nos detuvo. Fue su fondo de pantallas: un payaso sosteniendo un globo rojo y, detrás, una carpa multicolor que parecía ser un circo. Era Martín. Nos miramos entre nosotros, estupefactos y cada uno volvió a su escritorio sin decir nada.

Al tercer mes, cuando ya éramos buenos amigos, nos invitó a comer a su casa. Como era de esperarse, Martín resultó ser un anfitrión de lujo; bien acorde a su obsesión, la casa estaba en perfecto estado. Traté de encontrar una mancha de suciedad, una partícula de polvo, pero fue en vano; todo lucía impecable.

En el living vimos su traje de payaso colgado en la pared como si fuera un cuadro y nos animamos a preguntarle. Resultó que Martín, desde muy pequeño, había sido payaso. Sus padres y sus abuelos también lo habían sido. Su mejor momento fue a los 18 cuando recorrió el país con un famoso circo en el que era la estrella del show. A los 23, cansado de tanto viajar, se instaló en Rosario, empezó a estudiar marketing y nunca más se volvió a calzar el traje.

No lo voy a negar: a mí me tranquilizó saber que ya no era un payaso y que no había nada raro en su historia. Sólo un tipo cuyo hobby era el circo.

Ni un minuto antes ni un minuto después, a las 22:00, Martín anunció que tenía listo el asado y nos dijo que fuéramos pasando al living mientras él iba al baño.

En medio de charlas y risas nos fuimos acercando a una larga mesa. Las sillas fueron como un baldazo de agua fría porque ahí empezamos a hacernos preguntas y otra vez sobrevoló la sospecha de estar ante un tipo fuera de lo común.

Cada asiento tenía pegado en el respaldar un papelito que indicaba quién debía sentarse ahí. Pero había un pequeño detalle. Contando a Martín, éramos diez y había once sillas; dos estaban vacías, una al lado de la otra y sin papelitos que indicaran el nombre de sus ocupantes. Una debía ser para Martín… Pero ¿para quién era la última silla teniendo en cuenta que era imposible que ese tiquismiquis hubiera fallado en los cálculos?

Aunque Cacho estuvo a punto de hacerlo, nadie se atrevió a quebrar las reglas del anfitrión y cada uno se sentó en el lugar señalado. Fueron momentos de tensión donde reinaba el silencio. Algunos tamborileaban los dedos, otros se comían las uñas o revisaban sus celulares.

Pasaron diez minutos y Martín seguía sin aparecer. Ya empezábamos a impacientarnos, a preguntarnos por qué demoraba tanto. Y cuando la incertidumbre se volvía insoportable, en ese instante, apareció Martín. Pero no venía solo, estaba acompañado. "E-Ella es Ca-carolina, mi esposa", comentó cabizbajo mientras una mano derecha y temblorosa sostenía a su compañera de vida, tan roja como los cachetes de Martín.

Al verlos, nos quedamos boquiabiertos, completamente descolocados. No sabíamos si reírnos por la broma que nos estaba haciendo o salir corriendo por la locura que nos estaba mostrando.

Por unos minutos, una silenciosa tensión flotó en el ambiente. Quedamos mudos; nadie encontraba palabras o gestos para lo que veíamos. Carolina nos había robado el aire.

Pero ese muchacho era tan valiente que la trajo y, con sumo cuidado, la ató en la última silla que quedaba libre. Y a pesar de su propia vergüenza, Martín se encargó de romper el hielo. Explicó con soltura cómo la había conocido, cómo se habían casado, cómo a veces discutían por boludeces, cómo sus padres la habían aceptado, sus proyectos, sus ganas de adoptar un niño.

Cuando terminó de contar la historia, me levanté de la silla con la copa en alto y propuse un brindis. Los demás dudaron hasta que, uno a uno, se fueron poniendo de pie y a Martín se le llenaron los ojos de lágrimas cuando gritamos: “¡Por Martín y Carolina!”.

Esa fue la última vez que alguien lo llamó por su nombre porque desde entonces le decimos Globito.