Marcelo Tenaglia

Tiene 53 años, es oriundo de un campo cercano a Chovet que en su infancia inspiró sus primeros relatos, aunque su adolescencia la pasó en Firmat, donde regaba árboles y flores en un vivero familiar mientras descubría los secretos de cantar. Migró a Rosario para entender cómo funcionaban esas cosas que regaba. Con el tiempo se dio cuenta que eso no se puede saber, pero ya era ingeniero agrónomo y se dedicó a plantar árboles por las veredas de su ciudad adoptada, para seguir con las travesuras infantiles de reírse del gris y apostar a la naturaleza. Al mismo tiempo le crecieron una hija y un hijo que aunque no se ríen del gris, sí lo hacen de su formato cuadrado. Nunca dejó de cantar, y por falta de coraje para subir solo a un escenario eligió el formato de murga, en donde descubrió su vocación por actuar. Además ocuparse de lo verde, Tenaglia estudia el amor, la diversidad, el Buen Vivir y la justicia humana que, al fin y al cabo, también son verdes.

El hoyo

Sigo dentro del pozo. Despierto de a poco y mi conciencia se revuelve como si el tiempo hubiera perdido su forma natural y la oscuridad que tengo alrededor me estuviera llenando de a poco los pulmones. Dentro de mí se disparan señales de alarma, pero mi corazón no golpea como indicaría la lógica. Termino de recobrar la conciencia, trato de calmarme y me pongo a recapitular las razones por las que llegué hasta aquí y a tratar de entender por qué me resulta tan difícil recordar lo más reciente.

Es temprano, recién está clareando. Suena una música en mi cabeza: “Esta tumba no se tapa hoy/ este hoyo tendrá que esperar…” De alguna manera se cerró la tapa del aljibe, trabando el mecanismo del malacate con el que bajé. Calita duerme todavía, sino sería la primera en hacer algo. Calita es Claudia, la gringa, mi compañera dulce y aguerrida, mi par en esta aventura de vivir campo adentro en Entre Ríos. Román, un buen vecino, el más cercano, es puestero y aunque suele darse alguna vuelta por acá, a esta hora temprana está mateando en su rancho, a media legua de distancia. De las dos posibilidades que tengo de conseguir ayuda la de Calita es la más probable. No tiene el sueño liviano, pero el reloj está puesto a las siete, no debe faltar mucho para que suene. Se va a despertar, va a salir al patio a llamarme para el mate que va a preparar y me va a escuchar cuando le grite desde acá adentro.

Mientras eso suceda quiero recobrar la coherencia del tiempo que estoy viviendo. Soy Guillermo Bettaní, tengo cincuenta y ocho años, nací en Cañada del Ucle y pasé tres décadas en Rosario. Ahora vivo con Calita en tierras entrerrianas, cerca de Sauce de Luna. Le cuidamos la chacra a una familia amiga que vive en el exterior, hacemos huerta y criamos animales para nuestro sustento mientras intentamos obtener algo de renta de estas tierras no demasiado fértiles para enviársela a sus dueños. Mi vida tiene algunos esfuerzos y ciertas rutinas, y todo tiene su recompensa. Me levanto temprano, recorro los alambrados, reviso los pollos y gallinas por si falta alguno, veo a los chanchos y ovejas y les doy de comer a todos. Caigo en la cuenta de que es muy posible que algunas gallinas se hayan escapado como lo hacen día por medio. Hay una probabilidad, obviamente menor, de que una de ellas se haya caído en el pozo. También de que yo haya decidido, sin desayunar y con la escasa luz de la aurora, bajar para rescatarla antes de que muera ahogada por falta de fuerzas para mantenerse a flote. Varias veces imaginé que tendría que usar este recurso si sucedía. El malacate funciona y las sogas están en buenas condiciones; es posible creer en esa hipótesis.

Y en esta cuerda el riesgo es siempre caer/ se pone feo sin red.

La tapa sigue cerrada, no sé muy bien cuánto tiempo transcurrió. Bajé mucho, quizás 25 metros, me acerqué bastante al agua. No escucho ningún ruido proveniente del fondo, nada vivo. Imagino algo: que al estar tan profundo, cerca de la napa, algún gas del fondo o el aire enrarecido pudo haber matado al animal y que la misma sustancia esté ahora perturbando el funcionamiento de mi cerebro, porque aún no recuerdo las circunstancias que me trajeron hasta acá. Quizá también pudo ser la causa de que me haya dormido y del sueño tan significativo que tuve mientras permanecía en ese estado.

Viajábamos en la camioneta en una ruta estrecha. Un disco de Cielo Razzo sonando en el equipo. La luz de un sol blanquecino, el vapor tenue del mate, Calita riendo, los restos de selva montielera desfilando a los costados y algunos cuises que se asomaban hasta el asfalto le daban al momento un tono mágico. Los camiones nos tiraban encima porotos de soja al cruzarnos, “como un agua bendita” dije yo. “Como agua transgénica”, dijo ella contagiándome la risa mientras le devolvía el mate y le hacía un guiño.

No podía recordar nada más: ni cómo llegábamos ahí ni el momento en que se desvaneció ese sueño para volver al hueco en el que me encontraba. Caí directo a mi despertar colgado del malacate que yo mismo había construido tres años antes para mantener en condiciones nuestra fuente de agua.

Ese hoyo tendrá que esperar/ tendrá que esperar…

Vuelvo a intentar destrabar el mecanismo tirando de la soga de cáñamo, al tiempo que me hamaco para que la fuerza que le aplico no vaya siempre en la misma dirección. Nada. Puede ser que se haya roto por alguna imprudencia mía o quizá la tapa se cerró sola a pesar de mis precauciones. Las suposiciones no hacen más que confundirme y sumergir en más bruma el momento en que decidí colgarme en este agujero sin luz. Me sigo moviendo sin llegar a tocar los bordes, un leve mareo me sube desde el estómago.

Que el cuero resista/ la amarga verdad

De pronto comienzo a ver. Hay una luz que aclara la sopa negra en la que estoy. Miro esperanzado, grito el nombre de la gringa y trato de enfocar lo que debería ser la boca del pozo, sobre mi cabeza. No se ve luz allí. La claridad no proviene de arriba sino de todos lados. Otra vez trato de calmar mi pensamiento, racionalizar lo que está pasando. Está Calita, pero no en la boca del pozo. Está del otro lado de la pared. La superficie rugosa de los ladrillos que definen la forma circular del aljibe deja de ser opaca y se disuelve para pasar a ser una piel. Mi piel.

No es un pozo, no cuelgo, pero mi encierro es cierto: estoy en la cama, al lado de ella y mi cuerpo está inmóvil, sin vida. Pero yo estoy aún, quiero salir y no puedo. Lo que más me angustia es que va a sonar el despertador, ella va a darse vuelta a darme un beso y va a encontrar mi cuerpo helado. ¡Si pudiera prevenirla! Intento gritar y aunque es obvio, me llena de impotencia comprobar que de mi boca no sale nada.

Arrebatar el sueño/ esa es la osadía.

El alivio llega de la mano del sol. Todo se ilumina con sus rayos, vuelvo a sentir paz y empiezo a desprenderme de ese hoyo vacío que alguna vez fue mi cuerpo. El desconsuelo cede y una claridad nueva permite que me vea a mí y a Calita. Pero todo es diferente ahora. Ella duerme sentada y su cabeza en lugar de estar apoyada en una almohada reposa sobre una bolsa blanca. Hay una infinidad de reflejos de la luz del sol que provienen de miles de fracciones de cristal diseminados sobre ella y sobre todo y yo tengo un volante incrustado en el pecho.

La jeringa

—Te morís, boludo.

Chiara hizo un esfuerzo por enfocar sobre mi rostro sus ojazos grises que hasta ese momento bailaban la danza infernal de la meta.

—No —le dije, mientras el silencio volvía repentinamente tenso el ambiente— El aire en las  venas no te mata, y si te morís, igual te pegás alto viaje.

Mi cara exageró la locura de lo que intentaba describirle, y todos se quedaron mirándome, entre risueños y expectantes.

El flashback pasaba una y otra vez por atrás de mis párpados mientras la ambulancia volaba por Rondeau y dentro de ella, arrodillado, yo seguía apretando con las dos manos la jeringa.

“Un cuarto de sigilo”. Había pensado en ese nombre para la fiesta de mis veinticinco intentando ser ingenioso en la convocatoria por las redes. Un cuarto de siglo parece una eternidad; intentar festejarlo en silencio iba a ser desafiante pero divertido. Tenía un sólo condicionante: mi padre en estado delicado de salud en el piso de arriba y mi mamá asistiéndolo y durmiendo muy poco para cuidarlo. Presión alta, venas rígidas, la sal, el riesgo de muerte y la burbuja que se le había formado en alguna vena de la cabeza era todo lo que hablaba mi vieja desde hacía tres semanas. Veía acercarse la fecha de mi cumpleaños, mi viejo no mejoraba y de a poco se iba disolviendo el plan original de que despejaran la casa para una mega fiesta electrónica con una centena de invitados.

El plan b se me ocurrió cuando papá me dijo que había canilla libre. No se refería al alcohol, claro está, sino a su dinero para la fiesta.

—Lo único que te pido es que no hagan gran quilombo, por tu mamá más que nada —me dijo.

Viejo complicado, pensé. Podías haber tenido canilla libre de tiempo, de las cosas que se hacen con un pibe; ahora, al remordimiento de lo que no compartió jamás conmigo se le sumaba elmiedo a morirse y dejar librada a su suerte a nuestra familia. No había encontrado mejor forma de redimirse que aquella. Pero la verdad es que no me importó demasiado el motivo: creo que una de las cosas que heredé de él es el sentido práctico, así que en lugar de molestarme que aún enfermo siga siendo incapaz de tratarme con amor, celebré por dentro cuando me dio su tarjeta de débito.

Ni bien conseguí la consola de treinta canales de salida armé la convocatoria. Me ocupé de incentivar la asistencia con varios ganchos: auriculares para todos y todas, una provisión de alcohol como para quinientos marineros en altamar y el broche de oro que me ocupé de resaltar: a las dos de la mañana íbamos a tener último invitado. Todos mis amigos sabían el significado de ese código.

Había juntado un surtido de mi entorno esa noche. Cayeron varios rugbiers de Maristas, las pibas del poli, tarjeteras amigas, los flacos de la banda, muchos de nuestros seguidores y algún que otro resabio de mis amistades de la infancia. Unos pocos iban y venían por la sala, el patio y las habitaciones de planta baja, casi todos con los auriculares puestos y la gran mayoría acomodados en almohadones o camas, tomando, metidos en las redes mientras escuchaban el mismo tema que les íbamos tirando desde la consola entre varios que oficiábamos de dj. Todo iba bien, el murmullo a veces subía de tono y se volvía un poco molesto, pero no parecía que fuera a trascender las paredes hacia el primer piso.

A las dos de la mañana llegó el dealer con la metanfetamina. Al cortarles la música los rostros azules se despegaron automáticamente de las pantallas buscándome. Un gesto mío señalando la puerta sirvió para armar un pequeño caos en la fiesta, hasta que se organizó la distribución y el uso de los utensilios que no todos habían traído, pese a haber sido prevenidos por mi convocatoria en clave.

Paulatinamente el tiempo fue cambiando de consistencia. A la naturaleza liviana y pueril que le daba el alcohol la fue reemplazando una viscosidad que iba en aumento mientras se tiraba más y más gente en los colchones. Algunos transitábamos la casa pisando un material blancuzco y suave, nuestras piernas casi empantanadas en él, ya sin referencias y con un estado pacífico relativamente uniforme. A dos o tres amigos les aparecieron algunos previsibles demonios, problemas de sus historias oscuras.

No sé en qué momento me levanté para volver a pasar música; tuve que indicarles casi en forma personal la colocación de auriculares. Un tiempo después tuve un asalto de lucidez y pensé en sacarlos del letargo para que la fiesta no colapsara en la nada misma. Tomé el micrófono y junto a Chiara los convoqué alrededor de la consola para intentar algún juego. El problema es que la lucidez no me duró demasiado y cuando estuvieron a mi alrededor no se me ocurría a qué los podía convocar.

—¡Riesgo de muerte! —improvisé, como un presentador de circo, logrando con ese recurso la atención de la mayoría.

—¿What? ­—me dijo Joaco, que estaba cerca mío.

—Hay que proponer algo que nos ponga en riesgo de muerte —dije—. Yo empiezo: vamos a inyectarnos aire en las venas.

Lo había visto en la Deep Web: el aire que las enfermeras le sacan a la jeringa para que no entre en el torrente circulatorio en realidad no es mortal en pequeñas dosis y, dependiendo de la zona del cerebro a la que caiga, es altamente psicodélico. Era un video en el que un japonés flaco mostraba como se hacía y hasta flasheaba con que diferentes cantidades producían diferentes alucinaciones.

—Tu hermanito duerme en el cuarto del fondo —me dijo Juanma—, podríamos probar a ver qué efecto le hace.

La sola perspectiva de que despierte y me empiece a romper las pelotas alejó esa idea de mi cabeza.

—No, no: lo voy a hacer yo. Quiero ver cuántos me siguen. Acá se terminan los pusil… pusilá… eso.

Fueron las palabras de Chiara las que me hicieron dudar. Sin embargo, la expectativa creció y en ese preciso momento la fiesta se volvió a poner buena. Ni siquiera seguían con los auriculares puestos: todos me miraban a mí. Busqué una jeringa gigante que había en el baño, que daba miedo de solo verla. Me senté y me arremangué el brazo izquierdo.

—Tu papá se muere.

Las palabras venían del otro lado de la sala, de una puerta recién abierta. Una voz que remitía a mi infancia remota, que tenía connotaciones a leche chocolatada y tostadas. Desde la perspectiva en donde me encontraba, mamá se veía enorme y desesperada, su cabello no parecía el de siempre y el batón la hacía casi anciana.

Salí corriendo con ella al piso de arriba, repentinamente fresco y presa de una sensación que muchos días después identifiqué como una angustia terminal.

—Quedate con él —me dijo—, yo bajo, porque tiene que estar llegando la ambulancia. Hablale, movelo, no sé. Ya no reacciona, está teniendo un ataque de presión, tiene más de 20 y si se le revienta el aneurisma se acaba todo.

Recién cuando ella salió reparé en la jeringa que todavía tenía en mi mano derecha. El émbolo apenas retraído, lista para inyectar aire.

Papá estaba semiacostado sobre unos almohadones, el velador le iluminaba la mitad de la cara, marcándole exageradamente las arrugas y haciéndole brillar los pocos pelos grises de su cabeza.

—Viejo complicado —pensé—, tenías que cagarme definitivamente la fiesta de cumpleaños.

No era ese enojo el que tenía, era rabia porque se iba. La idea se formó en ese instante y ya no la pude apartar de mi cabeza. Se iba sin una caricia, sin una mirada amorosa. Pensé en lo que estaría viviendo él. ¿Sería consciente de mi presencia allí? ¿Me escuchaba? ¿Sentiría algo quizás? Su rostro no reflejaba paz, pero no se movía. Quizás sobreviviría unos días como un vegetal o quizás serían meses, años: la cantidad de sangre que se derramara en sus neuronas iba a definir la clase de vida que tendríamos a partir de ese instante.

Sin pensarlo más le arremangué la bata del brazo izquierdo y en la vena más abultada clavé la punta de la jeringa, que entró sin resistencia. Actuaba como si ya supiera desde hace tiempo lo que iba a hacer en ese momento. Sin un ápice de duda, tiré del émbolo hasta llenar de sangre todo su recorrido.

No recuerdo cuánto tiempo pasó hasta que llegaron los enfermeros y lo bajaron a la ambulancia. No pudieron ni quisieron apartarme de al lado de él.

—Está estable, sus signos vitales son buenos. No hubo ACV —alcancé a escuchar que le decían a mi mamá— gracias a lo que hizo el pibe. Bajó la presión inmediatamente.

Eso también lo había visto en un video de Internet.

Marina

Desanuda,
desanuda.
El tiempo alcanza
para rozar de pie
las innúmeras caras
de tu cuerpo.

Resolverse

Se levantó como una imagen borrosa y desafinada. Más que levantarse, se disolvió. En un solo movimiento abandonó las sábanas, dejando donde había estado un laberinto de tela y haciéndose parte del mismo aire oscuro y pesado de la habitación. Comenzó a transitarlo ocupando sucesivamente una porción del mismo tras otra. Tránsfuga de las tinieblas, se fue así desplazando por el corto trayecto que mediaba entre la cama y el baño. La luz blanca del lugar le devolvió la conciencia y orinó. Cada segundo que fluía con el líquido amarillo le hacía sentir que su cuerpo recobraba forma, reincorporándose a la materia y al mundo de los vivos. Al terminar ya era toda una persona: los sueños del amanecer habían desaparecido.