Mailén Marconi

Nació un 17 de enero de 1988 en Rosario. Estudió Periodismo en el ISET XVIII de la misma ciudad y ahí se enamoró de la palabra en todas sus formas.

Apasionada de la ciencia ficción y el cuento corto, busca despuntar el vicio escribiendo desde  su nuevo hogar en las sierras de Córdoba.

Deseo

De todas las cosas que odiaba tener que soportar día tras día cuando el despertador le robaba el sueño, el tren era la peor. Cientos de cuerpos pegoteados frotando espaldas y brazos y cabezas y miradas de cansancio, compartiendo con desconocidos el  frío o el calor intenso, contribuyendo al ambiente plagado de lagañas y alientos fétidos que creaba un ecosistema de gérmenes y bacterias y quién sabe qué otra cosa.

Además del padecimiento físico, lo que más detestaba del tren era su poder disciplinador de clase. En el tren solo viajaban los olvidados por el sistema,  los que no tenían siquiera para pagar un taxi y trabajaban fuera de la ciudad, siempre en los peores trabajos.

Carlos era una cabeza más, de las que subían en Retiro y bajaban en José León Suárez, para luego caminar diez cuadras hasta la fábrica de pastas en la que se ganaba el mango.

Cada vez que soplaba velitas en su cumpleaños, el segundo o tercer deseo (el primero siempre era que gane la Academia) era poder comprarse un auto ese año, aunque fuera uno usado y no muy nuevo, y así abandonar el tren de las mañanas. Llegar a la fábrica cuando López y el gordo estuvieran abriendo el portón, así lo veían estacionar como un rey y bajarse con la sonrisa de oreja a oreja tocando el piiip de la alarma (aunque fuera un modelo 90 le pondría alarma sólo para escuchar ese celestial sonido) y saludar distraídamente a sus compañeros que, en su fantasía, estarían rojos de envidia preguntándose de dónde había sacado el negro ese la plata para comprarse un auto.

Pero su triste situación actual era el tren. Y de tan apretado que iba esa madrugada apuntaba la mirada al piso para no tener que ver de lleno a los ojos a la mujer de cabello negro que tenía casi encima suyo. No sea que la señora pensase que la estaba intimidando, o peor aún, encontrara en ella unos ojos tan negros y feroces como su cabellera y resultara él irremediablemente intimidado.

Mientras la vista se le perdía en la mugre del suelo, pensaba una vez más en la remota posibilidad de comenzar a viajar al trabajo en automóvil, de poder meter bocado en las charlas del gordo y los demás sobre cuánto pagaban de patente, o cuánto aumentaba la cuota del seguro el año próximo, o qué estacionamiento era mejor cuando uno iba al centro a hacer trámites. Todo ese mundo maravilloso en el que los “dueños” de las cosas hablaban de ellas en tono de queja, naturalizando su condición de propietarios, enalteciéndose como grandes caballeros poseedores que debían lidiar con gastos y molestias por ser tales.

Sobre estas pequeñas cosas reflexionaba Carlos cuando oyó el estruendo. Seguido del sonido de la explosión, los gritos de todos los pasajeros.

Un terrible zumbido en los oídos de Carlos lo aisló unos instantes de lo que estaba ocurriendo.  La mujer de cabello negro también gritó y por la extrema cercanía su alarido aturdió a Carlos devolviéndole a la realidad. Sonó una bocina de emergencia y acto seguido el tremendo impacto.

Días después el titular del diario rezaba “Repercusiones del accidente ferroviario y decisión del gobierno: no más trenes en Argentina”.