Lucía Cuffia

Lucía Cuffia nació en 1986, en Armstrong, Santa Fe. Estudió Comunicación Social en la Facultad de Ciencia Política y RRII, en la UNR. Vive en Rosario y trabaja de manera independiente en el campo de la comunicación y el periodismo. Le gusta jugar con palabras, por eso escribe. 

Tarde de domingo en Armstrong. "Ma, ¿qué fue de la vieja Polaroid con la que tanto jugábamos de chicos?". "Me parece que está guardada en el garage", me responde. Efectivamente. Ahí estaba. Esperando su ¿rescate? Quizás. Tardes y tardes de juego con ella. De mano en mano, de hermana y primos. Uno de los "juguetes más reales" que encontramos en el placard de mis abuelos. Baqueteada de acá para allá. El botón anaranjado que no dejábamos de apretar. Y las fotos que, en nuestra imaginación, salían y salían. Me la traje a Rosario. La puse cerquita, entre esos objetos que uno quiere tener cerca. Y surgió la pregunta: ¿y si funciona? En una semana me volví experta en Polaroids. Le pregunté a mi tío Eduardo. También a don Google. Me enteré que las pilas vienen incluidas en cada película. Por eso necesitaba conseguir una película para ver si todavía estaba "viva". Entre tanta búsqueda, me enteré que hay en el mundo un proyecto que se llama Impossible HQ, que fabrican las películas originales para las clásicas Polaroid. Llamado va, llamado viene, hermana Ángela hizo las gestiones y en una semanas llegó la caja entre maletas viajeras. Con muchísima expectativa, preparé la cámara, le saqué la vieja película -que tantas fotos imaginarias sacó-, puse la nueva y cerré la tapa. Y la vieja Polaroid habló. Y también me cambió el numerito del contador de fotos. "Vive", dije. Me emocioné. Solo faltaba apretar el botón anaranjado y ver qué pasaba. El sol invitaba a salir, así que nos fuimos a pasear por el barrio. Mi ansiedad no me dejó dar muchas vueltas, así que miré el cielo, hice foco y apreté. Y la vieja Polaroid volvió a hablar. Con un sonido tan analógico como emocionante. A la imagen le tomó 4/5 minutos a aparecer. En la era de la instantaneidad, confieso que me pareció eterna la espera. Pero cuando empezás a ver cómo van apareciendo los colores, las formas y hasta sentís el olor del papel y la tinta, la realidad, mágicamente, es otra.