Lautaro Sabino

Escritor, curioso e inquieto. Padre de tres peluditos.
Nació en Totoras, capital nacional de la leche, pero vivió toda su infancia en Rosario. De chiquito se destacó por ser muy creativo: ideó historietas, juegos, poesías, cuentos y un sinfín de dibujos.
Adora cantar, tocar la guitarra y sacó su primer álbum de canciones propias en el año 2014.
Su ópera prima de ciencia ficción fue publicada en el año 2017 por editorial Autores de Argentina bajo el título “Comando Libélula”.

Malasaña

Das vueltas sobre tu propio eje, una y otra vez, como un idiota, verificando que todo esté bien, porque hoy, justamente hoy, necesitás que sea perfecto. Mirás la lasaña en el horno y le hablás como si tuviera vida. Te ruego que seas perfecta, le decís, esta noche es la primera que vamos a pasar juntos desde que nos conocimos. Y te reís, porque en el fondo sabés que todo va a estar bien. Para hacer tiempo, reordenas las botellas con salsas y especias, porque no sabés qué hacer para calmarte.
Ponés dos platos sobre la mesa, dos juegos de cubiertos, los vasos y un par de servilletas al lado. Encendés las velas, con sumo cuidado, asegurándote de mirar la hora a cada rato, porque ya casi son las nueve y las piernas te gritan de ansiedad. Aunque ya lo hiciste antes, volvés a ponerte ese perfume que le encanta, te mirás en el espejo y respiras profundo, varias veces.
Suena el timbre, abrís la puerta. Se sonríen al mismo tiempo y vos, embobado por su perfección, tardás un buen rato en invitarla a pasar. Ya sentados en la mesa, no pueden parar de hablar. Todo va genial, pensás, mientras ella ríe a carcajadas con tus anécdotas.
Suena la campana, la cena está lista. Ubicás la lasaña en el centro de todo. Ella suspira de placer al mirar la corteza de queso crujiente que brilla como pedacitos de perlas. Sin demorarte, le servís una porción. Ella prueba desesperada por devorar ese tierno
bocado. Lo introduce en su boca y mastica embrutecida, casi al mismo tiempo que notás, desde donde estás sentado, que la botella de veneno para ratas se volcó sobre la salsa y que no te diste cuenta hasta ese momento.
Consternado por el horror, le gritás que lo escupa, le hacés señas inentendibles y, al ver que no te hace caso, le metés los dedos en la boca para quitarle la pasta envenenada. Ella te empuja, enojada y confundida por el incómodo momento que le hacés pasar.
No entiende que la querés salvar y tampoco podés explicarle la cagada que te mandaste, porque agarró sus cosas y se fue.
Furioso, volvés a la cocina e inspeccionás la botella caída.
Parpadeás pesadamente al ver que la etiqueta dice “aceite” y descubrís que la de veneno está al lado, intacta, inmaculada.
Reboleás lo más lejos y fuerte posible la botella de aceite, porque tu idiotez es casi tan abismal como el espacio que va a quedar en tu cama.