Laura Vacchiano

Tiene 61 años . Cursó hasta 3er año de la carrera de Letras en la UNR. 

Turquesa

Se iba acercando la hora en que comenzarían a llegar los invitados al cumpleaños de Betina. Los cuarenta años de la señora de la casa.

Todo estaba magníficamente dispuesto para hacer de esa noche un prodigio de la vida, el homenaje de Julián a esa mujer con quien compartía sus días y más de un agujero donde habían ido a dar otros tiempos ya olvidados por él. Cada silla, cada objeto, todo estaba donde debía estar; ningún  detalle sin considerar.

Yo tenía mis años. Lo había visto todo, su primer matrimonio con Verónica, la llegada de los hijos, la partida de ellos tras un repentino divorcio que sería el preludio de un casamiento con una mujer tan joven como era Betina. Me dispuse a observar.

—¿ Aqué hora traen la torta?— gritó Julián desde el comedor.

—¡ Ya debería estar acá!- remar.

Julián siempre estaba en todo. Nada escapaba a su enorme capacidad de organización; preguntaba y se respondía sin dar tiempo a que nadie interfiriera en sus decisiones. Los demás vivían recostados en la blanda comodidad de saber que él estaba para resolver, para bien o para mal, cualquier obstáculo que se presentara. Temí por el pobre muchacho de la confitería, que con total seguridad iba a ser el blanco de todos sus reproches.

Empecé a impacientarme. ¿ Cómo reaccionaría Betina al llegar a la casa?.¿ Su casa? ¿Se estaría imaginando lo que había montado Julián para ella? No, como tampoco sabría que alguien se había tomado el trabajo de llamar a Verónica. Me hacía muchas preguntas mientras recordaba esa mañana  de un mes de agosto en que Verónica se fuera para no volver. Julián había llegado demasiado lejos; cambiarla a ella por una adolescente, la mejor amiga de su hija; qué disparate.

Sí, yo había sido testigo de todo desde ese lugar de privilegio en que me había puesto la madre de Verónica hacia ya muchos años.  Ahora Verónica volvía, pero ¿para qué?. Sentí que debía hacer algo por ella. El juego en que tambíén yo participaba, tenía que terminar.  Decidí soltarme.

Sabía que la fina silueta de Betina iba a ubicarse en la cabecera; solo debía esperar.

—Ya llega!, ya llega!- escuché gritar a Julián. Los invitados expectantes. Abrió la puerta, abrazó a su mujer y la condujo, tapándole los ojos, hasta su lugar en la mesa. Los presentes en la gran sala estallaron en aplausos mientras entonaban el Feliz Cumpleaños. Todo resultaba como estaba planeado.  Yo me balanceé apenas, ayudada por un viento repentino como presagio de tormenta. Caí sobre ella, sobre la bella Betina.

—Amor! –Betina! No!- gritó Julian, al tiempo que un coro de gargantas sobresaltadas estallaba.

La rubia cabeza de Betina era ahora una madeja confusa de vidrios  hechos añicos y cadenas , para estupor de esas almas desprevenidas.

—¡Llamen una ambulancia!- vociferó Julián sosteniendo la cabeza de su mujer, con sus enormes ojos llenos de terror. Vi acercarse a Verónica mirándome con estupor. Alcancé a oír...

—Mi vieja araña de caireles color turquesa, tan señorial!, ¡venir a caerse justo hoy!