La profecía del gordo

de Jonatan Lipner

          El gordo se muere. Todo el país lo llora, y el gordo se muere. Frente al edificio infinito en el que vive se agolpan mil almas. El pueblo quiere saber de qué se trata. Bajo la lluvia que cae torrencialmente se alzan mil dedos mayores, erguidos con orgullo en lo más alto. Las gotas no tienen respeto por las pancartas; se deslizan por el papel desdiciendo las palabras, y el gordo se muere.

La habitación está en el piso más alto. El edificio se sostiene con orgullo entre las nubes de tormenta; no consigue acudirlo ningún viento. Los rayos acarician sus paredes. Adentro, el gordo se muere. Dos soldados altamente entrenados custodian la puerta del ascensor. Seis soldados nacidos para matar custodian el pasillo. Su puerta la guarda Caronte. Caronte cuenta las horas. Caronte cuenta con que el gordo se muere.

Vivió una buena vida. O quizás no. Sí fue una vida de excesos. Todo lo que pudo lo levantó en pala. Pero no fue verdaderamente exitoso hasta que se olvidó de sí mismo. Cuando cambió de piel dejó todo atrás; jamás volvió a abrir el clóset donde guardaba sus diarios viejos. O quizás sí: de alguna manera tenía que tapar sus cagadas desparramadas por el camino. No hay mejor para eso que el papel prensa. Fue una ironía, obstante, que si estaba allí no fuera por ningún exceso.

El gordo se muere. Yace sobre una cama gigante exclusivamente diseñada para él. Sus proporciones mastodónticas no caben en un lecho normal. Hace mucho que su cuerpo ha atravesado los límites de la más mórbida obesidad.

Decenas de máquinas se apiñan alrededor de la cama. Algunas están llenas Jonatan Lipner de remedios. Otras están llenas de veneno. Algunas han reemplazado a sus órganos. Ninguna puede revertir lo inexorable. El gordo se muere.

Él lo sabe. Siempre lo supo. Incluso en sus más bajos momentos, cuando abandonó sus amores y se dedicó al circo, supo que nada era para siempre. Ni siquiera sus enemigos. Por eso esperaba ese momento. Tan sólo le hubiera gustado haber llegado en mejores condiciones. Pudiendo controlar sus esfínteres.

Pudiendo respirar. Y no como esa masa amorfa, con la espalda podrida y las encías hinchadas, apenas capaz de parpadear para darse a entender.

Ya no queda mucho tiempo. El gordo se muere. Y sabe que se muere. Sabe que no lo queda mucho tiempo. Sabe que Caronte custodia su puerta. No se arrepiente de nada. Incluso lo más sórdido forma parte de su vida. No obstante, algo lo inquieta. Algo altera el sonido normal de una de esas tantas máquinas que lo mantienen vivo. Son las palabras. Unas palabras jamás pronunciadas se agitan en su interior.

Afuera, una multitud se agolpa entristecida, y cuenta las horas entre dedos mayores en alto, saludando a su ídolo, y pancartas con letras derretidas. La lluvia cae sobre ellos y no les importa. Nada va a alejarlos de su guardia. No

van a irse de ahí sin la confirmación de su miedo más profundo: vivir en un mundo sin el gordo. El gordo les ha dado argumentos. El gordo le ha dado nombre a los odios informes. Como un alquimista, el gordo ha transformado sus emociones en razones. Sin él, volverían a ignorar los motivos de su asco.

Sin él, el enemigo ya no tendría cara. Sin él, ya no tendrían enemigo. Tan sólo la impotente necesidad de matar a alguien.

Arriba en lo alto, el gordo se muere. Entre rayos y vientos y agua y tormenta, el gordo se muere. Y en sus últimos momentos, unas palabras golpean su cabeza. Ya no se acuerda cuándo fue la última vez que pudo hablar. Menos

todavía, la última vez que tuvo sentido hablar. Pero ahí están, las palabras, resonando en su cabeza. Abriendo una grieta en su interior. Y necesita pronunciarlas.

Empieza a mover los dedos fofos. Mueve los dedos fofos y torpes, gordos como salchichones, despojados prácticamente de cualquier capacidad prensil. Busca el botón, un botón que le han dado los doctores. Toca el botón cuando necesita que rellenen la máquina que se dedica a alimentarlo. Toca el botón cada vez que necesita narcotizarse. Toca el botón para que una joven enfermera, con visos de vedette y algún video pornográfico, se dedique a pasarle una esponja mojada por el interior de los pliegues que forman los distintos estratos de grasa acumulada. Y si le place, que busque el miembro que él ya La gran novela nacional no puede ver y le haga alguna caricia para tratar de reanimarlo, generalmente sin éxito.

Pero ahora no quiere comer, ni drogarse, ni un baño ni una caricia. Ahora necesita que alguien lo escuche. Si lo supiera cualquiera de los miles que aguardan expectantes, allá abajo, bajo la lluvia, con gusto iría hasta los pies de la cama del gordo, le besaría la mano amorfa y se la bañaría con sus lágrimas, con los ojos cerrados y los oídos abiertos. Durante años, los miles allá abajo han escuchado sus palabras. Durante años, ninguno ha dudado de su certeza.

La palabra del gordo es sagrada. Abajo tiene miles de escuchas. Arriba, en el piso más alto del edificio, rodeado de tormentas, el gordo está solo. El gordo se muere. Se muere y golpea el botón con insistencia. Y lo golpea. Y lo golpea. Y lo golpea. Y lo golpea. Hasta que finalmente, la puerta se abre y aparece la enfermera. Ella lo contará mil veces en el futuro. En cada canal de televisión repetirá la anécdota. Cómo escuchó sonar la alarma en la sala de médicos. Cómo subió por el ascensor hasta su piso. Cómo atravesó las filas de guardias que cuidaban del intelectual más peligroso del país. Guardias pagados por una de las empresas más responsables del país. Cómo abrió la puerta y la vio; vio la panza de la inmensa mole moviéndose con estridencia sobre la cama. Tuvo que rodear aquella loma para mirarlo a la cara. Y ahí estaba, atravesado por cables y tubos, el gordo, rodeado de bolsas de suero y de plasma, y miles de máquinas que hacían ruidos raros y titilaban.

Ella lo contará mil veces en cada diario. Las versiones variarán un poco en cada caso. Pero todas van a coincidir en lo mismo: las palabras. Las palabras que pronunció el gordo, después de sacarse el aparato que lo ayudaba a respirar. Los pronunciaba esa noche, entre suspiros, como si se estuviera yendo con cada una de ellas, y sin embargo, no le alcanzaba la prisa para terminar. Ella las repetirá una y otra vez, como una oración, y se esparcirán entre la gente del gordo. Serán su credo. “Van a volver. Van a ser millones y van a volver. Marchando desde el sur. Los creíamos muertos pero van a volver. Se van a levantar y van a andar, caminando hacia nosotros. Van a tomar nuestras fronteras. Van a tomar nuestras tierras. Van a tomar nuestra televisión, nuestras radios, nuestros diarios. Y van a transformarnos. Seremos ellos. Sólo él puede pararlos. El que empezó todo. La maldición terminará con el que la empezó. Tiene que volver. Tiene que volver.”

Ella pronunciará las palabras. Miles las repetirán. Como una oración. Será Jonatan Lipner su credo. El fuego de sus antorchas. La forma de sus miedos. Esas palabras serán su combustible. Y el pueblo que se amontona allá abajo, con los dedos mayores en alto y pancartas manchadas, todavía no lo sabe. El pueblo, con los pies en la tierra mojada, quiere saber de qué se trata. Allá arriba, en lo más alto, una enfermera escucha las palabras. Sus últimas palabras.

El gordo se muere.