Ignacio Llanes

Nació en Rosario en 1991. Aprendió a leer a los 4 años, más de porfiado que otra cosa, y no paró. Estudió dos años de matemática y terminó recibiéndose de publicista. Escribe para habitar los mundos que lo habitan.

Yo lo gasto como quiero

-¿Me escuchó señora?- me dijo.
Y no, no lo había escuchado. La verdad, había dejado de hacerlo hacía rato ya, por lo menos desde que dijo algo de meses, o un año a lo sumo. De ahí en más nada de lo que salió de su boca siquiera pasó cerca de entrar a mis oídos y de ahí convertirse en impulsos eléctricos que mi cerebro registrara como palabras válidas. Nada. Cero. Absolutamente todo en la habitación dejó de tener la más mínima importancia. Me encerré en mis propios pensamientos, atada en un loop que probablemente mi psicóloga hubiese descrito como intoxicante o alguna palabra rara de esas que le gusta usar.
Creo que lo único que me hizo volver a escucharlo fue el uso de la palabra “señora”. Sobre todo porque me pareció injustificado que me llamara así: no podía ser más de cinco años mayor que él. Aunque tengo que admitir que su aspecto era el de uno de esos jóvenes que terminan todas las etapas de la carrera de medicina en tiempo record y asumen que todos sus pacientes son mucho más viejos que él. Además, imagino que la oncología es de esas especialidades en las que uno espera que sus pacientes sean lo suficientemente grandes para que la perspectiva de la muerte no los tome demasiado desprevenidos. Pero a mis treinta y cinco años, sin dudas mi caso debía ser más la excepción que la regla. O tal vez no, pero pensar eso me ayudaba a que la autocompasión fuera más fácil de abrazar.
¿Cómo había dicho? ¿Probablemente seis meses, y como máximo un año? Sí, algo así era. Como máximo un año. Ahí dejé de prestarle atención. Un año, imaginate eso. Doce meses. Trecientos sesenta y cinco días. Trescientos cincuenta y nueve en realidad, porque fue la semana pasada. Me lo dijo así nomás, como cuando el verdulero te dice el precio de los tomates. Están treinta pesos el kilo doña. Ah, y además le queda un año de vida. Así nomás. Un cartero que te trae la tarjeta de débito, te da el paquete, te alcanza una birome y te pide una firma. Le firmás y ya se fue casi antes de agarrar el papelito. No lo culpo, calculo que es la única forma de sobrellevar un trabajo así. No debe ser nada lindo andar diciéndole a la gente que se va a morir. O por lo menos que lo va a hacer pronto, porque no es que nadie ande pensando que le puede esquivar a la muerte. Así que tratarlo como un trámite debe ayudar. Capaz si a mi me tocara hacer ese trabajo, haría lo mismo. O capaz por eso no podría hacerlo, porque no lo soportaría, me pondría a llorar y el paciente me tendría que terminar consolando a mí. Imaginate, se está muriendo y encima tiene que consolar a la pelotuda de la médica que no se aguanta decirle que se va a morir. Debe ser por eso que trabajo en una oficina con los auriculares injertados en las orejas durante ocho horas.
Después de eso me dio un par más de indicaciones que hubiese jurado que les presté atención pero que olvidé apenas salí del sanatorio, me saludó con un apretón ligeramente más cálido que el que me dio cuando llegué y me dijo que no dudara en llamarlo o escribirle por cualquier cosa. Debe ser que ahí se le escapó un pedacito de humano. Pobre, tampoco tiene la culpa de que su trabajo sea tan horrible.
Así que nada, acá me ves, andando por la vida con un cartelito en el medio del pecho que dice “Consumir preferentemente antes de septiembre de dos mil veinte”. Soy un pote de yogurt. Una leche larga vida en realidad, con un tumor en la cabeza del tamaño de una frutilla. Pero de las cojudas, las de Coronda, como las que compraba mi viejo siempre que viajaba por trabajo y se pasaba dos o tres semanas yirando por ahí. Pero siempre volvía con frutillas. Aún cuando no era temporada. Debía tener algún conocido que le guardaba en una cámara refrigerada para que siempre pudiera traerme. Y siempre eran riquísimas. Se me deshacían en la boca. Capaz las recuerde así porque era muy chica, y viste que dicen que una tiende a idealizar la infancia. O eso es lo que me dice la psicóloga. Aunque te digo la verdad, entre nos, nunca la banqué demasiado. Ahora al menos no tengo que seguir yendo, porque, para qué.
Bueno, perdón que me fui tanto por las ramas, me olvidé en qué estábamos. Ah, cierto, te había disparado en la otra rodilla. Así que con eso están las dos. Se sintió bastante bien, debo admitirlo. Supongo que hace un tiempo no lo hubiese hecho, pero dadas las circunstancias, me pareció que el momento era propicio. Ahora siento que tendría que recordarte que si volvés a ponerle un solo dedo encima a mi hermana la próxima voy a tener que ser un poco más firme, y bla bla bla, pero sabés qué, estuve mirando mi agenda y probablemente no tenga demasiado tiempo para hacer eso. Prefiero gastar lo que me queda en cosas más importantes que vos. Así que vamos a cerrarlo acá. Fue todo un desagrado haberte conocido. Lo único, dejame que me aleje un poquito, que no quiero que me caigan pedacitos de cerebro encima. Ahí está, ahora sí.