Gilda Ferrari

Le hubiese gustado nacer en el taxi que llevó a su madre al sanatorio, pero entendió que las cosas había que hacerlas como los adultos decían. Así que esperó. Llegó un 12 de junio de 1991 al mediodía. Creció y encontró una mesa ratona de vidrio donde podía pasar horas dibujando, pintando, leyendo. Siempre supo quien era y qué quería. Estudió Locución, practica fotografía y hace cuatro años aprendió a escribir cuando el alma le habla. Una de sus frases de autor referida a la escritura que mejor la describe es esta: "Cuando una puerta se cierra se abren otras. Sostener la escritura es darle sentido a lo leído, a lo aprendido. Placeres que se hacen costumbre, costumbres que se vuelven placenteras". 

 
Performance

Amaneció en las penumbras de su corazón sintiendo una fuerte punzada en el estómago, estaban creciendo espinas del rosedal del pétalo que se tragó. Se levantó perezosa de su sueño que había empezado anoche en un lago de Villa Traful, porque el calor que salía de su cuerpo cuando se acostó era tan pero tan ferviente que lo único que la calmaba era pensar en agua, agua fría, que erizara la blanca piel.

Puso de par en par sus pies al costado de la cama y se irguió con lentitud, tambaleó unos segundos. Sus ojos disparaban intermitencias en la oscuridad del día claro, pero seguía sin poder enfocar el parqué del suelo. Se refregó la vista para limpiarse las lagañas y se sacudió como un perro las gotas que le había dejado el lago. Sus primeros pasos se hundieron en la arena de la playa, siguió alucinando que estaba de viaje. Se imaginó la brisa secándole el rostro, los brazos agarrados de la muñeca extendiéndose hasta la vagina y apretando fuerte los hombros para aguantar hasta que llegara a la toalla sostenida por él.

Se fue de sí por unos segundos más. Volvió y la atrapó una humedad insoportable. El clima intranquilizaba su paz mental, entonces suspiró hondo y pudo exhalar poco a poco las agujas de la rosa. Sin decir una palabra caminó hasta el cielo abierto de su quinta y contempló primero el pasto, segundo el árbol vecino, tercero el pino en el cielo. Una vez más arrebató con rabia sus memorias para que segregara el amor que no alcanzó a darle. Se sintió peor o mejor, eso no lo sé. Su carita pálida vociferaba que pare. La molestia se detuvo. Infló su pecho de vuelta para nutrirse del aroma a tierra mojada y automáticamente se le derritió una sonrisa cargada de calma.