Florencia Figueroa

Nació en Buenos Aires en 1977 y a los ocho años se mudó con su familia a Venado Tuerto. Estudió comunicación social en la UNR y desde hace varios años trabaja en forma independiente en proyectos periodísticos y de comunicación institucional. Desde chica le apasiona escuchar y contar historias a través de la palabra y la imagen.

Puente

Siento la espesura de la montaña invitándome al precipicio,

los pies trastabillando sobre una superficie que se desmorona,

la voluntad desvaneciéndose junto al deseo,

las sombras robándose todos los recuerdos,

la voz deshilachándose en una atmósfera helada,

y este abrazo tuyo que es puente hacia el abismo,

y este abrazo tuyo, que espera siempre. 

Amor HD

Es lunes y Ana despierta. Mira la hora y tiene un sabor dulce en la boca. Piensa que es por la foto que acaba de ver de su ex novio en el celular. Hoy cumplirían dos años juntos. Pasa su lengua por la pantalla, el sabor a chocolate la invade y antes de volver a apoyarlo sobre la mesita de luz, suena. El ringtong aterciopelado le hace cosquillas en la oreja. Mira la pantalla y se decepciona al ver que es  su madre, que con voz que huele a torta de manzana húmeda, la saca de la cama con un revoltijo en el estómago.

Se levanta y sus pies sienten el frío deslizándose por el piso hasta llegar a la cocina. El sonido anaranjado de la pava hirviendo y cada bocado de tostada que va probando mientras prepara el café, se proyectan en una especie de pantalla que se abre en la ventana que da a la calle.

Saca la tapa al frasco de dulce, lo deja apoyado sobre la mesa, se sienta y con café en mano, mira de nuevo en dirección a la ventana. Descubre que tres amigos ya le dieron me gusta a la taza, que ahora con el filtro de instagram, parece más oscura y humeante. Con cada bocado, alguien pone me gusta y ella, esperando que compartan su estado para ver si le llega alguna notificación a Javier, no deja de untar y tragar. Una tras otra tostada. El sabor metálico se incrusta con esquirlas en su garganta.

Suena otra vez el teléfono. En un malabar por alcanzarlo, tira el café. Alcanza a ver que es él antes de devorarse la carcasa, las fotos juntos, los videos, los emoticones… y es tan empalagosa la felicidad, que se queda tirada en el piso degustando el último espacio disponible en la memoria, hasta quedarse otra vez dormida.