Sobre Facundo Scavuzzo

Facundo nació en 1988 en Rosario. Es traductor en el par de idiomas inglés - español, actualmente ejerce esa profesión. Esporádicamente se desempeña como profesor de inglés. Ha estudiado francés y japonés. También se define como un“tímido escritor ocasional”.

 

 

 

 

 

 

Cruzaba el Atlántico

entre sueños 

y lo juzgó fantástico

al oído del frío.

Su sola alusión evoca

la demostración de lo que es

el amor en su descripción más simple

y la analogía inevitable

con su liviano temple.

Agudiza la mirada y

divisa una consciencia

Astucia en las alturas

prístina pesquisa

carencia sibilina

de análogas plumas

y sin embargo

vuela

En la granja de la usanza los caballos se pavoneaban sin prejuicio del propio pavo. Hípica realidad del equino porvenir: pecho erguido, peinadas crines, cascos que avanzaban sin pausa ni fin. Doméstico era el confort de sus pesados pasos y endebles los maderos del establo. No fue entre estos, sino entre colores, que llegó el nuevo corcel. Petiso, risueño. Poseedor de un insólito pergeño. Pateó la puerta y el entonces inmenso poni trazó un camino que era igual a un arcoíris.

Godofredo se levantó de la siesta esa tarde con una extraña sensación de pesadez y somnolencia. El reloj con forma de girasol marcaba las cinco. Fue a la cocina y corrió las cortinas desteñidas por la radiación y el paso del tiempo.

Miró al cielo teñido del mismo rojo que alguna vez lucieron las cortinas, como si se lo hubiesen robado lentamente, sin que nadie lo note, para vestirlo en la hora final. El anciano puso la pava sobre el fuego transparente, confundido en su materia y su entorno carmesí. Tomó el termo que estaba sobre la mesa, también bañado de rojo. Es que ese halo escarlata llegaba a cada rincón que estuviese a su alcance.

Se cebó uno, dos, tres, cuatro mates. Cinco horas y algo más ya marcaba el reloj.

Salió al frente de su precaria quinta a remover la tierra y plantar una semilla que había ganado la última vez que aceptó participar de un inocente juego con su pequeño nieto, quien solo lo visitaba desde la ciudad en el verano.

Por su forma pensó que probablemente se trataría de un girasol, ya que era su planta favorita y la conocía muy bien. Cavó un pequeño hoyo, introdujo la grisácea semilla y la cubrió con un puñado de tierra seca.

Con una vieja botella agujereada la roció con una, dos, tres, cuatro gotas. Cinco y media marcaba el girasol del tiempo cuando un enorme brote emergió del suelo y se elevó ante los ojos estupefactos del arrugado observador, más allá de las astas del molino, en dirección al sol y hacia el cielo más rojo que un rubí.

Godofredo se levantó de la siesta esa tarde con una extraña sensación de pesadez y somnolencia. El reloj con forma de girasol marcaba las cinco. En su mesita de luz reposaba un diario abierto en la página de obituarios y desde una foto sonreía un niño a la cámara mientras decenas de girasoles le sonreían al sol.