Ester Gluncich

Vive en Rosario. Es profesora de filosofía y pedagogía y Licenciada en fonoaudiología. Curiosa, observadora y detallista. Amante de la naturaleza, de viajar y estar en contacto con personas.          

Le gusta contar historias, porque estamos hechos de historias. Elije jugar con las palabras, que despierten un pensamiento, una reflexion para seguir escribiendo. Le atrapa tomar café en un bar, conversar, escuchar, observar y escribir.

Atrapada

 

Soledad

Incertidumbre

Insomnio

Abre el cajón

revuelve

busca

encuentra esa carta.

En una interminable noche soñó

Juntos y separados.

Asoma la luz del día

Piensa, siente, está ahí

en un prolongado sueño.

Tiempo incierto

 

Otoño 

hojas secas 

flores deshojadas 

sol tenue 

viento suave 

nidos vacíos. 

Así sola callando. 

En sus luces 

invento nuevas soledades.

 

Diez minutos

 

El reloj marca las veinte veinte de dos mil veinte.

Se apagan las luces, la película va a empezar.

Los chicos están en la casa de la vecina, es el cumple de uno de sus hijos.

Me espera en su casa ansioso. Quiere que esa noche y no otra

me acueste con él.

Se escucha el recolector de residuos que pasa .

 

El ruido del ascensor anuncia la llegada del vecino de arriba.

Son las veinte treinta

las campanas de la catedral resuenan.

El abismo de la noche invade.

En el espejo inseparable del tiempo,

los sueños piden permiso.

 

Ser como ellos

 

Están ahí

muchos muchos

todos juntos

campo abierto.

Giran su pesada cabeza

erguidos, esbeltos, elegantes

buscan la luz.

Cuando la luz se apaga

se miran

se acercan

cada vez más.

Quedan escondidos ellos dos.

Que nadie los vea.

 

Río mío

El río ya no canta,

barco sin timón

navega a la deriva.

Las sirenas ya no atrapan

al marinero.

 

El horizonte se tiñe de rojo,

cielo encapotado

pájaros vuelan sin rumbo.

 

Edificios en sombras

asoman miradas perplejas.

 

Los monstruos

nos han declarado la guerra.

 
 
La ventanilla

 

Todos los días a las 5 de la tarde llega el tren a la estación.

Ahí está él, espera todos los días parado en el mismo andén.

Al llegar, ella mira, lo busca, baja, se besan, se abrazan con un abrazo fuerte y tendido. No hablan.

En minutos, sube al mismo coche, al mismo asiento y ventanilla, el tren retoma su marcha y ella saluda hasta que la mirada se pierde en el andar.

Se buscan y se encuentran, todos los días, todos los días a las 5 de la tarde.

Ese día, a las 5 de la tarde, escuchó que el tren se acercaba, todavía no lo veía. La máquina se detuvo solo unos minutos, él parado siempre en el mismo lugar.

Ese día, ella no bajó, él vio el asiento vacío, la ventanilla libre, la cortina corrida. Su mirada fija estaba ahí, en esa ventanilla.

Se escuchó el silbato estridente y la marcha de la máquina que al partir se siente en todo el cuerpo.

Él quedó paralizado mirando la ventanilla, esa ventanilla.

Eran las 5 de la tarde, las 5 de la tarde, en todas las noches que siguieron.