Ernesto Walter Otoño

Rosarigasino. Desde 1954 lo saludan todos los 28 de julio . 

Después de 33 años se divorció en el 2014. Tiene dos hijas niñas, dejaron al varón en el medio,

Técnico químico de la primera promoción del "poli". Socio de una pyme desde el 77 . Soldado en el golpe del 76. Peronista, Kirchnerista, Cristinista. Irrenunciable centralista 

Gusta de la música y de la escritura.

Control de daños

Ante la imposibilidad de experimentarnos en este laberinto de egoísmo, la soledad impone su designio persecutorio  y se ensaña conmigo en un eterno devenir de tensiones insuperables. El frente tormentoso emocional  avanza sobre Mí de forma irreversible. Turbulencia existencial severa. Perdida mente enamorada, víctima una vez más de la impericia sentimental. Sin brújula, ni plan de vuelo. Mayday, maday, mayday!!!

El negro inicial se degrada en una gama infinita de grises.  Mi casa se convierte en zona de desastre. Siento que no puedo moverme y las horas pasan mientras  torturo razones para encontrarles una verdad o una esperanza,  algo que  morigere el dolor de saberme  destinataria de tanto desamor.

Entre sombras y  fantasmas comprendo que no tengo alternativa,  debo dar inicio al protocolo del olvido:

Bloquear personas y  afecciones. 

Tirar el cepillo de dientes, las pastillas anticonceptivas,  y la germinación del carozo de palta que ya nunca echará raíces. 

Empozar ilusiones y deseos.

Borrar chats y fotos.

Entremezclar días de desfacinación con noches de pajas tristes, Rivotril vencido y jazz epidérmico.

Reprimir impulsos y adoctrinar uno a uno los sentidos subversivos. 

Aplicar Pizarnik sobre las heridas.

Dejar de  frecuentar ciertos lugares.

Hibernar los fines de semana abrazada al sillón.

Mirar series, documentales y utilizar cualquier tipo de placebo para combatir la ausencia. 

Ahogar la pena en licores dulces, alimentarme  a base  de sopas, maní  y  dulce de leche. 

Pasar la aspiradora mínimo tres veces por semana. 

Hacer preguntas y saber que no hay respuestas posibles. 

Hacer preguntas y saber que hay respuestas dolorosas. 

Luchar contra el acoso del recuerdo y su atributo sádico.

Reprocharle miles de cosas a esa mujer que me devuelve la mirada en el espejo, al que no pudo o no quiso amarme y /o al destino ruin. 

Controlar las dosis, recordar que todo es cuestión de dosis. Todo.

No mirar hacia atrás,  ni Facebook, ni Instagram.

Regalar el libro de Sivak, el unicornio y el muñeco de Ahsoka Tano, o tirarlos por la ventana al parque.

Cambiar  las sábanas, el color de pelo  y la vieja costumbre de extrañar a alguien que no me extraña.

Llorar  las veces que sea necesario, en el baño de la oficina, escuchando a Chet Baker,  en un taxi mientras suena una canción patética de Montaner, viendo una película de Tarkovsky  o una de Adam Sandler.

Llorar en el súper frente a la góndola de fideos secos y  caminando por Oroño. 
Llorar al atardecer con la complicidad silente del río Parana o de la lluvia.

Seguir llorando hasta drenar la última gota de amor unilateral.

Dejar que el tiempo pase, desolle mi piel y arrastre esta historia hacia un indolente olvido.

Y después, la cicatriz.

Ningún regreso, solo silencio.

Silencio y justicia poética.

Unheimlich

No hay oposición, la luz y la oscuridad se yuxtaponen, se contienen una a otra. Nadie le enseñó a la luciérnaga a valorar su lirismo luminiscente. En un interludio onírico de fervor estival, la luna escorpiana la emboscó, se extravió del enjambre y cayó en  la trampa. 

Una diferencia de intensidad es una distancia insalvable. Nadie le enseñó a la luciérnaga a cuidarse de su fragilidad, ni a distinguir el calor del sol del calor de la lámpara del coleccionista que la desecó y la condenó a la opacidad eterna tras una vitrina perversa.

Nadie le enseñó a la luciérnaga a perseverar en su ser, ni cuán importante era para el mundo su supervivencia. Fueron su ingenuidad junto con la falencia emocional del hombre avaricioso  las que convirtieron  su  fulgor intermitente en souvenir de lo ominoso.

El tiempo todo lo cura

Soy este abigarramiento de creencias que me encadenan previsiblemente a los sucesos y presagian cada deceso. La senescencia del verbo hace palidecer de forma irreversible el futuro, ¿horizonte borroso o borrado? La locuacidad criminal del pasado hostiga al presente esclavo de banalidades, minado de promesas inverosímiles. La rapacidad del miedo, el resabio de las negligencias, esfuman el brillo en mis ojos y un barniz de amargura petrifica la última sonrisa genuina.

Lunática

Ella está acostumbrada al olvido del hombre común; es indiferente a la sobreestimación del poeta,  y tiene una particular predilección por los locos y desposeídos. Hay en ella una constancia silente, maternal, y solo en algunas pocas noches, descansa del deber de alumbrar caminos que no llevan a ninguna parte. Testigo inerme del destino de los hombres o cómplice de su tragedia.