El castillo

de Ítalo Calvino

En medio de un espeso bosque, un castillo ofrecía refugio a todos aquellos a los que la noche sorprendía en camino: damas y caballeros, séquitos reales y simples viandantes. Crucé un destartalado puente levadizo, desmonté en un patio oscuro, mozos de cuadra silenciosos se hicieron cargo de mi caballo. Me faltaba el aliento; las piernas apenas me sostenían: desde mi entrada en el bosque tales habían sido las pruebas, los encuentros, las apariciones, los duelos, que no conseguía restablecer un orden ni en mis movimientos ni en mis ideas. Subí una escalinata; me encontré en una sala alta y espaciosa: muchas personas –seguramente también huéspedes de paso que me habían precedido en los senderos del bosque– estaban sentadas para cenar en torno a una larga mesa iluminada por candelabros. Tuve, al mirar a mi alrededor, una sensación extraña, o mejor dicho, dos sensaciones distintas que se confundían en mi mente algo vacilante debido a la fatiga y turbada. Tenía la impresión de hallarme en una rica corte, cosa inesperada en un castillo tan rústico y apartado, y no sólo por los ornamentos preciosos y la delicadeza de la vajilla, sino también por la calma y la molicie que reinaban entre los comensales, todos de bella apariencia y vestidos con atildada elegancia. Y al mismo tiempo tenía una sensación de azar y de desorden, e incluso de licencia, como si en vez de una casa señorial fuese aquélla una posada donde personas que no se conocen, de condición y países distintos, se encuentran conviviendo por una noche, y en cuya forzada promiscuidad cada uno siente que se relajan las reglas a las que se atiene en su propio ambiente, y, así como se resigna a modos de vida menos acogedores, así también condesciende a costumbres diferentes y más libres. Lo cierto es que las dos impresiones contradictorias podían referirse a un único objeto: o bien que el castillo, que desde hacía muchos años sólo servía para hacer paradas, se hubiera ido degradando poco a poco a posada y los castellanos se hubieran visto relegados al rango de posadero y posadera, aunque sin dejar de reiterar los gestos de su noble hospitalidad, o bien que una taberna, como las que suele haber en las inmediaciones de los castillos para uso de soldados y arrieros sedientos, hubiera invadido las antiguas salas señoriales instalando sus bancos y sus barriles, y que el fasto de aquellos ambientes –junto con el ir y venir de ilustres huéspedes– le hubiese conferido una imprevista dignidad, tanta como para que se les subiesen los humos al posadero y a la posadera, que habían terminado por creerse los soberanos de una corte fastuosa. Estos pensamientos, a decir verdad, sólo me ocuparon un instante; más intenso era el alivio de encontrarme sano y salvo en medio de una selecta compañía y la impaciencia por entablar conversación (respondiendo a un gesto de invitación del que parecía el castellano –o el posadero–, me había sentado en el único lugar que quedaba libre) e intercambiar con mis compañeros de viaje el relato de las aventuras vividas. Pero en aquella mesa, a diferencia de lo que ocurre siempre en las posadas y aun en los palacios, nadie decía una palabra. Cuando uno de los huéspedes quería pedir al vecino que le pasase la sal o el jengibre, lo hacía con un gesto, y también con gestos se dirigía a los criados para que le cortasen una rodaja de timbal de faisán o le escanciaran media pinta de vino. Decidido a quebrar lo que creía un torpor de las lenguas tras las fatigas del viaje, quise lanzar una exclamación sonora como: «¡Que aproveche!», «¡En hora buena!», «¡Servidor!», pero de mi boca no salió sonido alguno. El repiqueteo de las cucharas, el tintineo de copas y platos bastaban para convencerme de que no me había vuelto sordo: no me quedaba sino suponer que había enmudecido. Me lo confirmaron los comensales, que también movían los labios en silencio, con aire graciosamente resignado: era evidente que el viaje por el bosque nos había costado a cada uno de nosotros la pérdida del habla. Terminada la cena en un mutismo que los ruidos de la masticación y los chasquidos de las lenguas al paladear el vino no hacían más afable, permanecimos sentados mirándonos a las caras, con la angustia de no poder intercambiar las muchas experiencias que cada uno de nosotros quería comunicar. En ese momento, sobre la mesa recién recogida, el que parecía ser el castellano posó una baraja de naipes. Eran cartas de tarot más grandes que las de jugar o que las barajas con que las gitanas predicen el futuro, y en ellas se podían reconocer más o menos las mismas figuras, pintadas con los esmaltes de las más preciosas miniaturas. Reyes, reinas, caballeros y sotas eran jóvenes vestidos con magnificencia, como para una fiesta principesca; los veintidós Arcanos Mayores parecían tapices de un teatro de corte, y copas, oros, espadas, bastos, resplandecían como divisas heráldicas ornadas de barras y campos. Empezamos por desparramar las cartas sobre la mesa, boca arriba, como para aprender a reconocerlas y darles su justo valor en los juegos, o su verdadero significado en la lectura del destino. Y sin embargo parecía que ninguno de nosotros tenía ganas de iniciar una partida, y menos aún de interrogar el porvenir, privados como estábamos de todo futuro, suspendidos en un viaje ni concluido ni por concluir. Lo que veíamos en aquellas cartas de tarot era algo distinto, algo que no nos dejaba despegar los ojos de las doradas teselas de aquel mosaico. Uno de los comensales recogió las cartas dispersas, despejando buena parte de la mesa; pero no las juntó en una baraja ni las mezcló; cogió una y la echó. Todos advertimos la semejanza entre su cara y la cara de la figura, y nos pareció entender que con aquella carta quería decir «yo» y que se disponía a contar su historia.