Carina Toso

Nació en Salto Grande el 26 de enero de 1980 y vive en Rosario desde 1998, cuando llegó para estudiar Comunicación Social y Periodismo. Trabajó como periodista en distintos medios de la ciudad y en estudios publicitarios. Hizo una especialización en Comunicación Digital Interactiva. Escribir y leer son parte del día a día laboral, pero siempre trata de hacerse un rato para un buen cuento o una linda novela.

Los pinos que terminan en una nube

El humo del sahumerio juega entre las rejas de la ventana. Las entrecruza, las evade. No se decide de qué lado quedarse. Quizás llegue hasta los respiraderos del techo de un galpón cercano y que como hongos metalizados giran sin descanso. O quizás sólo alcance la terraza vecina. O ni siquiera. A través de esas rejas negras donde cada tanto prendo un palillo de sándalo para aplacar el olor a cigarrillo, me llega el afuera que veo cada día mientras trabajo. Un marco recortado del cielo de un metro y medio por un metro. Un cielo que hoy está pálido, entre blanco y celeste. Un rato más y llegarán los primeros rojos del atardecer.

Un afuera a rayas verticales que se cruzan con más rayas verticales que dividen una terraza de otra. Rayas con las que nos acostumbramos a vivir en la ciudad. Las que nos regalan, algunas veces, la sensación de que de este lado, del adentro, estamos mejor.

Las últimas luces del día hacen que no se noten las roturas de las membranas que cubren parte del piso de la terraza, pequeños agujeros que se van agrandando con el paso del tiempo. Y esa membrana y las rayas negras se diluyen en sueño. Ahora son las ventanas de mi infancia. En las que del otro lado había un campo que no veía a través de rejas, sino a través de un mosquitero verde, porque lo peor que podía entrar por esa ventana eran mosquitos. Era una ventana de postigos de madera oscura, con marcos oscuros ajados. Era mucho más grande. El cielo era más grande y en lugar de antenas y cables había pinos tan altos que no sabía dónde terminaban, si en una nube  o en la vía láctea.

El sahumerio ya casi se consumió. El humo es más débil. Hay cenizas desparramadas. Recién en ese momento, cuando el humo y los recuerdos ya no me acaparan toda la atención veo las dos palomas que están paradas en una baranda. Sin siquiera mirarse emprenden vuelo al mismo tiempo.

La sirena de Radio Vida

El sonido era tan fuerte que todos quedaban aturdidos desde el primer cimbronazo. Debían averiguar de qué casas provenía. Descubrirlo llevaba casi un suspiro: tenían que salir a la calle y orientar los oídos para correr hacia una de las veinte chozas. La sirena había sonado por primera vez aquel mismo día en que desde la costa se vio cómo el último pez dorado se alejaba hacia el horizonte.

Aquel pueblo blanco había nacido de un grupo de pescadores que se asentó en la punta de la península más larga del mundo unas cinco décadas atrás. A este lugar se llegaba después de transitar un camino de piedras de 500 kilómetros tan ancho como un auto. Mar de un lado y mar del otro. Nada más en el paisaje. Desde el último tramo del recorrido se veían los techos blancos de las casitas, humildes y bajas, de quienes se animaron a vivir allí. En los últimos tiempos, ya casi nadie llegaba al pueblo. Ni para quedarse, ni de visita. Ni para vender, ni curiosear. Las calles cada vez estaban más vacías de pisadas y más llenas de sal. Sal que le dio nombre al poblado que apenas fundado se tiñó de blanco con cada ola que salpicaba sobre él.

El rumor de que algo terrible les estaba pasando a sus habitantes espantó a los temerarios que decidían cruzar el Camino del Mar, como lo llamaban. Aquellas historias de peces dorados que abundaban cerca de las playas habían sido olvidadas. Los pescadores que habían llegado allí hace años habían podido  comprobar que no eran solo leyendas sino que de verdad se veía desde la costa el resplandor de aquellos peces saltar y saltar mar adentro. Pasó el tiempo y finalmente los peces desaparecieron. Muchos quisieron irse, pero enredados pero enredados en sus redes ya no pudieron volver. Dicen que el Camino del Mar se cruza una vez en la vida y en un solo sentido.     

Como cada mes en el Pueblo Blanco, se escuchó aquel sonido que expandía el pánico. La sirena de Radio Vida estaba otra vez haciendo temblar los pocos tímpanos que quedaban: 23 para ser precisos, porque el viejo Agustín había quedado sordo de un oído en una de aquellas estampidas radiales.

Ese martes a la mañana, cuando Juan puso sus pies en la tierra después de una mala noche, no sabía que en el transcurso del día las cosas se iban a poner peor. Saltó de la cama agradecido de que el sol se estuviese asomando, no toleraba un minuto más de oscuridad. Despertarse en medio de la noche y no poder volver a conciliar el sueño lo ponía de muy mal humor. La ansiedad por el nuevo día hacía que el tiempo se estancara y lo torturase. Tampoco sabía que aquel día iba a ser distinto a todos sus días en el pueblo blanco, porque cada día ahí era prácticamente igual al anterior o al anterior del anterior.

Juan pasó por el baño y después de poner el café al fuego fue derecho a enfrentarse con su radio. Primero le temblaron tres dedos y después la mano entera. Pero no reculó y la encendió. Sintonizó como cada mañana, y como lo hacía cada habitante, Radio Vida. Era una de las dos radios que se escuchaba en Pueblo Blanco. La otra era Radio Sal: tenía mejor música, algunas noticias que llegaban desde otros lugares y la voz de un locutor que enamoraba a hombres y mujeres. Así y todo nadie la sintonizaba. Por alguna razón elegían la otra radio, la más temida, la que había hecho de ese lugar un lugar maldito. La curiosidad había sellado un pacto silencioso con cada uno de los pobladores para que la elección sea siempre la misma aunque lo peor pasara en el momento menos esperado. Es que hacía un año sucedía algo muy extraño: una vez al mes, en la radio de alguna de las casas del pueblo, comenzaba a escucharse por los parlantes el chirrido fino y agudo de una sirena. Eso no era lo peor: lo más tétrico era que quien había encendido la radio caía muerto después de unos segundos, escuche el sonido o no.  

Juan y su mujer, María, habían llegado a un acuerdo: encenderían la radio un día cada uno, para ser justos el uno con el otro. Ese martes le tocó a Juan. María siguió durmiendo un rato más, mientras que él se sentó a escuchar la música que sonaba en el parlante y a tomar su café. Quería distraerse con otra cosa pero gran parte de su atención estaba en las vibraciones que venían desde algún lugar de este mundo… o de otro.

Pasó una hora, se comenzó a relajar y a pensar en que tenía que limpiar la red para volver a pescar por la tarde. Media hora más y María ya se había levantado y desayunado. Una hora más y casi se había olvidado de que él fue quién había prendido la radio. Estaba justo apoyando un dedo sobre el picaporte de la puerta trasera para ir por sus herramientas de trabajo cuando lo paralizó el ruido insoportable de la sirena. Retrocedió tres pasos y miró a su mujer. Estaban ambos frente a frente, congelados en sus movimientos, hasta que se abrazaron.  

En esos segundos que duró el sonido en los oídos de Juan, por su mente se activó una ráfaga de pensamientos desconectados. Pensó en que sus hijos estaban a dos casas y quizás no lleguen para despedirse. Pensó “¿Por qué a mí?”, inmediatamente se respondió “¿Y por qué no?”, riéndose de sí mismo. Apretaba con sus brazos la espalda de María y seguía pensando: “Por fin voy a saber de qué se trata esto… aunque quizás nunca lo sepa… ¿Tardarán mucho todos en darse cuenta de que esta vez me tocó a mí? La red quedó sucia… Hoy podría haber sido un gran día de pesca o el peor de todos, nunca lo voy a saber. Pobre María, de ahora en más le va a tocar encender todos los días la radio… ¿Y si yo fuera sordo y no la escuchara, me moriría igual? ¿Y qué va a pasar cuando se muera el último… la sirena seguirá sonando si nadie está acá para escucharla?” de golpe sintió que María ya no estaba entre sus brazos y que el Camino del Mar estaba a sus pies. La sirena no era más que un leve silbido lejano, débil, casi imperceptible. Caminó hacia adelante mientras decenas de peces dorados saltaban de un lado y del otro del sendero de piedras. Pero ya no quería pescarlos, solo verlos saltar y saltar y saltar.