Bruno Pierucci

Nació el 14 de febrero de 1995 en San Nicolás de los Arroyos, donde volvió luego de una vida plagada de ciudades y mudanzas. Estudia Lic. en Comunicación Social en Rosario Comenzó a escribir poesías a los doce como si fuera un juego, hoy a los veintidós, sigue jugando.

Contame sobre la escarcha

que quedó sobre este colchón

la noche en que volviste a tu techo

y yo quedé mirándole el culo a la luna.

 

Contame que todo tu cielo

es un pedazo de mármol manchado

con un gimoteo tiritante

que tiene mucho de cumulus

pero poco de nimbus.

 

Contame como haces para poder jugar

acostada en la boca de lobo

que a mi tanto me asusta

cada vez que quiero dormir solo.

Si nadie puede verte

es porque la pared es blanca y tu voz

una flor que se pierde.

Cuando estamos careandonos mientras caminamos

siameseando el andar medio pavote

vamos parvullando sobre la vida

como si las agujas se tiraran al viempo

desde el barandal del reloj de pared

y todos los problemas que te hinchapelotean

que te pallencian en dos segundos

blupearan como una burbuja de jabon

hecha por un mamimami de cuatro años.

Parsiemos por el parque independencia

que ya se fueron los bravuvigas

deshidratados

entrisnojados

acostumbrados

a soñar con lo imposible

y albarizarse cinco minutos antes.

En el paréntesis vacío

que forma la espera

encontré tu ultima sonrisa

dibujada con líneas blancas

y solo atine a besar el aire

que había entre nosotros.

 

La distancia que nos separa

es la hipérbole de un abismo

que empieza con la palabra “adiós”

y se escurre lento por una mejilla

que ya no sé si es la tuya

o es la mía.

Puede ser que trascienda

con la yema de mis vientos

la suave piel del continente libre que veo

cada vez que camino al lado tuyo.

 

Puede ser que navegues de nuevo

el río de versos que camina de luto hoy

y te sorprenda un brazo tendido

cada vez que leas esto

 

Sin embargo hoy nos fundimos

en un todo primigenio.

Hemos creado un nuevo mundo.

Dejando un rastro achubascado

por la despedida

me fui con mi olor a llanto que moja la tierra

sonriendo triste por la estación hasta mi casa.

 

Es que ella se había llevado

lo celeste de este plomo flotante

y ahora la linterna naranja

que solíamos ver de frente

abrazados

se ha quedado sin pilas.