Barby Mariscotti

Nacida en Rosario en 1985. Dedicada a la salud, la sexualidad, la educación, tiene varios trabajos y actividades militantes en la agenda semanal. Disiente con la mononorma en todas sus formas, sobre todo en gustos y placeres, por eso, y por su ansiedad constante nunca logra entender a quienes se dedican a una sóla cosa. Insomne desde que recuerda usa las noches para leer y ahora, a veces se anima a escribir.

Mirá cómo me ponés

Me enoja mucho tu necesidad de ser alabado. Todo el tiempo hay que rendirte culto sino desaparecés y sabes muy bien, porque sabes todo, que el silencio desespera. Pero obrás de modos misteriosos, decís, mientras te excita que yo esté googleando como matarme con paracetamol cuando no puedo dormir. Vos seguís quieto y callado contra esa pared, fingiendo la angustia sin levantar la cabeza. Marcás con tu mirada el camino que querés que siga, que querés que admire: tus brazos abiertos, tu pecho, tus abdominales firmes, el bulto que se forma en esa sábana con que tapas tu sexo. Te gusta mostrarte y que te mire, no te hagas el desentendido que se nota tu erección. 

Desnudo, como siempre, te animás a decirme que si me masturbo me voy al infierno. Extrañar es el infierno. Yo más me enojo, más me caliento. En eso nos parecemos. Sé que te querés hacer una paja cuando no puedo cumplir el camino imposible que me escribiste. Sé que te mantenés inmovilizado para no caer en la tentación. Siempre me mirás, aunque me aleje de la habitación, me provocás y hoy voy a ser yo quien me haga una paja con tu sufrimiento. 

Quito tu cabeza de esa cruz de madera que resguarda mi cama, te arranco la corona de espinas y la tiro al suelo, junto a mi bombacha. Sosteniéndote del cabello castaño y hermoso que tenés, te aprieto fuerte contra mi vulva. Oleme, sentime, mirame como siempre pero bien de cerca, porque mis piernas van a ser los clavos que le faltan a tu cara. Quieto, la que se mueve soy yo. Para esto te habrás dejado el pelo largo, para que se pueda tironear de él. Voy a acabar dos, tres, cien veces en tu nombre y nada me importa que no puedas respirar. ¿Me perdonás si te digo que no se lo qué hago? 

Tu cuello me queda a una distancia justa para ahorcarte y mi excitación sube a mil cuando aprieto. Nada podés hacer ni decir ahora ¿Qué le pasa al rey de Reyes? ¿No puede soportar un poco de asfixia? Tranquilo que aprieto pero no ahorco. ¿Cómo iba a resistirme a tu cuerpo que tantas veces me ofreciste? Yo sí te perdono.

Te imagino pidiéndome que te suelte con la misma intensidad que pedís plegarias. A ver con qué me amenazas ahora! ¿Enfermedades, tristezas, soledad? Ya me diste todo eso, ¿Te acordás? Me ofrecés tu cuerpo, tu carne, tu sangre, tu vida. Acá estoy extasiada de vos y esto termina cuando yo me canse de terminar y pueda conciliar el sueño, o cuando vos mueras asfixiado entre mi ira y mis orgasmos. Todo indica que soy tu mejor soldado, que ésta es mi mejor batalla. A ver si entre mi cara y tu cruz haces algún milagro.

Furia

Vuelvo a leer ese mail. Hago que lo leo. Leo la misma puta oración cuatro veces. Me voy a defender. A los gritos, con las manos transpiradas y el cuello tenso. No, no vas a dejar que me calme. 

Te reconozco por el calor insoportable que disparás del estómago a la cabeza en línea recta. Prendés fuego las neuronas en menos tiempo del que me lleva darme cuenta que, afuera de mí, hace frío. 

Me dejás la mente en blanco, y la hoja donde quiero responder. Los recuerdos se atrincheran en los ojos para que ya no pueda cerrarlos. No salen a borbotones como quisiera, mas bien me pinchan y se retuercen en el entrecejo. 

Me puedo ver a mi misma desde arriba de mi cabeza. Veo una película detenida un segundo antes de la escena de los disparos. Quiero un arma. La deseo mas que hacer un bollo el papel donde escribo interminablemente como una idiota. 

Hacés que sonría imaginando que aplasto su cabeza al cerrar mi puño. Podría matar. Me siento poderosa en esa idea. Lo hago con tanta fuerza que mis propias uñas lastiman la palma de mi mano. Me grabás en la memoria el momento exacto donde alguien quiso hacerme creer que era débil. 

Te vas a ir de mi cuerpo sólo cuando se apague el calor y su nombre. Me vas a dejar sudando frío, con las heridas y los ojos bien abiertos. Y habrá en mí una entereza asesina cuando dispare con el punto final.