Anton Chejov

(Antón Pávlovich Chéjov; Taganrog, 1860 - Badenweiler, 1904) Narrador y dramaturgo ruso. Considerado el representante más destacado de la escuela realista en Rusia, su obra es una de las más importantes de la dramaturgia y la narrativa de la literatura universal. Su estilo está marcado por un acendrado laconismo expresivo y por la ausencia de tramas complejas, a las que se sobreponen las atmósferas líricas que el autor crea ayudado por los más sutiles pensamientos de sus personajes. Chéjov se apartó decididamente del moralismo y la intencionalidad pedagógica propios de los literatos de su época en una Rusia convulsa y preocupada por su destino, para apostar por un tipo de escritor carente de compromiso y pasión, plasmando una idea de la literatura que rechazaba el principio del autor como narrador omnisciente.

Aniuta

Por la peor habitación del detestable Hotel Lisboa paseábase infatigablemente el estudiante de tercer año de Medicina Stepan Klochkov. Al par que paseaba, estudiaba en voz alta. Como llevaba largas horas entregado al doble ejercicio, tenía la garganta seca y la frente cubierta de sudor.

Junto a la ventana, cuyos cristales empañaba la nieve congelada, estaba sentada en una silla, cosiendo una camisa de hombre, Aniuta, morenilla de unos veinticinco años, muy delgada, muy pálida, de dulces ojos grises.

En el reloj del corredor sonaron, catarrosas, las dos de la tarde; pero la habitación no estaba aún arreglada. La cama hallábase deshecha, y se veían, esparcidos por el aposento, libros y ropas. En un rincón había un lavabo nada limpio, lleno de agua enjabonada.

– El pulmón se divide en tres partes -recitaba Klochkov-. La parte superior llega hasta cuarta o quinta costilla…

Para formarse idea de lo que acababa de decir, se palpó el pecho.

– Las costillas están dispuestas paralelamente unas a otras, como las teclas de un piano -continuó- Para no errar en los cálculos, conviene orientarse sobre un esqueleto o sobre un ser humano vivo… Ven, Aniuta, voy a orientarme un poco…

Aniuta interrumpió la costura, se quitó el corpiño y se acercó. Klochkov se sentó ante ella, frunció las cejas y empezó a palpar las costillas de la muchacha.

– La primera costilla -observó- es difícil de tocar. Está detrás de la clavícula… Esta es la segunda, esta es la tercera, esta es la cuarta… Es raro; estás delgada, y, sin embargo, no es fácil orientarse sobre tu tórax… ¿Qué te pasa?

– ¡Tiene usted los dedos tan fríos!…

– ¡Bah! No te morirás… Bueno; esta es la tercera, esta es la cuarta… No, así las confundiré… Voy a dibujarlas…

Cogió un pedazo de carboncillo y trazó en el pecho de Aniuta unas cuantas líneas paralelas, correspondientes cada una a una costilla.

– ¡Muy bien! Ahora veo claro. Voy a auscultarte un poco. Levántate.

La muchacha se levantó y Klochkov empezó a golpearle con el dedo en las costillas. Estaba tan absorto en la operación, que no advertía que los labios, la nariz y las manos de Aniuta se habían puesto azules de frío. Ella, sin embargo, no se movía, temiendo entorpecer el trabajo del estudiante. «Si no me estoy quieta -pensaba- no saldrá bien de los exámenes.»

– ¡Sí, ahora todo está claro! -dijo por fin él, cesando de golpear-. Siéntate y no borres los dibujos hasta que yo acabe de aprenderme este maldito capítulo del pulmón. Y comenzó de nuevo a pasearse, estudiando en voz alta. Aniuta, con las rayas negras en el tórax, parecía tatuada. La pobre temblaba de frío y pensaba. Solía hablar muy poco, casi siempre estaba silenciosa, y pensaba, pensaba sin cesar.

Klochkov era el sexto de los jóvenes con quienes había vivido en los últimos seis o siete años. Todos sus amigos anteriores habían ya acabado sus estudios universitarios, habían ya concluido su carrera, y, naturalmente, la habían olvidado hacía tiempo. Uno de ellas vivía en París, otros dos eran médicos, el cuarto era pintor de fama, el quinto había llegado a catedrático. Klochkov no tardaría en terminar también sus estudios. Le esperaba, sin duda, un bonito porvenir, acaso la celebridad; pero a la sazón se hallaba en la miseria. No tenían ni azúcar, ni té, ni tabaco. Aniuta apresuraba cuanto podía su labor para llevarla al almacén, cobrar los veinticinco copecs y comprar tabaco, té y azúcar.

– ¿Se puede? -preguntaron detrás de la puerta.

Aniuta se echó a toda prisa un chal sobre los hombros.

Entró el pintor Fetisov.

– Vengo a pedirle a usted un favor -le dijo a Klochkov-. ¿Tendría usted la bondad de prestarme, por un par de horas, a su gentil amiga? Estoy pintando un cuadro y necesito una modelo.

– ¡Con mucho gusto! -contestó Klochkov-. ¡Anda, Aniuta!

– ¿Cree usted que es un placer para mí? -murmuró ella.

– ¡Pero mujer! -exclamó Klochkov-. Es por el arte… Bien puedes hacer ese pequeño sacrificio.

Aniuta comenzó a vestirse.

– ¿Qué cuadro es ése? -preguntó el estudiante.

– Psiquis. Un hermoso asunto; pero tropiezo con dificultades. Tengo que cambiar todos los días de modelo. Ayer se me presentó una con las piernas azules. «¿Por qué tiene usted las piernas azules?», le pregunté. Y me contestó: «Llevo unas medias que se destiñen…» Usted siempre a vueltas con la Medicina, ¿eh? ¡Qué paciencia! Yo no podría…

– La Medicina exige un trabajo serio.

– Es verdad… Perdóneme, Klochkov; pero vive usted… como un cerdo. ¡Que sucio está esto!

– ¿Qué quiere usted que yo haga? No puedo remediarlo. Mi padre no me manda más que doce rublos al mes, y con ese dinero no se puede vivir muy decorosamente.

– Tiene usted razón; pero… podría usted vivir con un poco de limpieza. Un hombre de cierta cultura no debe descuidar la estética, y usted… La cama deshecha, los platos sucios…

– ¡Es verdad! -balbuceó confuso Klochkov-. Aniuta está hoy tan ocupada que no ha tenido tiempo de arreglar la habitación.

Cuando el pintor y Aniuta se fueron, Klochkov se tendió en el sofá y siguió estudiando; mas no tardó en quedarse dormido y no se despertó hasta una hora después. La siesta lo había puesto de mal humor. Recordó las palabras de Fetisov, y, al fijarse en la pobreza y la suciedad del aposento, sintió una especie de repulsión. En un porvenir próximo recibiría a los enfermos en su lujoso gabinete, comería y tomaría el té en un comedor amplio y bien amueblado, en compañía de su mujer, a quien respetaría todo el mundo…; pero, a la sazón…, aquel cuarto sucio, aquellos platos, aquellas colillas esparcidas por el suelo… ¡Qué asco! Aniuta, por su parte, no embellecía mucho el cuadro: iba mal vestida, despeinada…

Y Klochkov decidió separarse de ella en seguida, a todo trance. ¡Estaba ya hasta la coronilla!

Cuando la muchacha, de vuelta, estaba quitándose el abrigo, se levantó y le dijo con acento solemne:

– Escucha, querida… Siéntate y atiende. Tenemos que separarnos. Yo no puedo ni quiero ya vivir contigo.

Aniuta venía del estudio de Fetisov fatigada, nerviosa. El estar de pie tanto tiempo había acentuado la demacración de su rostro. Miró a Klochkov sin decir nada, temblándole los labios.

– Debes comprender que, tarde o temprano, hemos de separarnos. Es fatal. Tú, que eres una buena muchacha y no tienes pelo de tonta, te harás cargo.

Aniuta se puso de nuevo el abrigo en silencio, envolvió su labor en un periódico, cogió las agujas, el hilo…

– Esto es de usted -dijo, apartando unos cuantos terrones de azúcar.

Y se volvió de espaldas para que Klochkov no la viese llorar.

– Pero ¿por qué lloras? -preguntó el estudiante.

Tras de ir y venir, silencioso, durante un minuto a través de la habitación, añadió con cierto embarazo:

– ¡Tiene gracia!… Demasiado sabes que, tarde o temprano, nuestra separación es inevitable. No podemos vivir juntos toda la vida.

Ella estaba ya a punto, y se volvió hacia él, con el envoltorio bajo el brazo, dispuesta a despedirse. A Klochkov le dio lástima…

«Podría tenerla -pensó- una semana más conmigo. ¡Sí, que se quede! Dentro de una semana le diré que se vaya.»

Y, enfadado consigo mismo por su debilidad, le gritó con tono severo:

– Bueno; ¿qué haces ahí como un pasmarote? Una de dos: o te vas, o si no quieres irte te quitas el abrigo y te quedas. ¡Quédate si quieres!

Aniuta se quitó el abrigo sin decir palabra, se sonó, suspiró, y con tácitos pasos se dirigió a su silla de junto a la ventana.

Klochkov cogió su libro de medicina y empezó de nuevo a estudiar en voz alta, paseándose por el aposento.

«El pulmón se divide en tres partes. La parte superior…»

En el corredor alguien gritaba a voz en cuello:

– ¡Grigory, tráeme el samovar!

 

 

 


El orador

                                                      

En una hermosa mañana se celebraba el entierro del asesor colegiado Kirill Ivanovich Vavilonov, muerto de dos enfermedades sumamente frecuentes en nuestra patria: una esposa maligna y el vicio del alcohol. Mientras el cortejo fúnebre se dirigía de la iglesia al cementerio, uno de los compañeros de trabajo del difunto, un tal Poplavski, tomó un coche y se dirigió a toda prisa a casa de su amigo Grigorii Petrovich Zapoikin, hombre, aunque joven, ya bastante popular. Tenía Zapoikin (como saben los lectores) un talento extraordinario para pronunciar discursos en bodas, jubilaciones y entierros. Estaba capacitado para hablar en cualquier momento: lo mismo recién despierto, que en ayunas, que borracho o que preso de fiebre. Su discurso fluía llanamente, sin interrupción…, tan abundantemente como fluye por una canaleta el agua de la lluvia. Para expresar aflicción, encerraba el vocabulario del orador muchas más palabras que cucarachas tiene cualquier taberna. Sus discursos eran tan elocuentes y largos, que a veces, sobre todo en las bodas de los comerciantes, había que recurrir a la ayuda de la Policía para hacerle callar.

-Vengo a buscarte, hermanito -empezó a decir Poplavski al encontrarlo en casa-. Vístete en seguida y vámonos. Ha muerto uno de los nuestros, al que estamos ahora mismo en trance de enviar al otro mundo, conque hace falta, hermanito, que haya quien diga alguna cosita para su despedida. Nuestra única esperanza eres tú. Si el muerto fuera uno de los subalternos… no te molestaríamos; pero éste era un secretario…, en cierto modo un jefe… Es desagradable enterrar a un personaje de su categoría sin que se diga algún discurso…

-¡Ah!…, ¡el secretario!… -bostezó Zapoikin-. ¿Aquel borracho?

-Sí, aquel borracho… Habrá comida…,blini…, entremeses… Además nos pagan el coche. ¡Vamos, alma mía! ¡Allí, junto a la tumba, pronunciarás un discurso ciceroniano y ya verás lo que te lo agradecen!

Zapoikin accedió de buen grado. Desmelenó su cabello, obligó a adoptar a su rostro una expresión de melancolía y salió a la calle en compañía de Poplavski.

-Conocía a tu secretario -dijo cuando se sentaba en el coche-. Que en paz descanse…, pero era un pillo y una bestia como hay pocos.

-No está bien, Grischa, eso de ofender a los difuntos…

-Cierto que aut mortiu nihil bene… No obstante, era un bribón.

Los dos amigos dieron alcance al cortejo y se unieron a él. Como el féretro iba conducido a un paso muy lento, antes de llegar al cementerio, los amigos tuvieron tiempo de entrar cerca de tres veces en la taberna y de beber unas copitas al eterno descanso del difunto.

En el cementerio se celebró un oficio religioso. La suegra, la mujer y la cuñada, como es costumbre, lloraron copiosamente y la mujer hasta gritó cuando bajaban el ataúd a la fosa. “¡Déjenme ir con él!…” A pesar de lo cual, y recordando sin duda la pensión por viudez que había de recibir… no se fue con él. Después de esperar un poco a que todo se tranquilizara, Zapoikin avanzó unos pasos, paseó su mirada sobre los presentes y empezó a decir:

-¿Puede uno creer lo que ven los ojos y oyen los oídos?… ¿Este ataúd… estas caras llorosas…, estos lamentos y estos sollozos…, no serán una pesadilla?… ¡Ay de mí! ¡No es un sueño, no! ¡No nos engaña la vista! ¡Aquel que hasta hace tan poco vimos lleno de vigor, de juventud, de frescura y lozanía!…, ¡aquel que aún hace tan poco tiempo, ante nuestros mismos ojos, llevaba su miel, cual abeja incansable, a la colmena común del bien del Estado… ¡es el mismo que vemos ahora convertido en nada…, en unmirage! ¡La muerte irreductible puso su mano sobre él cuando, a pesar de su avanzada edad, se encontraba aún lleno de fuerza y de esperanzas ultraterrenales!… ¡Su pérdida es irremplazable! ¿Quién nos lo puede reemplazar?… Tenemos muchos buenos funcionarios, pero puede decirse que Procofii Osipich era único en su género… Devoto hasta lo más profundo de su alma del honrado cumplimiento de sus obligaciones, lejos de regatear sus fuerzas, pasaba las noches en vela y era desinteresado e insobornable. ¡Cuánto despreciaba a aquellos que con perjuicio del interés general pretendían comprarlo!…, ¡que ofreciéndole tentadores bienes terrenales, se esforzaban en atraerlo hacia la traición a su deber! ¡Sí!… ¡Ante nuestros ojos hemos visto a Procofii Osipich repartir su modesto sueldo entre los más pobres de sus compañeros, y ustedes mismos acaban de oír hace un instante los sollozos de las viudas y de los huérfanos que vivían gracias a sus limosnas. Esclavo del servicio, de su deber y de la bondad, no conoció la alegría, y hasta se rehusó a sí mismo la felicidad de la vida matrimonial. ¡Ya saben ustedes que hasta el final de su vida permaneció soltero! ¿Y como compañero?… ¿Quién podría reemplazarlo? ¡Lo mismo que si fuera ayer me parece ver su rostro conmovido y afeitado, dirigido hacia nosotros!… ¡Su bondadosa sonrisa!… ¡Como si todavía fuera ayer, oigo su suave, cariñosa y afable voz!… ¡Descansa en paz: Procofii Osipich!… ¡Descansa…, honrado y noble trabajador!

Zapoikin continuaba perorando, pero los oyentes empezaron a hablar entre sí en voz baja. El discurso gustaba a todos y hacía verter algunas lágrimas. Mucho de él, sin embargo, resultaba extraño… En primer lugar era incomprensible por qué el orador llamaba al difunto Procofii Osipich cuando su nombre era Kirill Ivanovich. En segundo, todos sabían que éste había pasado la vida entera en perpetua lucha con su legítima esposa y que, por tanto, no podía calificarle de soltero…, y en tercero, era inexplicable que habiendo tenido una espesa barba de color rojizo, que en su vida había hecho afeitar ni una sola vez, hubiera llamado el orador a su rostro afeitado. Los oyentes se miraban con extrañeza.

-¡Procofii Osipich! -proseguía el orador mirando inspirado a la tumba-. ¡Tu rostro era feo!… ¡hasta deforme!… ¡Eras taciturno y severo, pero todos sabíamos que bajo aquella corteza latía un corazón honrado y afectuoso!…

Pronto, sin embargo, empezaron a observar los oyentes que algo extraño ocurría al orador, que sin apartar la vista de un mismo punto, se agitaba nervioso. De repente quedó callado y con la boca abierta para el asombro, se volvió hacia Poplavski.

-¡Pero, oye!… ¡Si está vivo!… -dijo con ojos espantados.

-¿Quién está vivo?

-¡Pues… Procofii Osipich!… ¡Está junto al mausoleo!

-¡Si el muerto no es él! ¡Es Kirill Ivanovich!

-¡Si has sido tú mismo el que me ha dicho que había muerto el secretario!

-¡No!… ¡El secretario era Kirill Ivanovich! ¡Te has confundido, tonto!… ¡Claro que también Procofii Osipich fue secretario…, pero hace ya dos años que le destituyeron!

-¡Diablo!

-¿Por qué te paras? … ¡Sigue!

Zapoikin volvió la cabeza hacia la fosa y con la misma elocuencia que antes prosiguió su interrumpido discurso.

Al lado del mausoleo se encontraba, en efecto, Procofii Osipich, el viejo funcionario de la cara afeitada. Miraba éste con enojo al orador y fruncía las cejas.

-¿Qué ocurrencia te ha dado -reían los funcionarios, volviendo del entierro en compañía de Zapoikin- de enterrar a un vivo?

-¡Esto no está bien, joven! -gruñía Procofii Osipich-. ¡Su discurso puede ser apropiado para un difunto, pero aplicado a un vivo es una burla! ¿Qué no me ha llamado usted?… Desinteresado…, incapaz de sobornar… ¡Tales cosas, refiriéndose a un vivo, sólo pueden decirse en son de burla! ¡Nadie le ha pedido tampoco, caballero, que hablara sobre mi cara!… Si soy feo y deforme…, ¡qué le vamos a hacer! ¿Para qué decir mi apellido delante de todo el mundo? ¡Esto es una ofensa!