Ana Payeras

Ana nació  en Rosario. La vida la llevó por distintos caminos. Vivió en la Patagonia frente al mar y una  playa de fina arena. Celebró los diáfanos cielos patagónicos, los colores, las estrellas y las lunas llenas. El viento y el desierto. Vivió el Arte y la enseñanza como existencia. Amó. Parió. Elogió la amistad.  Regresó abuela a su ciudad natal a seguir inventando su historia.

Acaso

El tiempo de tedio

arrulla  la mirada.

 

 En el sosiego se espeja el fulgor del  firmamento.

Pájaros errantes salpican el cielo

hundiéndose en el mar de aire

de vuelos de alas extendidas.

El arrebol elige su paleta

esfumando los intensos colores,

mezcla de ocres, rojos y amarillos.

Talla La brisa

notas de aleteos en una partitura vacía.

Las nubes se deslizan

despidiendo la tarde.

 

La ciudad está en pausa.

Iluminan sus ventanas los altos edificios.

Hilos invisibles sincronizan el momento.

 

Una  bocanada de viento sacude

ropa tendida en  los balcones,

empujando al cuerpo que mira.

 

Adentro, una canilla gotea

insistiendo en romper

 la  monotonía del sonido.

Tierra mojada

Entró a la habitación en penumbras. Desde lejos podía ver el bulto tapado con sábanas .Comenzó la ceremonia. Acarició la piel fina de sus manos surcadas por arrugas y venas salientes, las cerró y abrió extendiendo cada uno de sus diez dedos. Las sumergió en agua limpia.Las gotas se deslizaban por sus brazos

Se acercó al bulto y destapó su desnudez.Observó el rostro vacío, lo palpó y siguió la ruta del cuerpo. Envolvió los senos con sus manos modelando pezones erectos.

El agua de la vasija se transformó en sudor salado que en las axilas emanaba ácido. Amasó la abundancia del culo.

En el silencio una luz se filtraba por la ventana . El tiempo se volvió lento.

Cerró sus ojos y ciega se sumergió en los muslos y hundió sus dedos en la hendija del sexo.

Sintiió olor a tierra mojada. Un oleaje de ternura y vértigo.

Los problemas del mundo retrocedían como por milagro.

Perfume

Perfume
La brisa dispersa
perfumes de olas

En la hora muerta
trae consigo sombras
Del rostro sin nombre

Danza una antorcha su fantasma en el aire
proyectando en el muro
la sombra de otro cuerpo

No hay cuerpo, no hay rostro
sólo sombras
que se alargan y adelgazan 
hasta tocarse y perderse
 

Río

El río laberinto de islas
tiene un color que sólo es color río
El dios Cefiso y la ninfa Liriope
mezclan el agua con la tierra
El río agua, el río tierra
es un espejo turbio
que rehusa reflejar
en sus aguas barrosas 
la soberbia y la vanidad
 

La presentadora

 

En la sala del museo de Arte donde se expone una muestra de fotografías del más temprano período surrealista del célebre artista francés Henri Carrier Breson un piano de cola y sillas ocupadas por espectadores son escenario para el concierto que se presenta esa noche.
La concertista ya está sentada frente al piano en posición de pianista, la soprano se ubica detrás del atril acomodando las partituras. Ambas seducen a los flashes de las cámaras luciendo elegantes vestidos largos. La pianista viste de cultonegro, la soprano uno demasiado kitsch.
Como saliendo de alguna de las fotos de la exposición camina con finura imperiosa, una mujer de contextura corpulenta, cabello rojo, botox en la cara, vestida de gala con un diseño opulento ceñido al cuerpo bordado con hilos de finos brillos del mismo color que su cabello. Es rusa pero nadie lo sabe. 
Un perfume de flores de campo se esparce en el salón.
Se sienta en una antigua silla de delicado terciopelo rojo. Los concurrentes quedan hechizados por ella sacando de foco a la pianista y a la soprano.
La pianista prepara su instrumento , la soprano su voz.
Comienza el concierto. Mientras la soprano canta acompañada por la pianista, la mujer corea en silencio con movimientos ondulantes de todo su cuerpo. La boca, los labios canturrean gesticulando la canción.
Las cabezas pendulan entre el piano, la soprano y la mujer. A los pocos minutos la rusa conquista la totalidad del campo visual de los presentes.
Concluye la primera canción y la mujer se aproxima con elegancia contenida al micrófono ubicado muy cerca del público, imponiendo su presencia. Todas las miradas enmudecidas la siguen y callan los murmullos.
Cuando el silencio cubre todo y ni siquiera un acceso de tos se anima, ella comienza a hablar en su lengua original
Nadie entiende el idioma ni lo que dice, la voz glacial azulada hipnotiza dando una áspera musicalidad a las palabras.
La rusa intercala recitado en un dialecto ucraniano campesino con la traducción de la romanza interpretada musicalmente, para alivio de los espectadores que escuchan con atención este ping pong de lenguajes.
La lengua materna se impregna de nostalgia.
La soprano espera impaciente que le dé espacio para cantar la romanza que sigue en el repertorio anunciado en el programa, mientras se escucha el amargo zumbido de una mosca.
La pianista, posando para la cámara filmadora, comienza a improvisar notas en el piano de una triste melodía rusa acompañando el relato que no se detiene.
La soprano cansada de esperar se saca los zapatos de altos tacos. Mostrando su verdadera estatura mira a su alrededor y como no encuentra una silla donde sentarse que no sea la intangible de terciopelo se desparrama en el suelo sin importarle su vestido largo que cruje arrugando los pliegues de su suave tela.
La rusa juega con un habla nueva en la que las palabras crean una rara jeringoza que mezcla los lenguajes haciéndolos indivisibles.
El perfume de flores de campo se funde con los olores de la sala.
Algunos espectadores confundidos aplauden, piden bis. Otros se levantan y abandonan el salón provocando un gran bullicio. Algunos escandalizados, otros maravillados festejan haber participado de tan exquisio espectáculo.
Acongojados salen los padres y amigos de la soprano tratando de consolarla con flores y abrazos
Los padres, parientes y amigos de la pianista la felicitan y sacan selfies para dar testimonio del acontecimiento.
En el medio de la sala de exposición la presentadora rusa, que fue invitada por la soprano y la pianista para presentar las romanzas del programa preparado para la gala musical de esa noche, se sienta en su silla de terciopelo rojo con pena de ausencia
La exposición se vuelve excepcional.
La tristeza melancólica va apagando lentamente las luces.