Amanda Dora Rodríguez

Nació en Rosario el 13 de febrero de 1940. Es arquitecta. Adicta a las imágenes visuales pinta, esculpe y saca fotos.

No sé ni me interesa

Aquella vez no íbamos a la estación de ferrocarril a ver cómo la máquina soltaba vapor ni a tomar un mateo en el pórtico para ir a arroyito, íbamos a escuchar a un señor.

La prima Amelia, Angelita y yo sentíamos un hormigueo en el estómago, mamá estaba toda emperifollada: enagua de satén,  vestido a lunares. Caminábamos por el boulevard 27 de febrero. Íbamos a escuchar a aquél hombre del que todos hablaban.

No se sabía exactamente dónde hablaría. Había poco tránsito y una única bicicleta.

—Señor, señor ¿sabe dónde va a hablar Perón? —preguntó mamá.

—No sé ni me interesa -contestó el señor, nada menos que a ella, que con la emoción del acontecimiento, había olvidado ponerse las bombachas.

Rosario

Tímida y depresiva tía Dominga vivía en un económico conventillo, trabajaba en una fábrica por un sueldo módico, y sentía inferioridad por ser rosarina, por las chanzas que le hacían sus compañeros porteños.

Dicharachera, seductora, de ánimo siempre alegre, mamá viajó un viernes a visitarla.

Atardecía en el patio, un vecino dijo: —disculpe si me equivoqué. En en ese momento inmediato después de pronunciar aquellas palabras el hombre la abrazó y la besó. Mamá pasó la noche con bronca, aferrada a un rosario rezando.

Aquella mágica mañana de sábado tía Dominga (gracias a su hermana) sintió orgullo de ser rosarina. Me pregunto qué historia fantástica narró el tipo en su trabajo, para explicar por qué el moretón de su cara tenía forma de cuentas de rosario.  

Correquetecagas y una levita

Cuando papá murió nos quedó la única casa que tenía. La de calle Aurora.

Con el alquiler, que repartíamos entre los tres, me compraba módicas cosas, yo me decía que eran regalos de mi papá.

Recuerdo el paraguas color violeta con mango de metal.

Fueron fantásticos regalos mentidos.

Cuando de pequeña, insistente, año tras año, le preguntaba: “¿qué me vas a regalar para mi cumpleaños?”, el respondía: “un corre que te cagas y una levita”.

Supe con única lágrima que vivo no me iba a regalar nada.

El hermano Nazareno

El abuelo Felipe Rinaldi era trígamo, en aquel tiempo los controles maritales eran difíciles.

Una mujer en Italia, otra en Buenos Aires, y otra en Rosario con la que se quedó hasta su muerte.

Mi mamá nombraba un medio hermano llamado Nazareno que vivía en Capital. Deseaba conocerlo.

Un día la puerta de chapa sonó fuerte.

Recortado en el marco de la puerta apareció un señor correctamente vestido con una valija.

Mi mamá dijo: —¡Sos mi hermano Nazareno! —y lo abrazó.

El hombre respondió el abrazo y le encajó un chupón en la boca. Los labios de mamá  quedaron marcados por un buen rato.

—Señora, ¿me compra unas medias? —dijo el vendedor ambulante.